sábado, 30 de mayo de 2009

Cómplices, de esos no se habla








La jaula del Zoo. Da lo mismo cuál. Tiene un olor de sujeto y predicado. El animal tiene miedo porque extraña. Así todo él y la celda se quedan impregnados de alimentos y defecaciones varias, subiendo aún más el sudor de su tragedia adrenalínica. En su hábitat natural el aroma es limpio.

El cuarto de Rosario. Éste sí, es cuál.

Produce el mismo efecto. Rosario tiene miedo y extraña.

Cuando salió a buscar trabajo; ese aviso de diario prometía Cristales de la Capital.

No pudo. Gritar ni pedir ayuda. A quién allí dentro. Las amenazas eran comprobadas. Los turros clientes eran cómplices, iban por sexo y por violencia.

Rosario era un animal manso. Pero arrancado de su follaje original, temblaba y odiaba. Venganza, se repetía.

Comenzó su periplo enajenado; puliendo las manijas de las puertas, raspando canillas. Enhebrando cada araña que encontraba en el tugurio. Cuna de las chicas atrapadas por la trata.

Quiero esa pendeja, dijo el cliente, y quiero un brindis compadre, usted sí que la hizo fácil y nos hace fácil desembarazarnos de la calentura.

Rosario preparó las copas. Puso pisco, gaseosa, ron, tequila, vodka y lo pulido, lo raspado. Dejó caer unas arañas de su collar y completó con aguardiente. Bebieron. Borrachos descuidaron su guardia, el arma en la cintura.

Fácil Rosario, fácil. Sacá el arma. Dos balas, en el medio de la frente otra al corazón. Cayeron los dos cómplices. Apuntando al miedo, a los esbirros, a los cogedores y las cogidas; levantó el teléfono, llamó al Diario, a la Radio y al Destacamento.

Como pudo escapó, con el arma demasiado fresca.

Al día siguiente, las noticias no hablaron, todo siguió igual con las chicas y más cómplices.

Ella usó el arma.

Se desprendió del olor del miedo que la perseguía sin rendición.

En esa plaza que se había refugiado, mariposa cansada, sólo la muerte para liberarla.




lunes, 25 de mayo de 2009

Máscara del Bermejo








La pierna cuelga.

Debajo, detrás, arriba, delante; hay como un pincel cansado en rojizo y ocre. Revuelto. Ha hecho ronda en rumor de barro.

Un río. Desprovisto del color del agua. Una pierna. Despojada de la visión del cuerpo.

Dónde estará el resto, aunque el resto también esté unido. Dónde sus manos, que hasta hace poco se juntaban como pájaros cortejando, con las manos de Calixta.

Cuelga. También la soga, la trampa, las vizcachas y el error fatal; ante el sobresalto de un tiro y luego el quejido gutural. Irreversible. Cercano, tanto que sintió el desplome en sí mismo, como el escalofrío segundo antes; al oír al patrón a través de la fronda: hay que matar al…Luego todo fue impredecible.

Calixta, está regresando a su comunidad wichí, lava ropa en casas ajenas; viene presagiada por el viento y el río marrón al que zigzaguea. Arruga y desarruga su delantal, entre espirales y círculos desbordados de su pensamiento. Qué sucede en este día frío, dejado a la deriva de las suertes, se pregunta; me apura abrazar a Nemesio. Tiembla mi presagio, tendrá que ver con él y esa changa tan peligrosa de desmonte. Ese maldito desmonte, que deja al río descontenido y a nosotros sin vida de alimentos, sin hierbas para curas y sin hebras para tejer lo necesario.

Todavía lleva el ardor de los golpes en sus mejillas, de la patrona. Había resbalado un plato, pobre plato común con tanto entierro de lujo por rotura y sólo lo usaban para la comida del perro. Mejor mis platos, de la madera que talla Nemesio con el aroma del palo santo, pensaba.

Sintió el tiro. Corrió. Escuchó el grito de Nemesio. Sintió perforarse al medio del pecho, su boca estaba ahí en ese hueco y en el agüero. De su cara sólo quedaban unos ojos desorbitados, cosidos en único agujero en el centro de su frente. Parecía la sombra de una máscara india. Llovía.

Vio la pierna colgando, y sintió un olor de pólvora, que se unía al de la madera de algarrobo recién cortado. Quedó de rodillas entre el barro, tuvo la sensación que nunca más pasaría aquella lluvia.

