mabel casas
lunes, 26 de marzo de 2018
Fue aquí...
mabel casas
lunes, 7 de noviembre de 2016
Amor de generaciones
Selva
y madreselvas las tres, un hilo de agua y un hilo las tres; tierra morena y
morenas las tres.
Cuánto
para pensar Raquela en su silla, se ve prendada desde el suelo y sus mínimos 14
años, miraba la danza entre golpes de caña gruesa, el viento era sano y la
tribu dueña de sus alientos de raza. Poco después vivía con un amor hombre, tuvo
hijos la vida cambió. Gente de afuera los
desconocía, les impedían hablar su lengua usar su predios largos. En eso
pensaba mientras trenzaba a su nieta mayor, siempre con su familia estuvo a
pesar de escapadas a tiros buscando un lugar chiquito donde hacer querencia y
subsistir de sus hierbas curativas, animales flacos y algo verde que podían
plantar.
En esas escaramuzas de cuando era pequeña
pensaba Mariela, mientras sentía la ternura de su abuela entre sus cabellos, la
amaba desde cuando mataron a sus padres en la marcha de protesta en el pueblo,
les habían bloqueado el arroyito del cual se valían para toda la vida
necesaria. Ahora que ya tengo pareja pensó, haremos la casa más grande y haré
que la abuela trabaje menos, esperaremos por los hijos hasta que logremos con
los cumpas la seguridad de una vida mejor sin apretarnos entre nosotros cada
vez que viene un mayoral a presionarnos para corrernos un poco más.
La inocencia aún estaba con Abela, aunque ya
trabajaba lavando granos para la comida, era tan lindo sentir que la peinaban, tan
lindo como haber tenido mamá casi desde que nació, por ella y su padre
volvieron a tener agüita; esas piedritas que trae el agua me van a servir para mis
collares, ese brotecito en la otra orilla parece el yuyito para curar empachos,
la mariposa no vino hoy a saludarme, estará asustada por algo; amo a mi abuela
que me hace tan rica la tortilla cuando hay papas.
Todo era silencio, pero el agua siempre murmura,
mientras el viento habla con las hojas y los granos saltan como el sonar de las
cañas en sus fiestas; pero las tres mujeres tenían una seriedad apretada en el
momento en que ancestros las tocaron en mirada. Algo pasa, algo pasó, no quiero
que pase nada. Pensamientos.
Llegaron algunos parientes corridos por
extraños, gritos, balas, un cuerpo cae, otra vez el miedo, otra vez pachamama
se retuerce. El novio muerto, y muertas las esperanzas de las tres, sólo les
queda el amor, las trenzas y la raza que no tiene que partirse.
miércoles, 4 de febrero de 2015
Primos
Un día un trébol. Andén de cuatro hojas.
Mentira de mitos y estación.
De chicos, casi era su casa en el verano. Y de ella, allí su primer miedo después.
El la sorprendió ante nadie con una seña obscena, con su miembro en mano.
Ella no entendió el trastoque de aventuras e infancia, de lazos y blancuras.
El tren se la llevó de esas vacaciones, cargando también esa puta forma de crecer sin trébol.
domingo, 28 de septiembre de 2014
Cristales
La historia de las artesanas
de la vida. Pasa cíclica. Pasa sometimiento violencia y alguna vez habría sido
matriarcado.
Ellas son la tierra, el aire,
el reino de la hembra madre, pubis y alimento. Ellas trabajan, producen, escapan,
ríen y lloran entre la lucha ancestral de no morir en la hoguera, de libertad
de género, de no ser uso, muñeca muda, venta o cuerpo en femicidio.
María no puede más con sus
pies, amamanta su beba, lavandera y limpieza para afuera y para adentro Tiene
miedo, tiene golpes amoratados en el cuerpo, tiene coraje de hoy de enfrentarse
con la denuncia y con las tantas indiferencias que se encontró a voz alzada en
la oficina policial. Algo logró, se venció a la mujer aterrorizada, se rebeló.
