lunes, 14 de junio de 2010

Tarde, hora tres









        Como siempre el deseo. En la humedad que deja el sol, con espumas que fosforecen. Es bueno para Lola llevarse a los ojos esa muchedumbre de estrellas que tiene por techo.
         La música de la geografía es humana compañía.
          La música de Dante es mejor compañera aún, piensa.
          Pero él no está, ni la puntilla de arena abrazada a las aguas, ni la llanura después, ni el río lo traen.
          Prefiero el día con sus trajines y sus expediciones, logra mis laberintos abiertos; en los enjambres de alamedas con alas vigías y conciertos, en los hallazgos mudos de los médanos. Imposible no revivir un viejo anillo de tres círculos con vida brillo en sus diminutas marquesitas.
           Lo había encontrado a él allí, hace tanto de tiempo, con su ajetreada guitarra, sus vientos de voz y el mencionado anillo que descubriera días antes, perdido, anónimo; le fue regalado.
            De tres círculos. Vivieron juntos en el primer círculo, en el segundo se fue a Buenos Aires.

Hoy Lola refleja en la ventanilla del tren su gesto de ausencia.     
            Llegó a las calles de esa urbe ciudadana, que se la devoró antes casi de percibir que eran las tres de la madrugada; solo gatos, sombras y algunos olores, entre necesitados de la basura para sobrevivir y algún rezagado de por vida durmiendo su vereda rincón; o de momento mal elegido destartalando su ser adicción o apresurando miedo para llegar a su casa. Transportes casi nada.
            Tomó por el medio de la calle, que le devolvió ser libre.
            Como siempre el deseo. Entre silencio y vigilia, recelo y edificios a persianas cerradas, lo buscaba a él. Tenía un dato, un barrio, un número. Mejor, en esa plaza el aguarde, en ese banco dormir.
              El día la inquietó, ni abrir los ojos, que una multitud de idas y vueltas la rodeo, la pasó, seguía. Bocinas y frenos la única música.
               Ahora sí, iría a encontrar u casa, un cielo libre, unas risas rojas de niños en juegos, los verdes soleados y el traqueteo obrero, le dio envión de pasos.
               Llegó, el cartel decía, dice, leo: se alquila. Lola congeló su deseo. Preguntó, buscó noticias en un bar. Nada. Abrió un negocio a su lado “venta de cosas usadas”; ahí estaba la guitarra de Dante. Entrar saber, morir; Lola compró el instrumento, unas flores y en la calle esperó. Sabía que iba a encontrarlo.

                  Dicen que el camionero no pudo frenar.
                  Dicen que eran las tres de la tarde.
                  Dicen que fue en el tercer círculo donde el deseo los dejó entre las muertes.
                
A todo sol en esta hora estarán mis laberintos abiertos, Lola impresionada aún del salto hacia atrás, de ver flores y guitarra muertas en el asfalto; se impulsó camino en reversa. Ya viaja en el tren. En la ventanilla refleja un gesto de no espera, una sensación de apuro por volver a sus fuentes y no dejar huir al deseo. Mientras Dante en aquel negocio de venta de cosas usadas, se decía que su ser errante, había des usado su vida otra vez.


imagen; "reina de alameda" de mabel casas

domingo, 6 de junio de 2010

Tampoco volvió








                                                                 "Canta el pantano,
                                                                  arden los árboles, "......
                                                                                 Blanca Varela


       
      Tarde la puta salió ese día a su trabajo. Sin ganas ni mangos, por  su cuerpo ni en los bolsillos. María tenía de tiempo
el alma seca llena de rastrojos. Vivía entre flecos de ropa distante, de otros días cuando el amor era suyo y su cartera quieta en un cajón.
    En aquel entonces la casa era oasis, plantas luces, mantel para la cena y unos escasos diecisiete años saliendo del secundario. Leía viejos libros de pensamientos, quería descubrir como era no tener dueño y elegir su vida. Otras noches sacaba de su mesa de luz, visiones de utopías latinoamericanas, y alguna vez peregrinó por ellas con el hombre que acompañaba su vida. Un día cualquiera se lo llevaron.
     Después de la falta nada. Caminos en puertas palabras rogadas, y ella, con las frases de sus libros mezcladas en la cara no entendía, aún cuando debía esconder sus propios huesos, para no ser también, una menos.
      Años pidiendo paraderos. Años lentos, quietos, sospechosos años sin respuestas. Perdiéndose de su familia por la urgencia dela búsqueda.
Desbarató casa, vendió libros, cama y colchón del amor atestiguado. Le quedó un vacío de cocina, en su bolso y en el ser.
      Sus ojos, en los pañuelos.
      Se recibió en caminante de cartera colgada y sin que alguien le avisara se estableció en puta por hambre, en mujer de minutos sin libreta; en la muestra desvariada, que le dejara el desatino de vidas tomadas en arranques de poder.