Reaccionó. La pierna se movía, sus manos soltaron el lazo del delantal y lo ató a una soga adherida a un tronco llorando aún su propia matanza de monte; entre los tres: delantal, Calixta, algarrobo: lograron sostener el salto desesperado de Nemesio para asirse y deslizarse hasta la orilla del Bermejo.

El esfuerzo desplazó ramas y quedó a la vista azorada de ambos, un chango consternado frente a un caballo muerto. Preguntaron, les contó. El patrón dijo: hay que matar al caballo. Mancado estaba, pero yo lo hubiese cuidado, era mi hermano animal; pero a él le sobra sangre de nuestros hermanos.

Seguía la lluvia Qué hacían sus antepasados en las tormentas, se preguntaron, seguro no talaban algarrobos ni mataban caballos. Si hasta les prohibieron su uso, porque con ellos podían defenderse mejor cuando las campañas de exterminio. Ellos cocinaban y atersanaban bajo sus enramadas, esperando que la hermana naturaleza necesitara dejar de llover.

Es tan fácil matar a un caballo, como matarnos a todos sin balas, corriéndonos de las tierras. Masculló la voz gastada de Nemesio

Pasaron el atardecer bajo un cerrado lapacho que comenzaba a florecer, es octubre, pronto habrá pesca les decía el abuelo. Manipularon arcilla del río para hacer sus cacharros y venderlos en la feria del pueblo.

Entre ambos y sus manos nació una máscara india, eran dos pájaros en cortejo tomados de la mano, con un hueco en el pecho como boca grande y dos ojos dentro de un mismo sitio.

De la unión de las manos, algo pendía como un turbión de dolor y de reclamos.






domingo, 17 de mayo de 2009

Caramelos surtidos

Caramelos surtidos y bolsitas. Hizo el pedido. Lo atendía una muchacha despreocupada, llevaba el compás de una música cadenciosa. Él aguzó los sentidos en ese andar por la vida.

Se fue pensando que las reuniones de fin de año, dan permisos para decretar. Y había decretado su regalo. Lo recibirían en familia de edades creciditas, entonces por qué no los caramelos.

Le faltaban algunas cosas. Pasó por un cotillón, compró globos, ruidos y pelucas muchas, coloridas, rulos ondas pelos largos. La vendedora se las probaba y le hacía mohines, me invitás a tu fiesta le dijo. Y estimuló, estimuló sus sentidos…

En el subte, calor de olores, paquetes caros, apiñados ellos y los hombres. Las mujeres, mirada aparte, desprendían botones a sus jugosos escotes con el gesto innato de seducción, aún en deslizar las faldas al bajar. Seguía absorbiendo una manera de existirse género.

A la salida entre los empujones, una pareja paró en seco como un agujero negro en el espacio. Ella cómo lo hizo, mi diosa, qué estilo se dijo; prestancia sudor y actitud al escape de alguna lágrima atada a su decisión. La escuchó decir: vos a mi no me jodés más, te quiero para mi cama, de velador para mi mesita de noche, de platos en la mesa; entrada, principal y postre; no de calzoncillo barato que se usa y descarta.

Y vos, mi querido, te descartás solo. Salite de mi frente, vía, aire; alameda vacía desde hoy ante mi; y se fue.

El escuchó y volvió a valorar la fortaleza que deseaba ser, la actitud aún ante lo vulnerable o el involucre de la vida.


De adentro una de las tías preguntó, quién es?

La respuesta fue: “la tango”.

Apresurados se echaron a la puerta, abrir, descubrir, gritar. No entender, quién?

Una admirable mujer, con compás de movimiento; coreando la música que venía de adentro les habló. Me invitan a su fiesta dijo con mohines, extendió los regalos y agregó: ustedes a Raúl no lo ven más, era un calzoncillo descartable.

Actitud, se recordó a si misma. Quiero que todos nos veamos como estos caramelos: surtidos, agridulces, aceptados en diferencias. Por eso el cotillón, festéjense y festéjenme hoy, soy lo que soy y familia; sé que son la mía. “La tango” es la segura, decreta la sexualidad que la identifica, sólo venía en envase genético confundido.