La silla de su casa la recibe desplomada de cansancio y de adrenalina, no fue
fácil. Su niña llora, deja su bolso, prepara su pecho y la alza, Momento
sublime de comunión, ambas. Un golpe en la puerta, brusco, saltan las llaves,
rompen los vidrios, asoma la mano del terror la ira. María ahoga en el instante
mientras escucha que alguien se interpone. Sigue la artesana apretando su niña
suavemente, canta una nana, ella ya hizo lo que debía hacer. Brota la leche
mansa y espera…
Esta casi niña, es Jiang,
apenas hacía ikebanas, apenas comenzaba estudios profundos, apenas juntaba
arroz, apenas despertaba con su honorable familia a la adolescencia. Pequeño
pueblo, nada fuera de un trato colectivo de cariño de sus gentes. De noche,
una, se produjo la invasión del lejano consumo perverso. Varias y Jiang fueron
atrapadas, despojadas del pueblo. Mafia de trata, otros países, golpes,
amenazadas, encierro, ropas mundanas pocas, prostitución. Tiene un dolor de
injusticia y letargo. Tiene una revolución muda de escape en su interior. Tiene
miedo de muerte, Tiene asco. Pasa las noches haciendo correr agua por su
cuerpo, siempre se pensó río, luego se sienta en la única silla y no puede
encontrar el plan. Pero hoy le creció la rabia, rompió vidrios del sexto piso
donde la guardan y venden por hora, se arrojó. El viaje fue tan largo, tan
corto, no sabe si aún vive o está volando al encuentro de sus antepasados.
Entre el gentío amontonado, alguien dice o esperanza: respira…
Eleonora, hizo un master de
informática, la gran ciudad tiene muchas oportunidades, que suerte haber nacido
aquí, se dijo siempre. Completó cientos de formularios de ingreso, presentó sus
títulos, al fin lo logró. En el cubículo de una inmensa jungla de ellos y
computadoras, es un número, una marioneta corriendo la web, los pasillos, el
café barato. Emprendió el afán y se dio cuenta de la escalera trepadora, de las
sierras, de la avidez, de la competencia entre mujeres y hombres. Sus ingresos
y posibilidades de ascenso, supeditados a la primacía de lo masculino. Sus
jefes en abusos y acosos, total sobraban postulantes para su puesto. Hoy
llueve, el viento le grita a su pelo, empapada llega tarde, todo inundado, los
micros no paraban recurrió al subterráneo que apila laboriosos apurados, Podés
ir a tu casa, ya te descontamos el día. Se sentó mojando su silla, se paró en
resorte, gritó todas sus mierdas recogidas en esa oficina, asombró a compañeros
y superiores, nadie osó refutar. Se fue y antes de llegar a la salida, oyó un
aplauso cerrado de sus compañeras. Muchas quedan pensando en el tajo artesano
abierto…
Sus antepasados, habían sido
esclavos, afroamericanos, robados de su tierra. Shaira siempre desafiante, en
pié, con el orgullo de la raza y la dignidad de mirar de frente en igualdad. No
pensaban lo mismo, a pesar de los discursos sus compatriotas blancos.
