sábado, 2 de mayo de 2009

desplagada y llena de sol




La púa, la Habana, el disco de pasta, el Club Social antes de la revolución.

María Celia y su bandeja. Los zapatos, los pies, trabajan, trabaja, de mesa en mesa. ¡Camarera! Y entre corredores baila a escondidas al ritmo del swing “All of me Del otro extremo Juan Bartolomé y la barra. Sirve, sirve, sirve tragos y baila solo con los pies; es que no pueden hacer otra cosa que servir. Oye chico señorito que te sirvo; pero de nadie siervo ni sirviente ni perchero. Y de guiños con María, se piensan mar, revolución, cortejo y una isla llena de sol; en libero, a son cubano.

Se cae el calendario, y pasan los soles y un comandante, un che de Buenos Aires quizás....

Argentina, antes Palé de glas, el Luna orquestas de tango. Y en el pueblo un casamiento al mismo compás, hubo un gen que viajó el mar, una argentina lo tiene adentro, Elsa María con Pedro Juan; un mes la boda de conocidos, La cumparcita en el salón. Tienen buscas idénticas de libertad en trabajar. Quizás una Eva María y un Domingo Juan… quizás una moral obrera y después el carnaval.

Un carnaval en la Boca y otros almanaques llueven genes del casorio; y en el flaco del Cambalache pasado y presente caos aún, habitan un negro puente viejo, un barrio sobre depositado riachuelo, un cuadro de Quinquela; Renata María y Giusepe Juan recién llegados huídos de pobreza siguen laborando a lo que pueden descubriendo tango y convivencia (la narradora piensa ¿estará aquí todo de mi?)

Y la sangre del inmigrante se mezcla. Se mezcla y parece, que progresa, que crece y se enciende una calle más allá.

Corrientes de candilejas, Music hall, tirar manteca al techo de los socios de la Rural con sus genes rancios, Aquellos los de la Boca, los de Barracas, los del Abasto, los de suburbios rodeando la capital; son siempre hojas del calendario y genes que se resbalan de unos a otros y las Marías y los Juanes gozan un beso en medio del baile, travieso y quizás candorosamente feliz. Mañana hasta la noche otra vez trabajar, como aquellos de la Habana antes y después de la revolución.

Aquí la calle y Buenos Aires hoy, tránsito mucho, transitan muchos, la mujer del bastón, un violín, la gran caja del que pone una moneda barata por un tango caro, El gran vacío del que corre indiferente, luces, hamburguesas, instrumentos, bocinas y quizás...un loco, su balada y ella; los dos con una banderita de taxi libre en cada mano y medio melón en la cabeza.

Y siempre el método, el blanco y negro; encrucijadas del que lucha por quebracho, patagonia, minas, dictaduras, pandemia, trabajo, hambre y pan; por una tierra de todos, sana y llena de sol. Y siempre las muertes tan anunciadas, tan criminalizadas en lo social.

Algún gen, algún calendario y otro ché; alguna María y algún Juan, tendrán que liderar, y no morir.

Para sosegar.



domingo, 19 de abril de 2009

Sublevación





Su bolsa brilla. En la corriente de la calle es como si llevara colgando marquesinas que la alertan hacia adentro.

Ahí entre el hueco de los huesos y la carne, la fiesta es íntima de libertades. Lleva cordones de parto e himen furtivo, primeras papillas y fuentes de plaza; un boleto tragado de viajes, un asco odiado de intervalos lacerantes y algunas bienvenidas de sabores rojos.

Afuera el contenido está en la bolsa, una flor de naranjo y una cría felina. Ya está en la selva infinita y ella acaba de crecer dentro de la alforja. Parida por los sueños allá adentro.

Sale del morral, negra, al acecho, pantera que enarbola utopía.

Cuidado. Va por las inconstancias y las exclusiones.


lunes, 13 de abril de 2009

mágico y caduco












Lo que gusten. Dijo la vieja bruja, así la llamaban con la ternura y el respeto de los que la sabían. Epifania de las Casas era libre y era luz, estaba en el bosquecito cerca del río desde hacía poco.

Una pareja con los años frescos le había preguntado si podían recoger hierbas. Sí el verde es de todos, nada aquí está en el riesgo de la oferta y la demanda. Por eso las flores son libres como el poema y la arcilla que amaso.