Y el desmayo fue integral, pero subieron el azúcar con los surtidos; y el cotillón hizo tanto ruido, descarga y soltarse; que el veinticinco, doce encontró a “la tango” recreando su falda y osadía entre el beso de su gente.



domingo, 10 de mayo de 2009

Sanidad ambiental












“El remedio que no entiende al hombre, es peor que la enfermedad” médico cubano

“La salud consiste en tener buenas razones para vivir”



Puede terminarse octubre, pudo ayer haber sido un domingo y de elecciones. Y es seguro que podemos hoy darnos cuenta que poco

apostamos como ciudadanos cada día incluyendo noches; para después de cada cuatro años poner quejas y pérdidas, perdidas en una sola cola de dos horas para llegar incauto a la urna investida de cartón y no de entidad unívoca, de decisión pertenecida.

Matilde fue una que soporizó en la cola, cuestionándose el cuarto oscuro sin boletas, sintiendo sátira y enojo con escrutinios anticipados a su propia hora de libreta no firmada.

Hoy se propuso darle rienda a su derecho de delirio, a su derecho de recuperar la parentela que la tierra le regalaba, a creer que aún en quiebra la industria de pensamiento popular podría reciclarse; si plantamos con fuerza los troncos, volamos semillas libres tibias con flores de estío, entre flamas silencios ausencias desde un movimiento hierba de mares de aire y contactos de suelo en rodares de carros de filas cartoneras, comunicaciones de nuevo de gentes por serse de nuevo parientes entre barros y sangres malgastadas.

Desvaría Matilde.

Habrá un diario que no se venda por que cada uno podrá contarle al otro las solas cosas calmas que ocurran

No habrá alambrados ni rejas ni robos por que todos serán una tribu.

Nadie dirá que le faltatodo porque no habrá quienes les sobretodo.

Los maestros, los árboles, el agua y los niños se dedicarán a que todos crezcan parejos.

No habrá podas ni perreras, ni armarnos ni cárceles; por que cada uno no necesitará más que ser hermano del otro como las piedras en los lechos de río.

No habrá más locos, que los locos de risa, de abrazo, de arte.

Y si todo esto se empieza entre pocos y después se esparce como lluvia mansa; crece el conjunto y los ministros de economía deberían aprender jardinería porque no habría faltas en sus cuentas.

No habrá un líder, todos lo serán de todos, nadie será soberbio porque no puede Matilde siquiera, delirar pensando en que los ricos podrían tiernizarse pero agrega quizás…la tibieza de un beso podría ganarles…son tan fríos los ricos y sus parentelas tan mandatarios… ¿piensa, coherente dentro o fuera del delirio incoherente?

Entonces Matilde disparata una meta, la próxima elección será lenta, segura, una manuelita la tortuga. Bullicio amplio de jóvenes codo a codo a su progenie y al viento, serán los mejores candidatos sin campañas, sólo mostrando su vida de inicio.

Matilde por primera vez en sus cincuenta, ayer, votó en blanco por repudio y se repudia. Debió, debieron, seguir militando por su delirio.



foto: gstern

sábado, 2 de mayo de 2009

desplagada y llena de sol




La púa, la Habana, el disco de pasta, el Club Social antes de la revolución.

María Celia y su bandeja. Los zapatos, los pies, trabajan, trabaja, de mesa en mesa. ¡Camarera! Y entre corredores baila a escondidas al ritmo del swing “All of me Del otro extremo Juan Bartolomé y la barra. Sirve, sirve, sirve tragos y baila solo con los pies; es que no pueden hacer otra cosa que servir. Oye chico señorito que te sirvo; pero de nadie siervo ni sirviente ni perchero. Y de guiños con María, se piensan mar, revolución, cortejo y una isla llena de sol; en libero, a son cubano.

Se cae el calendario, y pasan los soles y un comandante, un che de Buenos Aires quizás....

Argentina, antes Palé de glas, el Luna orquestas de tango. Y en el pueblo un casamiento al mismo compás, hubo un gen que viajó el mar, una argentina lo tiene adentro, Elsa María con Pedro Juan; un mes la boda de conocidos, La cumparcita en el salón. Tienen buscas idénticas de libertad en trabajar. Quizás una Eva María y un Domingo Juan… quizás una moral obrera y después el carnaval.

Un carnaval en la Boca y otros almanaques llueven genes del casorio; y en el flaco del Cambalache pasado y presente caos aún, habitan un negro puente viejo, un barrio sobre depositado riachuelo, un cuadro de Quinquela; Renata María y Giusepe Juan recién llegados huídos de pobreza siguen laborando a lo que pueden descubriendo tango y convivencia (la narradora piensa ¿estará aquí todo de mi?)