Vivió pisando simplemente, las orillas de su propio pantano. Ése que le cantaba al oído: olvidá el ahora y metete en la piel el agitar que te daban las llamas, cuando ardían tus árboles, María…



imágen: de gstern "carga"

domingo, 30 de mayo de 2010

2010 Mayo 25









Buenos Aires, tango, y el movimiento por la calle. Bandoneones tocando sobre el techo de los taxis, negros y amarillos, son un semáforo en otras dimensiones en coincidencias de colores poca; pero un parate a mirar, ni prohibido ni suburbio, raíces, de la calle en la calle, parte de pueblo y laburo, parte de ruedas que algún lado llevan. Esta vez en negro y amarillo, esta vez en plano libre. Entreverando el loco de la balada de Piazzola y los pasos eternos de Discépolo, con los tacos en la danza y los dedos de un Salgán con la voz de Goyeneche.

Y la historia real pasando a los ojos y haciéndose memoria carne. Con un coro gigante y presente, llevando ausentes y futuros en la boca.

Un pasaje diagonal, un paisaje de bicentenario federal, un lazo latinoamericano, un sello de pueblo que no puede seguirse llamándolo “gente”.

El semáforo marca abierto nuestro paso.

Atención.

Ver detrás de los amarillos y no dejar que nos sorprenda el color del peligro.

Nunca más.


lunes, 24 de mayo de 2010

Devolucionarias








Clavo y canela. Jengibre y romero. Inés llevaba su grito en la feria. La devolucionaria aún no sabía que lo era.

Romualdo saltaba entre los puestos, ligero, ágil, casi patas de gamo en un prado de verduras, frutos y corrales de gallinas, Necesitaba como cada día estar cerca de esa mujer, dulce olor de especies. Él desconocía su valor, no se sabía hurtador y menos mensajero devolucionario.

Esa ciudad latinoamericana, no aceptaba el esfuerzo de los pobres por el pan. Nada de ferias decía el dictador, ahí se enciende, más que un horno de barro; es la curtiembre de la rebeldía, si se juntan, hablan; no cocinan pasteles. Aprenden del otro los ingredientes de hacerle a la libertad. Destruyan los pregones, los tablones donde ofrecen sus huertas. Acallen el murmullo, siembren miedo entre los corderos antes que el juntarse al cabo de la calle, los convierta en lobos defendiéndose. Maten a los protestones, esos son carne fresca para el fuego que puede dejarnos sin leña de predominio.

La ciudad no adivinó que sería caos.

El de las órdenes, soberbio, no se vio fuera de juego.

El mercado de los paisanos, gestaba sin fin ni a sabiendas, una trinchera de rebeldes. No lo era, ni sabía, que lo harían muerto y sepultado entre destrozos, a causa de la turba milicada y entonces sí, sería.

En el instante del revuelto, Inés se tomó de sus clavos y canelas, tropezó con Romualdo calabaza en mano a título de protegerse, extraída de un puesto en la corrida. Enlazados con otros corrieron a las afueras, un lugar entre ruinas precolombinas los escondió por un rato.

Nació la devolucionaria, la resistencia. La manada de corderos al grito de Inés, fue clavo y canela. Clavos para quién procesa, destruye, odia; fajándolos en cruces de la nada. Canela para aromar nuestra desesperación y muerte. Porque muchos no podremos sacarnos las balas y muchos en la lágrima iremos adelante, con la energía del dulzor de la canela.