Vino un día, de aquella urbanidad híbrida sin nombres ni saludos. Con el trabajo a cuestas devenido en jubilación y nietos, la garganta apretada del adiós del amor, de los años perversos, de la indiferencia y los golpes del mundo derecho pero al revés.

Ahí conservaba el aliento izquierdo pero de pié, en los mismos tumbos personales de la ciudad; pero de cara a la fusión de follaje y agua, al movimiento de sus huesos al amparo de una luna que siempre le ponía nombre del abrazo que la contuvo en viceversa. Pero la conmoción de los ruidos de la noche y los cantos del día; junto a voces de sangre, pinturas y barro, eran como el aroma de sus artemisas, de semillas de roble donde alimentarse, o piedras de agua para bañarse desnuda y olvidar la casa, las veredas, la rutina en las garras del águila del gran buenos Aires.

Entonces se borraron las pesadillas y una ventana de aguas y de fuegos eran su mañana.

No le sobraba nada, escaseaban algunos deseos céntricos; y nada podía faltar si el día era demasiado corto. Sí, se dice ahora, faltabas vos corazón; pero te he asumido lejos (tu elección y mi razón).

Pasaron siete días, hoy marzo nueve, Epifania no usó despedidas sólo confirmó en regreso que los recreos como las pesadillas y el amor; se marcan a huella firme pero también terminan, en cíclica posible de repetición y vuelta. Quizás, como la muerte.




imagen: Xochimilco de M de Calvo


viernes, 3 de abril de 2009

Precavida




Se alejó sin soltar su vaso de agua. Era imprescindible para ella. Guardaba en él, las noches de lágrimas, los sudores de cópula y los flujos de parto.

Cuando María estaba a punto de pisar su abismo, el vaso la salvaba. Esa pisada, hoy, era uno de esos momentos. La avenida por la que deambulaba yerma, infartó de locura y un auto descontrolado se disparó hacia ella en cobro de presa.

El vaso no se derramó en el impacto; sogas de lágrimas crearon marea, gemidos de orgasmo flotaron su pubis y en un jadeo súbito sobre el auto destrozado, parió otro vaso de agua; reforzando su vida y ahogando su muerte.


lunes, 30 de marzo de 2009

Moras y metamorfosis








Negro hay uno solo. Se dijo el artista frente a su lienzo. Lo urgía plasmar ese oscurecimiento súbito del cielo a media tarde. A la vez, lo inquietaba esa presencia intuída sin descifrarla. Tomo el óleo negro, no hay gamas de negro ese le bastaba; empastó su pincel y al volver sus ojos al caballete, su mano quedó paralizada en el aire. Allí estaba ella saliendo de la tela, vestía negro como su cabello, los ojos demarcados en negro litigio, sus cejas imperativas y su capucha cubriendo excitantemente parte de su rostro. La piel, el poco trozo de cuerpo visible, casi la unión de los dos pechos y sus manos; eran la total contradicción blanca casi desafiante con un oscuro rojo en sus labios y las uñas.

Era en verdad, una ficción, un delirio, una puerta al misticismo o tan sólo un poderoso encuentro real, con una mujer en negro y blanco que lo miraba y le mostraba el eco de su respiración.

Oyó decir de su boca Me llamo Mora. Sintió el aire de su paso hacia las sombras, ya alejándose le tembló la voz y a él su humanidad; cuando le murmuró No dejes de venir, vivo detrás del río.

Inconclusamente como oscureció se dio la luz en un tono de gasa púrpura, se hizo transparente, fresca, aromática como si llovieran gotas de alambiques de alquimia perfumera.

El lavanda, se ordenó, tengo que usar el lavanda. Lo buscaba en frenesí, repitiéndose que las tres ahumadas de marihuana que habían buscado moderarlo al llegar (guardaba el porro apenas aspirado para el final de su pintura), no pudieron cambiarle las percepciones y llenarlo de ansiedad y dudas; perturbándolo como a un niño confuso. Desde la muerte de su pareja, la hierba era su compañera en duelo, sin ese entero de amor. Vamos Bendito Tempo, se apuraba a sí mismo, siempre fumaste en tus contemplaciones evocándola y nunca se produjo esta especie de agite de universo; este modo de ver y olerme pasionario de esta rueda sobre mi sacudidora.