Y la sangre del inmigrante se mezcla. Se mezcla y parece, que progresa, que crece y se enciende una calle más allá.

Corrientes de candilejas, Music hall, tirar manteca al techo de los socios de la Rural con sus genes rancios, Aquellos los de la Boca, los de Barracas, los del Abasto, los de suburbios rodeando la capital; son siempre hojas del calendario y genes que se resbalan de unos a otros y las Marías y los Juanes gozan un beso en medio del baile, travieso y quizás candorosamente feliz. Mañana hasta la noche otra vez trabajar, como aquellos de la Habana antes y después de la revolución.

Aquí la calle y Buenos Aires hoy, tránsito mucho, transitan muchos, la mujer del bastón, un violín, la gran caja del que pone una moneda barata por un tango caro, El gran vacío del que corre indiferente, luces, hamburguesas, instrumentos, bocinas y quizás...un loco, su balada y ella; los dos con una banderita de taxi libre en cada mano y medio melón en la cabeza.

Y siempre el método, el blanco y negro; encrucijadas del que lucha por quebracho, patagonia, minas, dictaduras, pandemia, trabajo, hambre y pan; por una tierra de todos, sana y llena de sol. Y siempre las muertes tan anunciadas, tan criminalizadas en lo social.

Algún gen, algún calendario y otro ché; alguna María y algún Juan, tendrán que liderar, y no morir.

Para sosegar.



domingo, 19 de abril de 2009

Sublevación





Su bolsa brilla. En la corriente de la calle es como si llevara colgando marquesinas que la alertan hacia adentro.

Ahí entre el hueco de los huesos y la carne, la fiesta es íntima de libertades. Lleva cordones de parto e himen furtivo, primeras papillas y fuentes de plaza; un boleto tragado de viajes, un asco odiado de intervalos lacerantes y algunas bienvenidas de sabores rojos.

Afuera el contenido está en la bolsa, una flor de naranjo y una cría felina. Ya está en la selva infinita y ella acaba de crecer dentro de la alforja. Parida por los sueños allá adentro.

Sale del morral, negra, al acecho, pantera que enarbola utopía.

Cuidado. Va por las inconstancias y las exclusiones.


lunes, 13 de abril de 2009

mágico y caduco












Lo que gusten. Dijo la vieja bruja, así la llamaban con la ternura y el respeto de los que la sabían. Epifania de las Casas era libre y era luz, estaba en el bosquecito cerca del río desde hacía poco.

Una pareja con los años frescos le había preguntado si podían recoger hierbas. Sí el verde es de todos, nada aquí está en el riesgo de la oferta y la demanda. Por eso las flores son libres como el poema y la arcilla que amaso.

Vino un día, de aquella urbanidad híbrida sin nombres ni saludos. Con el trabajo a cuestas devenido en jubilación y nietos, la garganta apretada del adiós del amor, de los años perversos, de la indiferencia y los golpes del mundo derecho pero al revés.

Ahí conservaba el aliento izquierdo pero de pié, en los mismos tumbos personales de la ciudad; pero de cara a la fusión de follaje y agua, al movimiento de sus huesos al amparo de una luna que siempre le ponía nombre del abrazo que la contuvo en viceversa. Pero la conmoción de los ruidos de la noche y los cantos del día; junto a voces de sangre, pinturas y barro, eran como el aroma de sus artemisas, de semillas de roble donde alimentarse, o piedras de agua para bañarse desnuda y olvidar la casa, las veredas, la rutina en las garras del águila del gran buenos Aires.

Entonces se borraron las pesadillas y una ventana de aguas y de fuegos eran su mañana.

No le sobraba nada, escaseaban algunos deseos céntricos; y nada podía faltar si el día era demasiado corto. Sí, se dice ahora, faltabas vos corazón; pero te he asumido lejos (tu elección y mi razón).

Pasaron siete días, hoy marzo nueve, Epifania no usó despedidas sólo confirmó en regreso que los recreos como las pesadillas y el amor; se marcan a huella firme pero también terminan, en cíclica posible de repetición y vuelta. Quizás, como la muerte.




imagen: Xochimilco de M de Calvo


viernes, 3 de abril de 2009

Precavida




Se alejó sin soltar su vaso de agua. Era imprescindible para ella. Guardaba en él, las noches de lágrimas, los sudores de cópula y los flujos de parto.