La selva quieta , inocente, ocupando geografía, cerrando espeso hacia el sur del territorio, no sabia, ella tan plácida, verde, agua canto de pájaros; nunca cruzada por las voces del humano, que sería vida para contenerlos. Fue campamento, cárcel, movimiento, reducto intrincado de fusiles, rabia ardiendo en las manos de aquellos del mercado; poniendo la base de ser selva gestora del caos que la ciudad conservadora no esperaba, por los cambios que se hacían urgencia.

Ni ellos, ni el tirano y sus chupacalzones, ni los ambiciosos de las casas señoriales, sabían aún si el movimiento “Clavo y canela” sería el cambio con claveles, la devolución deseada, o la muerte entre medio de esa diosa pachamama que llamaban selva

lunes, 17 de mayo de 2010

Siembras de estilo







“Ningún reloj dice cuando es tarde

o cuando es temprano”… publicidad

Veía en reitero aquel tapiz rojo, en su dormir. Poblado de abarrotadas hojas entre relojes parados a vagas horas. Todo rojo, siempre rojo.

A ella la visión se le quedaba prendida al despertar, complacida de permanecerse en un bosque incierto, Quizás eran plantas de relojes meciendo la vida sin tiempo, reflejando que nada se marca a reglamento de un tic tac. Y allí las hojas carmesí eran agua de colonia para impulsar el día, encendido en desayuno, pasional en decisiones.

Claro es que lo onírico se esfuma pronto, al salir nomás de su puerta y ver la calle casi vacía (pocos vivían ya en el pueblo) y los árboles con invierno sobrepuesto desnudaban a cualquiera. Ni las hojas de su tapiz sueño servían a las ramas secas y a su cuerpo.

Un chirrido. Alguna bicicleta pensó. Pero al girar la esquina, una marcha de amapolas prendidas en las solapas de los hombres, peces alegres saltarines nadando y jugueteando libres de uno otro, en los bolsos transparentes de las mujeres. Una banda de niños músicos reían, llevando detrás de sus instrumentos mariposas atrevidas, tirando al aire coronas de reyes depuestos. Todos llevaban cintas al viento. También rojas.

Surrealista, se dijo, he entrado en delirio. Sin darse cuenta tomó un extremo de esos lazos y comenzó a recorrer con su tacto lo que veía, es real le informó su mano, aunque se lo negara.

Cuando la caravana llegó a la única plaza, comprendió. El tapiz que soñara tras sus noches repetidas, colgaba de un atril.

Le explicaron que entre todos lo habían ideado; de esa manera luchaban contra la vejez del pueblo, contra la hora de irse, contra el color congelado del frío.

Y ella se descubrió junto a los demás, proponiéndose tamaña labranza; ponían infinitos y sucesiones, con actitud, para que nada sea demasiado tarde o demasiado temprano.


domingo, 9 de mayo de 2010

Tenacidades










La cosa era una sesión continua. Dicen, y le decían, incluso le dirán que la tatarabuela ya lo había heredado, que es un bien prendido a ella a sus sucederes y sucetorios. Cuando lo recibió en sus manos, esa casi niña de trece en este pueblo perdido y acosado igual por los vientos del anestésico consumo; de una músicasinparar sin razón de raíces; ella Micaela, lo había dejado en medio de su bolsa de chala, olvidado de sus ojos.

La vieja Eulalia, su abuela, aún gloriaba con su telar y su arte, gustaba el silencio. Me deja caminar mis armonías de lana, decía. Por eso repetía “si se callase el ruido” ante el tumulto indiferente del antiguo aparatito que consiguiera su nieta para oír bailando, que no era canto de la luna ardiente de su cerro.

Amanda, la madre; como de treinta, trabajaba afuera de sierva todo terreno. Hubiese querido ser ambas; en sus mundos, y no tener que soportar su propio ruido interior acuciándola desde y hasta el cansancio. Tenés que vivir no te dejes robar el tiempo en que florecen los lapachos, le decía su proio deseo. Soñaba volver a sentir con Pedro, eran tan recién criados al conocerse, él le dijo cuando bajas a la fuente de agua con tus cacharros,me vais poniendo siete colores en los ojos y te miro mojarte las manos. Podríamos juntos vivir mojando las manos cada mañana para poner el día en nuestras caras. Con eso la había conquistado, y ella lo amaba a pesar que casi no se veían. Pedro andaba en grupos, haciendo papeles de reclamo, viajando a la capital a redenunciar las invasiones y olvidos recibidos por el pueblo pilagá.