Encontró el lavanda, lo mezcló y congeló su mirada. Se iban desgranando del color, telas, flores, entregas misma gama, misma transparencia, mismo cuerpo rostro y la otra ella. Ella plantada casi flotando frente a él, Artemisa de tules y de sedas. Soy Cora, no te preguntes ni quieras mi respuesta; todo lo encontrarás en mi morada al cruzar el río. Y su paso se hizo carrera en nube de atardecer impulsada por el viento canto.

Pintó, pintó desesperadamente, ya no elegía colores, no le importaba definir ni los chorreados. Casi sus manos chapaleaban y los pinceles se incrustaban en el suelo. Ambas mujeres eran su desquicio, o era él el desquiciado buscando la obra, el trance, el color a media tarde y un motivo.

Terminó, apretaba su boca en gesto casi sonrisa casi sorna; sus ojos espías, el ceño fruncido sin descargar lo tenso, el cabello compulsado y las manos quietas; era un vigía entre la tela negra, los hierros cruzados del puente a su espalda y su piel un reflejo púrpura de aquel que atardece.

Miró el cuadro, la conmoción y el instante se tornó poderoso; la pintura constataba su cara, el puente, su pensamiento.


Pasados unos días volvió a buscar el cuadro que dejara en su huída, ahora lo tenía todo claro. Él había ido aquel día, decidido a pintar su muerte y tirarse desde aquellos hierros al río. La causa era la inesperada muerte de Cora que creía insoportable de superar. Después que se ahogara en ese río en un ocaso rojizo.

Esa noche al regresar conoció a Mora, tan vestida de negro como las moras y tan intensa como su ternura y desafío. La encontró luego de cruzar ese maldito río, donde se despidió de las muertes buscadas; y entendió que la oportunidad del negro es única por que hay uno solo, y ella era blanca desnuda como confirmación de vida de parto y mantilla áurea.

Sabía que las moras se comen al lado de la planta y que están unidas al mito de ser el árbol de los cambios, de la vida a la muerte y el nacer de otra vida, tal un gusano de seda renace de su alimento.


domingo, 15 de marzo de 2009

Jueves noche, junio, 1942









Hoy te la sigo diario. Dormí mucho esta mañana, el frío che!, te calaba en la catrera.

Calenté una olla con agua, y pa` mal, el destartalado fogón ahumaba, más loco que de costumbre, me obligó a trapearme todo el cuerpo y darle un poco a mis pelos con jabón blanco. Escasa el agua che!, me quedó pura gomina, eso sí con olor a Federal.

Pero el laburo es el laburo, me empilché con falda de percanta que la chamuya en el salón, me tiré el tapadito que me quedó de la vieja y a patear el empedrado. La pucha che, la sudestada llegaba hasta Pompeya. Ni un puto tranvía ni pal derecho ni pal revés, pasó.

Llegué al salón de baile más congelada que res en el frigorífico y acá (vos los conocés) si no te sacás el ropero que te pusiste encima, te rajan. A cuerpito gentil tenés que sentarte a esperar a los clientes.

Me encajeté en la silla y carajo! Me había dejado las uñas saltadas sin arreglar, bueno, que me toque algún chicato me dije; total milongueando todo es tan giro y tacos, mirada y apriete, que ligero quizás ni se ve. Además el encargado prende cuatro focos de los diez que tiene la pista, mishiadura dice ¡ che polaco, empezá con la vitrola! ¡A meta milonga!, le grité.

Para esto, yo ya estaba, que los pieces se me soltaban solos (vos sabés que el baile pa` mi, es el tata Dios clavado en mis pies).

No me vas a creer, diarito gomia, me distrajo de golpe del movimiento un tipo nuevo (pelo al medio, trajecito como heredado de finado); pero tenía ¡ un porte de varón con alas!

¡Zas!, el polaco, cambió y puso “Tinta roja”; ¡qué tangazo mi diario! Me dije este Cátulo se tiene bien merecido el apellido, hace un castillo de versos en los huesos. En eso che, una mano que se agarra de mi brazo; miro, mira: ¡el varonazo nuevo!

Ma` que uñas sin pintar y qué si la luz me las mostraba: me levanté y empezamos. ¿Dónde se me quedó el salón, el Polaco, mis compañeras con los tanos pifiando los pasos y el gallego del olor a ajo que cada tarde me insistía con “después del baile te cojo de la pollera y te me vienes”.