Cuando María estaba a punto de pisar su abismo, el vaso la salvaba. Esa pisada, hoy, era uno de esos momentos. La avenida por la que deambulaba yerma, infartó de locura y un auto descontrolado se disparó hacia ella en cobro de presa.

El vaso no se derramó en el impacto; sogas de lágrimas crearon marea, gemidos de orgasmo flotaron su pubis y en un jadeo súbito sobre el auto destrozado, parió otro vaso de agua; reforzando su vida y ahogando su muerte.


lunes, 30 de marzo de 2009

Moras y metamorfosis








Negro hay uno solo. Se dijo el artista frente a su lienzo. Lo urgía plasmar ese oscurecimiento súbito del cielo a media tarde. A la vez, lo inquietaba esa presencia intuída sin descifrarla. Tomo el óleo negro, no hay gamas de negro ese le bastaba; empastó su pincel y al volver sus ojos al caballete, su mano quedó paralizada en el aire. Allí estaba ella saliendo de la tela, vestía negro como su cabello, los ojos demarcados en negro litigio, sus cejas imperativas y su capucha cubriendo excitantemente parte de su rostro. La piel, el poco trozo de cuerpo visible, casi la unión de los dos pechos y sus manos; eran la total contradicción blanca casi desafiante con un oscuro rojo en sus labios y las uñas.

Era en verdad, una ficción, un delirio, una puerta al misticismo o tan sólo un poderoso encuentro real, con una mujer en negro y blanco que lo miraba y le mostraba el eco de su respiración.

Oyó decir de su boca Me llamo Mora. Sintió el aire de su paso hacia las sombras, ya alejándose le tembló la voz y a él su humanidad; cuando le murmuró No dejes de venir, vivo detrás del río.

Inconclusamente como oscureció se dio la luz en un tono de gasa púrpura, se hizo transparente, fresca, aromática como si llovieran gotas de alambiques de alquimia perfumera.

El lavanda, se ordenó, tengo que usar el lavanda. Lo buscaba en frenesí, repitiéndose que las tres ahumadas de marihuana que habían buscado moderarlo al llegar (guardaba el porro apenas aspirado para el final de su pintura), no pudieron cambiarle las percepciones y llenarlo de ansiedad y dudas; perturbándolo como a un niño confuso. Desde la muerte de su pareja, la hierba era su compañera en duelo, sin ese entero de amor. Vamos Bendito Tempo, se apuraba a sí mismo, siempre fumaste en tus contemplaciones evocándola y nunca se produjo esta especie de agite de universo; este modo de ver y olerme pasionario de esta rueda sobre mi sacudidora.

Encontró el lavanda, lo mezcló y congeló su mirada. Se iban desgranando del color, telas, flores, entregas misma gama, misma transparencia, mismo cuerpo rostro y la otra ella. Ella plantada casi flotando frente a él, Artemisa de tules y de sedas. Soy Cora, no te preguntes ni quieras mi respuesta; todo lo encontrarás en mi morada al cruzar el río. Y su paso se hizo carrera en nube de atardecer impulsada por el viento canto.

Pintó, pintó desesperadamente, ya no elegía colores, no le importaba definir ni los chorreados. Casi sus manos chapaleaban y los pinceles se incrustaban en el suelo. Ambas mujeres eran su desquicio, o era él el desquiciado buscando la obra, el trance, el color a media tarde y un motivo.

Terminó, apretaba su boca en gesto casi sonrisa casi sorna; sus ojos espías, el ceño fruncido sin descargar lo tenso, el cabello compulsado y las manos quietas; era un vigía entre la tela negra, los hierros cruzados del puente a su espalda y su piel un reflejo púrpura de aquel que atardece.

Miró el cuadro, la conmoción y el instante se tornó poderoso; la pintura constataba su cara, el puente, su pensamiento.


Pasados unos días volvió a buscar el cuadro que dejara en su huída, ahora lo tenía todo claro. Él había ido aquel día, decidido a pintar su muerte y tirarse desde aquellos hierros al río. La causa era la inesperada muerte de Cora que creía insoportable de superar. Después que se ahogara en ese río en un ocaso rojizo.

Esa noche al regresar conoció a Mora, tan vestida de negro como las moras y tan intensa como su ternura y desafío. La encontró luego de cruzar ese maldito río, donde se despidió de las muertes buscadas; y entendió que la oportunidad del negro es única por que hay uno solo, y ella era blanca desnuda como confirmación de vida de parto y mantilla áurea.