Formosa, es así, olvidada casi, usurpada y explotada por extraños, como la música de Micaela. Al parecer aceptado por poderíos y conveniencias de turno.

Hacía frío esa noche, las tres mujeres se juntaron al plato de sopa y al fuego. Preocupadas por que los hombres no volvían. El amuleto, recordó Eulalia; con espanto la niña y su conciencia gritándole propia memoria escondida, danzaba de pronto como tambor de tribu, como pedido de encuentro raíz; buscando eso que le habían sucedido en manos.

Es importante susurro su abuela, encendió una ramita de romero, hasta que en seriedad no acostumbrada Micaela se arrodilló ante ella con el amuleto. La tres ahora en cuclillas frente a él, contaron sus historias de tribus relegadas, le encomendaron a los hombres, y rozaban sus marcas maduras.

Cuando amanecía de los huecos de esa pieza traspasada en tantas manos ancestrales, parecieron nacerse ojos, que les decían no tengan miedo de mi, entre sus reflejos. Soy parte de ustedes mismas, la fuerza que les doy, nació dentro de sus cuerpos al ser paridas.

Ese instante, ese rito patrimonial de tres partes de la familia, casi de un mismo cuero, hizo que Micaela entendiera sus raíces; no dejará nunca de llevar a su cuello, el amuleto.

En la Capital, Pedro y su grupo, sintieron que los brazos de sus antepasados los estaban conteniendo en la contienda de palabras por defensa de sus tierras y su origen.

Quizás podrían volver y no regresar a ser masacre.


viernes, 30 de abril de 2010

Blanco negro rojo. “




“ la decisión de ser es siempre un riesgo”…

oído en el film “el exilio de Gardel”


Pureza blanca. La de Juan y Delfina, entre el balcón de las flores, entre el mar de las infancias. Ella lo besa, el le regaló una rosa.

Cuántas llaves corren el tiempo de las nubes. Ambos crecen mordidos por realidades manchadas de colores que se fueron a lo oscuro.


Delfina camina la vida pesada de memoria, si la ves no reconocerías aquella luna infante del balcón. Sus andares son felinos, trozos largos de cabello como en guerra, poca ropa. Una mirada que taladra, un miedo que se guarda detrás de toda la provocación de que es capaz.

Adentro. Adentro de su cabeza un martillo de suelas pisando sus sesos y pretéritos; que aúlla ante los ojos de un hombre que no puede encarcelar, juzgarlo para siempre lejos de sus vísceras en la cárcel donde excluyen a los traidores de la entrega, la toma y en violencia.

Juan escribe, casi no recuerda ni el nombre de la niña del mar; pero no deja su verso (sin contárselo) de traslucir el blanco en las manitos de ella y su aliento en la mejilla. Aunque cada poema termine en piedra, en proclama, en la muerte de la ideología cansada de ser la causa de estar sólo entre cementerios fantasmas por la tierra nueva. Juan siempre escribe.


Es de noche, la decisión de volver a sentirse vivos, impulsa a los dos. Fogata abierta, puertas contiguas. No se conocen, únicamente tiran al fuego fotos, grietas, cuerpos tomados, odios, pérdidas, indolencias, dolor.

Se acercan a sus puertas, livianos. Hola soy Delfina cuando sus ojos se encuentran. Hola soy Juan, voy a escribir esto.

Una vez me regalaron una flor blanca con tu nombre. Una vez me dieron un beso con el tuyo.


¿El tiempo, el fuego, existe? Caminaron al mar, allá en los restos del balcónde las flores, pensaronque tal vez eran aquellos y que tal vez laspalabras había que volver a gritarlas conla boca, no solo escribirlas.




foto: fotógrafa canadiense Richére David


lunes, 19 de abril de 2010

La libertad de las pájaras







La jaula; en la agonía de su mano y la tensión de todo su rostro. Una esfinge entre negruras y sin embargo, estallan los colores de sus senos.

Si era una pájara libre, por qué las rejas. Por qué no abrirlas a la noche y seguir el inestable canto de un ave escondida en el misterio de su ombligo.