Disculpame papucito diario, vos que siempre me tenés la vela, ¿qué más te voy a escribir que no imaginas, che? (hoy no te tiro mis penas)

Cerró el salón, apagó la vitrola el polaco, el trompa apagó las cuatro luces. Y con mi varón nos perdimos mano a mano por cualquier empedrado de Pompeya.


La Negra.



lunes, 9 de marzo de 2009

Botellas de plástico














Avanza. Entre ramalazos avanza. La puna tiene sus chispas. Enciende rojos, abrasa, fascina tornasoles; llora muerte montaña abierta derrotada en dinamita; o levanta su piquete de empuje por reclamos de la tierra, en ventoleras que se llevan el manantial de los silencios. Así va Juan a poncho pegado, incrustándole los ojos una sombra en piedras negras.

Avanza, dobladas las rodillas, escucha la voz del hueco, resiste a la tiranía del viento. Lo juzga, le juega, le canta exiguo, lo conquista. Avanza. Se delibera.

Este golpe de atención de la ventisca, este eco entre los andes sin descanso, me repite que puedo, puedo; vencer el filo con que de chico me vienen matando en olvidos. Olvidos de respetarme aunque sea, nomás y mucho, un peón; omisiones de dejarme aletear sin hambre y levantar eso que llaman casa con la Juana a suma de mejor jornal y cero contaminado.

Ella, mi parte de costilla, ella mi dulce veta porosa, mi buscadora de aguas; es como una semilla de seda con un cascabel adentro. Ella viene detrás con el crío aún no parido, intento protegerlos de todo y de esta borrasca, por eso es que voy delante.

Avanza, el viento avanza y ellos no dejan de avanzar.

En un bajar de lomada, las rodillas ya no tiemblan, pueden sostenerlas erguidas. La calma hasta los sorprende, el chaparrón sin anuncio los envuelve, los bendice.

Ya llegamos mi Juan y el ventarrón nos ha dejado. Del envase de su vientre brota una vibración blanda, como si una crisálida bajara escalones del capullo.

A los pasos, el pueblo, tan escaso de medios; pero estar de parto es la causa de llegada y la comadre siempre está para ayudar aunque no lleguen los médicos con tormenta sin caminos de cemento.

La puna vuelve a ser roja al año que cumple la niña, será chayera como su madre, noble como nudos de madera igual a Juan.

Es febrero y es carnaval. La chaya los encuentra a todos, a los turistas también; a nadie le falta albahaca ni harina ni manos para juntar en esta su forma de no morir lo ancestral de su cultura.

Un cartel en la plaza, anuncia con humildad artesanías en venta y en letras mayúsculas aclara que lo ganado será para comprar agua mineral en botellas de plástico para nuestros hijos. En este pueblo la explotación minera a cielo abierto, contaminó la gran masa de agua natural adyacente.

Tenemos que avanzar…comienza a decir Juan a sus compañeros del grupo que formaron, cuidándose y cuidando a la pachamama, en desafío.





imagen : pachamama (integración Pachakuti,renacimiento,nuevo país,nacer de las cenizas,revolución)

domingo, 1 de marzo de 2009

Y ahora, conocelo


Perra de pueblo. El pensamiento de Juan puso ironía en este enunciado. Todas se desmadran, vagabundean, no se quedan en la primera querencia; necesitan espacio, rumbos. Son ariscas cuando su celo, eligen el olor de la yunta, cambian, arrastrando sus cachorros.


*Te faltó decir Juan que no los abandonan. Que saben matar su hambre por las suyas, que no son esclavas de nadie. Todo el pueblo las conoce y de fin hasta las respetan, casi como un pariente cercano que se extraña cuando no pasa y regala un beso en un cómo estás.

Mirá Juan que hoy estoy metida en el cuento y tengo ganas de debatir con el personaje, se me chumban los pensamientos. Yo pongo la tinta, prometo no influir sobre tus palabras.


- Me asombrás, no te hubiera esperado nunca en este terreno de mi coloquio interno, menos que interfieras en el texto de mi historia, de la mía, potencialmente mía. Soy yo quien existo adentro de este escrito.