Sabía que las moras se comen al lado de la planta y que están unidas al mito de ser el árbol de los cambios, de la vida a la muerte y el nacer de otra vida, tal un gusano de seda renace de su alimento.


domingo, 15 de marzo de 2009

Jueves noche, junio, 1942









Hoy te la sigo diario. Dormí mucho esta mañana, el frío che!, te calaba en la catrera.

Calenté una olla con agua, y pa` mal, el destartalado fogón ahumaba, más loco que de costumbre, me obligó a trapearme todo el cuerpo y darle un poco a mis pelos con jabón blanco. Escasa el agua che!, me quedó pura gomina, eso sí con olor a Federal.

Pero el laburo es el laburo, me empilché con falda de percanta que la chamuya en el salón, me tiré el tapadito que me quedó de la vieja y a patear el empedrado. La pucha che, la sudestada llegaba hasta Pompeya. Ni un puto tranvía ni pal derecho ni pal revés, pasó.

Llegué al salón de baile más congelada que res en el frigorífico y acá (vos los conocés) si no te sacás el ropero que te pusiste encima, te rajan. A cuerpito gentil tenés que sentarte a esperar a los clientes.

Me encajeté en la silla y carajo! Me había dejado las uñas saltadas sin arreglar, bueno, que me toque algún chicato me dije; total milongueando todo es tan giro y tacos, mirada y apriete, que ligero quizás ni se ve. Además el encargado prende cuatro focos de los diez que tiene la pista, mishiadura dice ¡ che polaco, empezá con la vitrola! ¡A meta milonga!, le grité.

Para esto, yo ya estaba, que los pieces se me soltaban solos (vos sabés que el baile pa` mi, es el tata Dios clavado en mis pies).

No me vas a creer, diarito gomia, me distrajo de golpe del movimiento un tipo nuevo (pelo al medio, trajecito como heredado de finado); pero tenía ¡ un porte de varón con alas!

¡Zas!, el polaco, cambió y puso “Tinta roja”; ¡qué tangazo mi diario! Me dije este Cátulo se tiene bien merecido el apellido, hace un castillo de versos en los huesos. En eso che, una mano que se agarra de mi brazo; miro, mira: ¡el varonazo nuevo!

Ma` que uñas sin pintar y qué si la luz me las mostraba: me levanté y empezamos. ¿Dónde se me quedó el salón, el Polaco, mis compañeras con los tanos pifiando los pasos y el gallego del olor a ajo que cada tarde me insistía con “después del baile te cojo de la pollera y te me vienes”.

Disculpame papucito diario, vos que siempre me tenés la vela, ¿qué más te voy a escribir que no imaginas, che? (hoy no te tiro mis penas)

Cerró el salón, apagó la vitrola el polaco, el trompa apagó las cuatro luces. Y con mi varón nos perdimos mano a mano por cualquier empedrado de Pompeya.


La Negra.



lunes, 9 de marzo de 2009

Botellas de plástico














Avanza. Entre ramalazos avanza. La puna tiene sus chispas. Enciende rojos, abrasa, fascina tornasoles; llora muerte montaña abierta derrotada en dinamita; o levanta su piquete de empuje por reclamos de la tierra, en ventoleras que se llevan el manantial de los silencios. Así va Juan a poncho pegado, incrustándole los ojos una sombra en piedras negras.

Avanza, dobladas las rodillas, escucha la voz del hueco, resiste a la tiranía del viento. Lo juzga, le juega, le canta exiguo, lo conquista. Avanza. Se delibera.

Este golpe de atención de la ventisca, este eco entre los andes sin descanso, me repite que puedo, puedo; vencer el filo con que de chico me vienen matando en olvidos. Olvidos de respetarme aunque sea, nomás y mucho, un peón; omisiones de dejarme aletear sin hambre y levantar eso que llaman casa con la Juana a suma de mejor jornal y cero contaminado.

Ella, mi parte de costilla, ella mi dulce veta porosa, mi buscadora de aguas; es como una semilla de seda con un cascabel adentro. Ella viene detrás con el crío aún no parido, intento protegerlos de todo y de esta borrasca, por eso es que voy delante.

Avanza, el viento avanza y ellos no dejan de avanzar.