Se vio a sí misma, rompiendo la mortaja. Era bello el pudor de su pollera al batirse con el viento, aún quedaba la aridez de su cabello.

Buscó las duchas, entre brumas, sintió la libertad del canto-cántaro. Desde lo sísmico de su vientre algo titubeó, le gritó el tiempo la no culpa, el desafuero y una carnecita con futuro.

Escudriñó un rincón con olor a cueva, a mínima protección inventada a madriguera; se tiró al cemento partida por los pujos, las piernas abiertas y la hija naciendo.

Envuelta en la pollera, en rastro de sangre placenta; van sus llantos, el de ella y de su madre. El pasillo, la puerta la huída que sabía perdida. Un traspaso apenas entre hendijas.

Corrió aquella transeúnte sorprendida por el montoncito insólito recibido, con urgido ruego. Váyase, entréguela a Rosa, Libertad 78, Avellaneda. Vuele, dígale que la nombre Alondra.

Era otra pájara nocturna, esa mujer aturdida en la calle, mientras resolvía su vida buscando un suicidio entre basuras; supo que ese sería su más alto vuelo con la vida nueva como carga.

Allá, la madre descubierta, un tiro y su militancia en duelo desde su brazo alzado; cayó con la complacencia en su boca. Muerta. Y con su hija libre camino al amor de Rosa, su abuela y su nido afuera.



foto: "allá la luz" de lisandro

sábado, 10 de abril de 2010

Poder residual









Esa basura despechada. La esquina despojada de aire fresco, doliendo una invasión indiferente de bolsas premeditadamente anónimas, calculadamente devenidas también de mugres de mentes ciudadanas.

El mundo escombra afuera de su casa, pasa sus roñas ya no debajo de la alfombra. Se desentiende; y la esquina, los seres claros, los pobres de mesa, los guerreros de utopías; pasan a ser la alfombra de los cubículos privados no privados de caudales.

La sombra suntuosa del country no le alcanza a Rubén Rastreri, para sentirse protegido. Contrariamente don Nicolás y doña María abuelos de los cincuenta, eran felices a la sombra de su paraíso en la vereda del barrio humilde “La colonia” de Quilmes; no los calaba el miedo ni el olor de la basura porque la usaban para turba, alimento de animales y reciclaje.

Otros medios entonces, sanitud de pensamiento, acompasado con la mano tendida entre vecinos y el sudor de un trabajo continuo por módica paga.

Otros medios, hoy, mediáticos, consumisados, mercantilistas, exclusivos y televisados. Basura. Para matar las esquinas donde la gente se reunía conviniendo charlas poli sanguíneas sobre música, deporte, ideas en política, oportunidades, solidaridades, proyectos compartidos y sus amores.

Las oportunidades siglo XXI, son para oportunistas, la fama no es puro cuento, porque lo trasmisible es ley barata, es ley y basura, es ley y dictamina. Entrona o desentrona acorde a su ley de mercado. Si fama logra, logra poder.

Rubén Rastreri opina, entretiene con fastuosidad fatua, con burladores y burlados con baratijas, mientras ejerce dictadura ante sus propios vasallos a cambio de ingreso seguro y abultado. Se entroniza y por los misterios develados a quién quiera ver, de lo global globalizado como mafia que embarra hasta las esquinas; por sus intereses de lobistas, por políticos que corren y corrían carreras tras su silla por ir a Sevilla, los que gritaban a “boquita” con la foto de Evita siendo en conveniencia empresarios de la mentira, o los que de piojos se diplomaron en divos de TV; eso sí, de sólido crecimiento de sus cajas.

Por estos fenómenos, el misterio sabido de causas por unos pocos, pocos oídos por el resto que se convierte en su público incondicional (tanto le carencia aún al pueblo educación y ejercicio del libre pensamiento, como a otros bajar del pedestal de la riqueza individual y vana), lo siguen, le responden, le creen y lo hacen il capo capitalista y un pobre sufrido habitante del barrio cerrado custodiado escondido, por que lo obliga inseguridad “la basura” humana.( santas palabras de excusativa).