Bueno, dije perra, y yo qué soy en esta sensación de doble de cuerpo. Llevo carne con hueso arriba de dos piernas girando la ciudad como un perro herido, me digo el olvidado, me maldigo y maldigo mayúsculas de otros, me altivo. Acarreo cerebro trabajando en revolución y destajo; sin conseguir encontrar mi puerta. Doble de cuerpo me señalo, humano y perro, asediado por bocinas y tropiezos; errante sin terminar de hallarme. Pero al fin ellas, sí, son perras; de jodidas, de engañosas, de irse atrás de los otros.


* Hay, Juan, qué me hacés volver. Perras de cría somos, que las mujeres tenemos aliento para empujar vida con uno sólo, Compañero que ría, hallado en sí mismo, que sin ofender quiera; luche y levante fijo techo en par de brazos con nosotras. Pero en esta metáfora de reino animal- humana raza que propone tu discurrir, hay entre ustedes más de un dogo con rehenes, sementales junta harenes y perritos falderos que nada pueden solos. No aceptan que somos una sana depuración de las violencias, hembras compañeras no rivales ni minúsculas. Entonces, sí, mejor ponernos las ironías y las culpas.


- Soy hombre y es mi género, no podés ir contra los mandatos de la especie; ni conocés mis causas ni respetas mis piedras.


*Tenés razón no las conozco. Me pregunto quién decretó esos mandatos, ¿no te lo preguntás? Pero sos el personaje, cumplo lo prometido, no interfiero, no te contradigo en tus diálogos internos. Quedás libre de mí.


El semáforo se puso en verde, Juan entre el alocable zumbido de la ciudad desafinada, se pierde pensando: perras de pueblo ellas ¿y mi tiempo cuándo? Perdón Juan, por mi última intromisión, le grita la autora desde lejos; no olvides que la mujer tiene la vida entre los pliegues de su género. Ah…y una cosa más: quisiera alcanzar un conocerte.




imagen de Página foto taller Chivilcoy - autor Daniel muchiut,serie la fábrica

domingo, 15 de febrero de 2009

Espía de sí mismo





Como pisando calma llegó a la casa, toda puertaventana abierta y sal en el viento. Ya no traía la furia en que se había ido, ante una llave interna que no giró. Su mujer en la cocina, era un desconcierto bajabrazos, intentaba apenas inventar una ensalada; entre rodajas de tomate ponía silencio y en plumas se asentaban los trozos de lechuga como si quisieran mezclarse en la displicente caída hacia las entrañas de las causas.

El se acodó en la escena, sintió que no era el espectador de allá afuera, ante la toma presenciada en la playa. Un asombro espeso le puso pesas al cuerpo y aspas a su pensamiento. No podía reaccionar a nada, sólo sentía que aquellas agujas de pino que pisara lejos, se le llovían clavándoseles encima, disparadas desde la cocina; no por rencor, no por palabras sólo por la enorme lágrima que veía encerrando a Ema, y que llegando al piso se hacía hilo de perder, de descoser, de correr hasta sus pies diciendo: mi cuerpo no tiene doble que camine, me escalofría un revoque del negarme, me refloja entregarme. Y mi génesis no se abotona, no evoca ni se convoca, no se sublima.

De pronto como si ese dolor sentido por las agujas de pino y el susurro húmedo del hilo que sintió laguna, revelación, reintento; dio pasos,

Se paró detrás de ella y fue diciendo playa a playa, pinar a pinos, su mar y espía. Habló de su fantasía casi exigiendo que aquella pareja le diera el acto erótico que sorprendentemente había esperado ( Teo admitió aquí, que en la realidad no era su forma de abordarla a ella). Contó su decepción ante lo que vio, tan burdo, tan sucio de secuencia barata, y todo lo que se miró a si mismo.

Luego las moscas coladas por las ventanas llenaron el silencio denso, reflexivo, que cayó después.

Ema giró luego de pasados años de tres minutos. Encajó sus ojos en Teo, con un mensaje sin voz pero que tapó el ruido de las moscas.

Como fusión de recibido, él rescató un dedo de la mano caída de ella, le habló al sentido, le abrió a su propio tacto; y un golpe de venda caída, de deseo en una sola célula de su palma lo acercó a la de ella, vibró; respondió la corriente e iniciaron su propia espía. Solamente acercándose a sus costados sin casi rozarse pero cargando un encuentro desde otro escenario plagando deseos en dos.



imagen: giant brain key hole

domingo, 8 de febrero de 2009

Hoy ni tres lágrimas



La noche es un perfume de volados. Cualquiera que se atreva a caminarla a tientas; pensaría que está vacía. Las casas se han guardado y las ruedas escasean.