En un bajar de lomada, las rodillas ya no tiemblan, pueden sostenerlas erguidas. La calma hasta los sorprende, el chaparrón sin anuncio los envuelve, los bendice.

Ya llegamos mi Juan y el ventarrón nos ha dejado. Del envase de su vientre brota una vibración blanda, como si una crisálida bajara escalones del capullo.

A los pasos, el pueblo, tan escaso de medios; pero estar de parto es la causa de llegada y la comadre siempre está para ayudar aunque no lleguen los médicos con tormenta sin caminos de cemento.

La puna vuelve a ser roja al año que cumple la niña, será chayera como su madre, noble como nudos de madera igual a Juan.

Es febrero y es carnaval. La chaya los encuentra a todos, a los turistas también; a nadie le falta albahaca ni harina ni manos para juntar en esta su forma de no morir lo ancestral de su cultura.

Un cartel en la plaza, anuncia con humildad artesanías en venta y en letras mayúsculas aclara que lo ganado será para comprar agua mineral en botellas de plástico para nuestros hijos. En este pueblo la explotación minera a cielo abierto, contaminó la gran masa de agua natural adyacente.

Tenemos que avanzar…comienza a decir Juan a sus compañeros del grupo que formaron, cuidándose y cuidando a la pachamama, en desafío.





imagen : pachamama (integración Pachakuti,renacimiento,nuevo país,nacer de las cenizas,revolución)

domingo, 1 de marzo de 2009

Y ahora, conocelo


Perra de pueblo. El pensamiento de Juan puso ironía en este enunciado. Todas se desmadran, vagabundean, no se quedan en la primera querencia; necesitan espacio, rumbos. Son ariscas cuando su celo, eligen el olor de la yunta, cambian, arrastrando sus cachorros.


*Te faltó decir Juan que no los abandonan. Que saben matar su hambre por las suyas, que no son esclavas de nadie. Todo el pueblo las conoce y de fin hasta las respetan, casi como un pariente cercano que se extraña cuando no pasa y regala un beso en un cómo estás.

Mirá Juan que hoy estoy metida en el cuento y tengo ganas de debatir con el personaje, se me chumban los pensamientos. Yo pongo la tinta, prometo no influir sobre tus palabras.


- Me asombrás, no te hubiera esperado nunca en este terreno de mi coloquio interno, menos que interfieras en el texto de mi historia, de la mía, potencialmente mía. Soy yo quien existo adentro de este escrito.

Bueno, dije perra, y yo qué soy en esta sensación de doble de cuerpo. Llevo carne con hueso arriba de dos piernas girando la ciudad como un perro herido, me digo el olvidado, me maldigo y maldigo mayúsculas de otros, me altivo. Acarreo cerebro trabajando en revolución y destajo; sin conseguir encontrar mi puerta. Doble de cuerpo me señalo, humano y perro, asediado por bocinas y tropiezos; errante sin terminar de hallarme. Pero al fin ellas, sí, son perras; de jodidas, de engañosas, de irse atrás de los otros.


* Hay, Juan, qué me hacés volver. Perras de cría somos, que las mujeres tenemos aliento para empujar vida con uno sólo, Compañero que ría, hallado en sí mismo, que sin ofender quiera; luche y levante fijo techo en par de brazos con nosotras. Pero en esta metáfora de reino animal- humana raza que propone tu discurrir, hay entre ustedes más de un dogo con rehenes, sementales junta harenes y perritos falderos que nada pueden solos. No aceptan que somos una sana depuración de las violencias, hembras compañeras no rivales ni minúsculas. Entonces, sí, mejor ponernos las ironías y las culpas.


- Soy hombre y es mi género, no podés ir contra los mandatos de la especie; ni conocés mis causas ni respetas mis piedras.


*Tenés razón no las conozco. Me pregunto quién decretó esos mandatos, ¿no te lo preguntás? Pero sos el personaje, cumplo lo prometido, no interfiero, no te contradigo en tus diálogos internos. Quedás libre de mí.


El semáforo se puso en verde, Juan entre el alocable zumbido de la ciudad desafinada, se pierde pensando: perras de pueblo ellas ¿y mi tiempo cuándo? Perdón Juan, por mi última intromisión, le grita la autora desde lejos; no olvides que la mujer tiene la vida entre los pliegues de su género. Ah…y una cosa más: quisiera alcanzar un conocerte.




imagen de Página foto taller Chivilcoy - autor Daniel muchiut,serie la fábrica