Rubén Rastreri, dice era humilde, dice de madre y padre drama, dice de sus hijos y parejas todo permitido; pero miente, miente al que fue, al que parió su madre. Factura y condiciona a ese otro él.

Ese día de entrevista periodista en su “hogar”, colgada de lo que más vende y apoya al mensaje de cierta prensa. (Todo en la misma bolsa de residuos.). Sucedió que en medio de su arenga de sabedor de máximas “sanmartinianas”, de logia pertenecida en soberbia de puntero y no de aquél héroe; un corte en las centrales exclusivas del barrio privado, provocó las sombras absolutas, otra clase de miedo individualista; su vida, sólo su vida era valiosa junto a sus poderes y súbditos necesarios. Pero que allí no estaban, la noches era igual que en cualquier esquina alejada. El fuego despedía un olor profundo a basura de acciones podridas.

Rubén Rastreri agotaba sus fortalezas, aullaba, temblaba como cualquier inocente sorprendido y burlado con cámaras en su programa.; gemía a la par del periodista que lo visitaba para divulgar la “fuerza de sus sentencias”. Ambos de improviso se sentían desamparados acosados por el fuego como familiares manoseados en situaciones de duelo e impunidad y atormentados por las cámaras en cualquier esquina.

Fue un grupo de moradores de una villa de emergencia cercana y bomberos voluntarios (trabajadores humildes con sueldos magros, que dedicaban sus esfuerzos de solidaridad al Cuerpo de bomberos del pueblito a pocas cuadras, dónde estaba la esquina con la basura despechada que iniciara este relato) .Pueblo venido a menos, desde el cierre de la única fábrica cercana de herramientas manuales de huerta que por apretadas vedadas a los quinteros para vender sus tierras a precios basuras, con el fin de lotear a precio dólar y atrincherar un country ,la quiebra fabril fue lógica y lúcida.

Ellos, fueron los que los salvaron de ser cenizas; y se negaron rotundamente a ser televisados cuando sacaban a los exquisitos moradores del bunker de alta custodia; totalmente negros, tiznados eran pura basura llorisqueando, entre ellos el periodista y Rubén Rastreri.



foto: "Weir" de Jane Carr-2006

domingo, 4 de abril de 2010

Romper-rearmar









Saltaban las ovejas. Una, dos, tres no paraban de pasar. No, no pasaban; salían. Y no eran ovejas, eran personas.

Personas que salían del espejo. Como Alicias en el país de las maravillas, se enfrentaban con un hueco, un sol, los naipes derruídos, las armas de las cruces, los vientos de la reina y la risa del conejo.

Quizás todos eran hombres conejos y mujeres alicias, contando el barro en que los siglos los habían desquiciado en el espejo.

No paraban de hablar de sus memorias, de cuando vivían de este mismo lado.

Una escasa brisa y un escándalo de ruido. Silencio y certeza. No habría reverso. El espejo yacía en minúsculos brillosos sobre el suelo.

Aún mi ser, junto a otros de este sitio, los miraba; temblábamos desde ambos grupos.

Y comprendimos.

Todos.

Al fin nos habíamos juntado para rearmar del barro la historia completa, y tal vez lograr aquella risa del conejo y maravillarse todavía como Alicia saliendo en travesía contra los pantanos y las órdenes.



imagen: "el hilo de la neurona" mabel casas

lunes, 1 de febrero de 2010

Ignorias







No sé.

Cuánto no prometían esas dos palabras. No sé. María se lo repetía a sí misma y un borde de frontera se le presentaba en la conciencia. Habían hecho las cosas bien, decía su hermano, en qué momento se torcieron. Ése, era la vida por respuesta.

Y otra vez el No sé. Cómo dejar de lado la incerteza y de golpe mirar que los planetas siguen girando y los brotes estaban de nuevo ahí. Saber que en la margarita rosada del patio sus viejos no se habían ido del todo y que allí tenía su lugar de ciclo. Y el amor. No sé. Para Juan

Tampoco.