Pero dentro hay una ciudad de personajes vivos que sorprenden con su historia casi vegetal como la sombra de los árboles fieles, dadores contra todos los miedos. Pulcramente congregados son la logia oxígenaria, lejos del ocultismo y lo vedado.

Unos pasos y el hombre que surge a media esquina, trae un cuerpo alto retorcido con cadencia melancólica de río y rastros de incendio viejo, en sus manos chamuscadas de trabajo; pero majestuosamente sol amanecido. A su par una mujer, con el vuelo de los rosas en su larga pollera. Amplia lleva una preñez de tres meses que acusa abultadamente tres hijos en su vientre; es amante, palabrera, un romance la vida; aunque camina y trepa muchas veces entre escombros como flor de enredadera. Mujer de cascabeles, medio arena y alfombra verde, un poco piedra agua y mucho de preludio. Es una gala en la noche que recluye al vecindario. Y la niña, la niña virgen llega con ellos, tez rojiza con su pelo trenzado, flecos en la falda y un tambor titilando en la alegría de esas negras manchitas de sus ojos movimiento. Era deriva por las calles, ahora ellos la guían.

Son enhebros del desierto, urbanos del espacio excluido a las tertulias mundanales. Sin embargo van a un encuentro. Casi mineral, orgánico vital con la tracción de la sangre.

Los esperan, en un hueco donde el cielo abrió estrellas; tres seres tan brillo como ellas. Tienen vida encimada, lo dicen sus canas aumentando el grosor de sus cabellos; de nudo verde aún con sus tres siglos a cuestas.

Abrazos y ofrendas. Una pluma de guerrero, un puñado de flecos rojos y una larga vaina con semillas. Regalos para los nuestros les dicen. Son la voz y los consejos.

Hay en el aire una boca de tormenta, un pasado verano en brazos del otoño, hay fiesta en este hueco siendo familia que se allega. Como un atado solitario de calles vacías, como un ajuar de nido recién estrenado; sin morir por fin ante la quiebra del futuro.

domingo, 1 de febrero de 2009

Clericó















Era una plaza y Defensa. Tres tiempos concibiendo en vistas cuerpos formas.

.Iban. Venían. Cientos de hormigas multiplicadas o las mismas, repitiendo camino humanos cargas. Cargas ya cortadas, diligenciadas hechas madre y caños, baúles pesando curiosidad y misterio, un banco un termo. Pilas apiladas cubriendo veredas estrechas. Colas de espera sin número al mejor postor de llegada. Cuatro de la madrugada y domingo, brillaba el empedrado, algunas sillas, mesas, para soles humedades y sombras se cerraban; algún café con crema todavía un raro bar servía. Temprano con el día abrirían esas colas apiñadas la feria de San Telmo. Y ese ramal del tiempo de artesanos, con ropas, oriundidades y precisos gestos, seguiría laburando en hormiguero.

Los sentados. En rezago, eran otro desvío; otro presente desigual matando luna, algún sorry cargando alientos de botella. Viajes al fin del sur. Nosotros pájaros del zoo sin cristal, ellos eurodólares sin condicionamiento; perdidos sin embargo en la plaza que vestía desparramos y apurados.

La calle, callejón, estrechito, costadero, era el tercer estado real y en retumbe. Fantasmas ungidos en candombe de fiebre amarilla en homenaje, identidades de otro siglo en carne hueso; hoy. Decían hago música existo, extiéndase al resto, oigan; viven aquí en esta mezcla de frutos con alcohol, de hormigas, de extranjeros y latinos, en nocturno cerrado buscando el tesoro perdido del cofre de Pandora; del cuenco afro asiático, y la vasija negociada por la fiesta colombina y feroz.


Un clericó, eso era el cuadrado derivado en Dorrego plaza; frutos dulces, alta graduación y sonoro viento fresco. Yo y vos más extranjeros que la cófrade turista. Quienes éramos? Café con crema invadidos de humo marihuana, un escape a la vida de rutina, olores de inmigrantes ancestrales, o un pedazo salido de algún tango?

Un presente, tres, uniendo lo que fuimos que no somos; pero estamos hasta que seremos o dejemos? O Noche y Julián que por fin reventaron la pared de su jaula de ladrillos y salieron a mezclarse con la gente ese domingo enero diez de un dosmilnueve?


Me quedo con tu mano, regresemos a casa. Nunca más a la pared.




domingo, 25 de enero de 2009

Alergias de bolero








El muelle sostenía una impúdica luz oscura. Las maderas gastadas, una hilera chocolate, desasosegada hacia el abismo de las aguas. Ema frente a él era sólo una hembra lamiendo sus heridas. Cuántas veces recorrió ese muelle. Pomposa en moños, protegida de las manos de su padre. En celo, en marcas de sus garras, por amor o por defensa; con letras de boleros. Preñada casi en tenue movimiento con su vientre. Madre animal limitando territorio.

Ajena, ahora al viento y al adiós con Agustín. Había vuelto a visitar los rastros que el muelle le ha guardado. Su historia se mece ante la flojera de estructura. Canta casi en danza con el río. Cantan las ranas. ¿”Se revientan los sapos de amor?”. La realidad no es superflua, es sucesión.

Suena un clic de su cámara fotográfica y el animal, que dormía dentro de ella, revienta también junto al sonido. Quedan las huellas y la foto, ligadas a un río que nunca acaba de vivir.




sábado, 24 de enero de 2009

LR3 -Fama de marfil

Malena canta el tango con voz de sombra

Malena tiene pena de bandoneón…

Homero Manzi

Yo fui Malena. Lo repetía a quien quisiera o no escuchar. La encontré en una foto blanco y negro, de un pasado en bogas de estudio de radio. Vestido cerrado con la imagen de un temple que entonces no necesitaba mendigar ser entre la multitud. Desde sus ojos austeros y jóvenes, parecía decir que el mundo y el tango eran su posesión; desafiaba entre sus brazos cruzados, confiaba en su voz y un micrófono.

Dicen que la intriga murió con Manzi, ¿atestiguó una Malena real? Ella dice haber sido la inspiradora. La foto decía que su pelo era negro y que cantaba el tango como ninguna.

Y era cierto, mimaba los años 40, y la gente se sentaba en cada rincón donde una radio la dejaba oír. Pero como Malena, a esta mujer con otro nombre, con años de beberse en fama; le pasó ocre el amor, descosido por el tiempo y el tiempo descosió su Buenos Aires.

Hay una voz ronca repitiendo a solas algún tango, un placard lleno de brillos, del brillo que vendiera miles de pastas de sus discos; y una mujer que sigue deseando un hombre que se juegue por ella.

Hay una calle que cambió el ritual y sus Malenas¸ que hoy se llena de artistas callejeros, cartoneros, turistas, urgentes empleados con cartera y hasta otra triste clase de pobreza; bajo fondo de una música despierta griteríos; olvidada y acercada a la trágica letra de los tangos.

Hay una falta de rincones y sus gentes, sentándose junto a la radio, para enmudecer en emociones con la letra en dos por cuatro de Malena.



mabel casas 29-9-08




Referencia: Homero Manzi autor de la letra del tango Malena, música de Lucas Demare

La foto es de la cantante Nelly Omar desconozco su autorr

http://www.todotango.com/spanish/creadores/images/nelly_orquesta.jpg



domingo, 11 de enero de 2009

Qué suceda








Le dije tápese la boca y corra Juan, que nos salvamos.

Los marzos se repiten igual que los remolinos del arenal.

De fija el calor aprieta, casi en rezago, siempre en marzo. Y allá abajo como siempre también corren las aguas entre las piedras, demasiado lejos para borrar la volante convulsión que sofoca.

Si marzo lloviera, si, marzo soplara el río hacia arriba; tal vez gozara de fama por aplacar ahogos clandestinos, de este áspero torbellino estancado sobre nuestras cabezas.

Llegamos al modesto parador que conseguí plantar en años de marzos locos y meses de trabajo calmo. Turistas siempre vienen, hay gentes que parecen nacidas en almanaques sin marzo; alegres como diciembre, temerarios como julio, ardientes igual febrero o románticos de abril y algunas los extranjeros, que vaya a saber si usan calendario. Ellos vienen en sed de foto, de inventarse un safari por parajes de intriga ignotos, muestrario de un circo exótico donde encontrar que llevarse a sus casas de primera de otro mundo. Descubrirnos personas iguales, mirarnos; eso no, no nos miran.