Se había deslizado en el callejón de los susurros, de suspiros y llantos, de las carreras por poner una tarjeta en el reloj y de la puta causalidad que el zanjón del miedo estaba en ella. No sé. Y el agua tendría que descifrarlo. Sabía que una ducha no es recetario, pero limpia y aleja de los rieles y poltronas. Quizás el No, sé cobraba tirón de arranque.



domingo, 24 de enero de 2010

Infiernos y mansedumbres










Sacude la modorra perdida del reino.”Ese día no vuelve”, tampoco volverá Pavese. El libro quedó revuelto entre las sábanas y la siesta apretando vapor barroco excedido de calor.

Así es el pueblo tras los postigos, afuera algún perro tose polvadera, nadie más. Nadie más en su vida tampoco.

De golpe cree haber dormido los cuatro solsticios, un fantasma de noches se coló en su cuarto. San Luis completo entra en cataclismo, retumba tiembla, llueve por truenos que los rayos desangran. Marieta Raíces corre abre las puertas medio sin ropas es un coro de gritos la tierra, socava penumbra entre cuerpos.

No sabe cuántos cayeron ni cuántos han huído. Murmuran murmullos, quejas de espanto un resto de pueblo.

Es como si una garganta oculta no se atreviese a pronunciar terremoto.

Ella ha dejado de correr, casi hasta de vivir, No vuelve la siesta, ni el día, ni siquiera el verano. Sólo pilas de muertes. Ni el perro, ni los postigos.

¿Respira? Expira y aspira. No sabe de miedo, no sabe más que aquel nombre que le resuena su sien: Martino Paredes, martirio se dice, martilla aquel hombre por dentro. Marieta se nombra y se machaca: no vuelve.

Las grietas son cornisas, la noche infinita, transcurre, amanece.

La mujer del alba. Ella. Y su casi sin ropas parece entregada.

Llegan los primeros a socorro, es poca la gente que encuentran, la tierra casi ni tiembla. Está viva, alguien grita. Alguien la toca. Entre sus imágenes de una siesta lejana, intentan sus ojos abrirse, sólo siente un cuerpo a cuerpo, brazos de hombre que la levantan.

No mueras, escucha…es voz de Martino, es eternidad de amores. Es la tenue precariedad de la tierra o el cielo.



28-12-09 ( a veces siento que el eje del mundo avisa lo que se prepara, aún desde el trance literario)

domingo, 17 de enero de 2010

y por si más…












Tiritaba rabia. Emperraba bronca. Se puso sus mejores ropas y salió del pueblo.

Ese no vuelve, le dijo el insulso García, el panadero. Por qué no se miraba él, que la vida se le había metido en cada pan. Y hasta de amargo la factura le salía ácida que ni acompañaba gusto a su pobre mate solo en la cuadra.

Ella claro que lo sabía, claro que odiaba a Luis por haberse ido dejándola con el crío. Pero bien estaba su conciente, cuando primero se odiaba a ella por haberle creído como una ingenua muchacha del siglo pasado. Lo cual decía de sus propias falencias de olfato, dejándose ser un complemento acuciado del otro, carne para chusma del vecindario.

Hacía cinco años, los del hijo, que García la perseguía con suciedades de oferta, total mujer sola sin marido no tiene de qué cuidarse, le decía.

Mandó al chiquero lo que no le servía, y a García. Tomó el tren con Nico, su niño. Llevada por los rieles en tropel de correntada. Le ardía aún la frustración de tantos carruseles perdidos, de años enlazada por la misma soledad. En la primera estación, ofrecían agua fresca por nada, le pareció un gesto nuevo. Ambos tomaron. Cuando el andén quedó sin ruidos, ella allá en el tren empezó de nuevo la vida. Nico se le dormía en sus brazos y de su boca salió una nana vieja, quizás su madre, quizás la abuela española recargaban cuerpo. Un olor de hinojo se hundió ventanilla adentro junto a semillas livianas de yuyos silvestres. Se dejó dormir Celeste Cuevas en ese rincón de purezas.

Cuando llegara a la Terminal, sería una mujer sola con la sabia premisa de que la vida se busca y se pelea desde adentro, aún con un crío. Bajó. Se dijo, y por si más, se me respeta


lunes, 4 de enero de 2010

La mala opción







Esa mala hora de venirse. Corriendo el último tren a los suburbios. El trabajo, el frío, el desabrigo; el deseo de mirarla otra vez.

Desteñida, fugaz; la vio subir al primer vagón.