Se despedía el último aire del día; marzo tiene eso, atardece y entrás en comunión con la noche caliente; pero húmeda ya, del vapor que recién llega del río todo cambia y el parador parece un castillo de Pagra regalado a mi autóctono espacio, amplio, silencioso. Me senté bajo un parral ocre por el polvo, ojalá lloviera me dije. Pero marzo, caprichoso como en siglos nunca quiso lloverse en nosotros. Creí estar lejos ya de los impulsos vivos. Contemplación es mi hora. Pero no es así. Sentí una profunda necesidad de medir mis fuerzas. ¿Porqué? Ni yo misma lo sé.

Pero el Rafa lo sabía, entró como un prusiano en toma de municiones. Me destruyó en dos segundos las torres de Praga, era una manada de potros despavoridos ¿Dónde pongo esto doña?, ¡dónde!

Miré, me crispé en brote de señales pinchudas en el cuerpo, no se podía creer lo que traía. Tenía que ser marzo. ¡Qué grandísimo disparate, traerme aquí una virgen robada!

Doña mi guagua se ahoga en estas borrascas, es marzo sabe, y el cura nunca deja la iglesia abierta y esta es la virgen del aire; ella seguro que me le abre los pulmoncitos, habló todo corriendo en puro lamento de urgencia.

No dije nada. Cuando hay dolor ni lenguaje queda. Juan y yo le pusimos una mesa, unas carpetas de puntilla y un montón de malvones blancos en homenaje. Pucha que marzo puede ante sus desdichas, pensé, si hasta flores y esperanza de fin nos ha traído.

Ponela acá, le dije, y trae a tu niña.

Qué suceda.


martes, 30 de septiembre de 2008

También florecen amapolas






Animal de laberinto.

Eso podría ser don Gracián. Cada día el tren, le movía los cimientos de la vieja casa.

Por dónde salir del trágico bolsillo con las cuentas por pagar. La quinta del fondo florecía; pero las puertas que antes compraban ante su canasta fresca, las cerrojó el supermercado.

¿Y si fuera pájaro? Sus veteranos árboles y un clavel del aire lo llevaron a la salida, frente al aroma ancestral del laurel y del romero.

Entonces fue a la cocina, el lugar que Braulia, su compañera, veneraba sin laberintos; porque la ventana siempre era un sol con salidas y en su macetero siempre nacían amapolas guachas.

Vamos Braulia, abramos la mazmorra de los pájaros. Hoy me di cuenta que toda encerrona tiene posibles, si vibra por el tren es porque aún pasa y si lo oímos es porque estamos vivos y aún nos mueven el deseo de los cuerpos, el trabajo de las manos en la huerta y los ojos para pelearle un lugar al monedero y disfrutar el chispazo del canto de los pájaros como una gratis comedia, del laberinto de amores que es la tierra.

Atardece y caen dátiles maduros de la vieja palmera revolucionaria.



imagen : "las cosas se fueron detrás" de Don Eugene Seastrum

Sin azúcar




Sí, hierve el café.

Recordó otra ebullición. Pero lo cierto es que está solo frente a dos tazas. Dónde, habían quedado las manos que se supieron de la misma tinta, aquella vez sobre otra mesa.

Volvió a mirar, la mujer no estaba; al fin lo confirmaba, lentamente…Desde ese olor a café penetrándole el olfato, viajándole hacia adentro; poniendo de marrón caliente su sangre y demasiado ardiendo su cabeza.

Carajo, qué se le fugó la vida; haciendo mucho fue hacer nada. Esperaba un milagro para sus huellas malas. Nadie vuelve a lavar las tazas, si el agua que se arrastra está podrida.

No, ella no habitaba allí, desde hacia veranos y vientos y hendijas congeladas de la casa. Ahora entiende. No podía quedarse junto a alguien como él, que aún no sabía ni su nombre ni su talla. Había robado por años el café y una fachada; hirviendo toda su vida y su apellido en la mentira.


imagen: "motas de polvo a la luz del sol" de Vilhelm Hammershoi-Dinamarca