Creyó llegar, buscarla; y al arranque del tren, en el andén, la divisó abrazarse amante con otra mujer.

Esa mala hora de venirse.

Quizás debió quedarse, dormir con Juan y consentirlo.




( mis respetos al libro de García Márquez “La mala hora”)

lunes, 14 de diciembre de 2009

Vanguardia al Sur









El agua le llegaba al cuello, literalmente cierto. Encajada en ella; Nicolasa Juárez Aguada no sentía nada. De pronto en la casona desvencijada de las tierras extensas del Neuquén, una invasión de aves, mariposas, flores arrasadas por el torrente del río Agrio la había penetrado. Fría, temerosamente quieta ahora aprisionando. La tocaba hasta el borde de su boca y titilaba reflejo; la rodeaban objetos de la casa, flotando con centenares de plumas verdes y margaritas amarillas. Trató de recordarlas palabras de calma, en que su abuela mapuche convocaba al pensamiento, para huir del miedo, para encontrar salida.

De la vivienda salían gestos y crujidos. Cuatro ases de barajas se acercaron a sus labios como incitándola al azar, al todo o nada. Al minuto en que cayeran los cuadros de aquella familia española que ofuscadamente abandonara todo porque su padre amaba y vivía con una originaria de la tierra.


En el bosque de pehuenes, Pedro, al pié de la cordillera del viento; tenía al fin un día dedicado a su interminable pasión de visionar. Llevaba bajo el brazo unas cuántas hojas, un lápiz en el bolsillo y un libro de García Lorca. El loco poeta quizás era, no el loco hachero como le decían. De ascendencia incierta, no hablaba con casi nadie desde que medio niño aún, bajara de un barco en soledad. Sobrevivía de sus brazos y hacha vendiendo leña, resurgía de sus manos y tinta en noches cansadas; amando la gigante floresta, corajeando en poesía, conociendo comunidades nativas que lo asombraban en su comunicación con la naturaleza.

Algo aprendió de ellas. Por eso percibió el miedo de los árboles. Se iban avisando unos a otros, el agua del río barrió sus raíces en segundos, apiñados, fue batalla sostenerse. También Pedro. Logró a tiempo subirse en lo alto de un pehuén, desde allí asiendo sus cosas, no supo cómo se encontró escribiendo en equilibrio. Desaforado, trasladado al trance del entorno, vio y escribió excesos de ese todopoderoso espectáculo gris, ahora callado.

Aquella casa se derrumba, emergiendo se están yendo sus paredes; escribía, es como si las maderas se estiraran no queriendo desertar del maridaje, esa casa se amaba entre sus cimientos. Se fue. Queda solo algo boyando en medio de lo que fuera hogar y fuego.

Pasó la noche aterido, parco sol amanece y el agua apenas ha bajado. Algo caliente se debe, aprieta sus papeles, se desliza, empapado hasta las rodillas observa la boya de la casa, sigue ahí. Dónde se fue la casa. Sólo un hueco nada, la denuncia inundado. Se acercó. Impresionante cara la de Nicolasa adolescente, rodeada de plumas y flores, una mariposa viva en sus pelos mojados ¿y ella?

Corrió como pudo, le gritó, la movió; la sacó la posó en un claro de piedras. La mariposa sobre ella, los poemas debajo de su brazo.


Diez años después, una escuela de la población mapuche, homenajeaba doblemente a Pedro por ser hachero preservador del bosque, talaba lo que desgastaba el viento y ayudaba a continuar creciendo sano. Aún no bajaba sus brazos y regalaba leña para el calor de los niños. A la par presentaba su primer libro de poemas “Chapa y pintura (formas de renacer)”.

La directora de la casa escolar, justificadamente conmovida; con dificultad para mover su brazo izquierdo (producto de un congelamiento de tiempo en un desborde abusivo de las frías aguas del río) comenzó su aplauso y tanto fue acompañado, que desde las aguas del Agrio y las copas de los pehuenes; el sonido fue tambor mensaje de que aún con el agua merodeando el cuello y la soledad de un pájaro allá en la cresta verde, con su fuego de leña y letra: la vida puede agrandarse y ser escuela, yunta y cría. Como Pedro y ella juntos, lo habían logrado con sus hijos y sus libros.