Discriminación con máscara, igual discrimina. Estudió diseño de indumentaria,
difícil para abrirse camino con su color; pero la hipocresía hizo que estuviera
de moda lo exótico. Sus logros, verdaderas artesanías, pura poesía con el color
y el sabor de la naturaleza africana comenzaron a ser buscados. Hoy encontró al
llegar su local destrozado con escritos chorreando tinta y racismo, ofendiendo
su raza, instando a que desista de ser exitosa, ya que los negros no merecen ni
pueden estar en paridad de clase. Levanta una silla, no se sienta, en paridad
de tribu junto sus amigos y vecinos de diversos colores y procedencias, todo lo
reparan. Las cámaras de su local marcan los responsables, sus abogados se
ocuparán del juicio y los diarios hablarán de ella, sabe que no la vencerán sus
genes apuntalan…
A Evelyn los días le sonreían,
bella, rubia, buena dote, hasta que conoció a John. En principio un noviazgo de
Disney. Después una relación de “Atracción fatal”. Él empezó con los celos, con
las adicciones, con obligarla a seguirlo, con robarle el dinero, con
machucarla, despreciarla someterla. Le pudrió la autoestima, la lanzó a la
calle a servir a la noche y a los hombres. Hoy John compró un arma, la nota
desahuciada, rebelde hasta los bordes de los abismos, ya no le sirve, pero
tampoco le servirá a nadie más, es suya. Ella regresó tambaleante, demasiadas
copas, demasiados caminos aplastados atrás; abre la puerta encuentra su mejor
trabajo artesano en arcilla destrozado y un casco de bala entreverado. El
instinto, él no quiero más, la rabia, el dolor, su cuerpo malgastado debajo del
glamour de sus ropas lo enfrentan, el apunta, ella se le abalanza suena un
disparo. Ella lúcida, altiva sale al aire libre sin llevarse nada, sólo la
silla que era de su abuela cómo buscando vientre donde parirse de nuevo…
Las mujeres se parecen en algo
a las sillas, contienen, resisten, se reciclan. Provienen de manos artesanas y
lo siguen siendo. Entre lo descascarado del mundo, un anticuario las cuida como
tesoros relucientes y activos. Ellas continúan luchando por cuidarse, perdurar
empuje y gritar que no se venden, a diferencia de las sillas.
imagen: 2 Mar Jacobs by Annie Leibovits for Vogue, enero 2012
jueves, 31 de julio de 2014
Albedrío
Soñaba y despertaba.
Inquieta en la cama austera, fría y sudorosa a la vez. No podía, al llegar a la
vieja palangana donde las aguas de lluvia
lavaban su cara; recordar la ventura o la tragedia que la noche le
revolvía el dormir apurado. Sabía que eran sueños, pero no podía traerlos a la
conciencia.
Apurada, si, ya lo estaba
otra vez, don Braulio al grito como siempre, le cargaría trabajo doble por la
tardanza. Había que recolectar flores, hacer los atados,refrescarlos, cargar los
canastos, arrastrarlos hasta el transporte para llegar al mercado de madrugada.
Luego seguir hasta la huída del sol en el mantenimiento de la inmensa
naturaleza- fábrica, indiscriminada; de floricultura techada.
Recolectar era lo mejor
del día, las flores era lo único que ponían colores en su vida y esos sueños
mezcla de placer, voracidad y misterio, que de algún modo la incitaban a
descubrirse por dentro.
Palmira ya no era niña,
pero en esos parajes no había nada que la conmoviera, siendo aún joven.
¡Bruta!. Era el grito de Braulio, no sabés
leer, esas son lobelias van en el canasto que tiene su nombre.
Fue como un trance, de
golpe desaparecieron los viveros, el riego, el dolor de cintura por las horas
doblada sobre la tierra, abriendo surco, sacando hierba mala, manteniendo
vida sana a sus alimentos de arco
iris.
Estaba despierta, no oyó
la camioneta que se fue a entregar los aromas de esa mañana, ni sus compañeras
que iban a otra parcela a seguir el trabajo. Se quedó con un ramo de lobelias
en las manos, caminaba sin meta, encontró el asfalto; pero sus pies no lo
notaron. Se paró en seco frente a un mástil con risas de niños.
Se le despertó su sueño
reiterado, o él la despertó, alzó los ojos y se vió entre un campo de lobelias
ardientes en su floración. En desafío su gesto serio. Vestida como una soberana
de albedrío desconocido en violeta, de
su cabeza llovían libros, hojas escritas. Caían sobre ella llegando al suelo en
juego de entrega. Reían como niños.
Palmira entendió, tenía
razón la abuela, soñar siempre es decirnos algo.
Era corta de palabra, se
animó, entró en la escuela ante la cual estaba. Desesperadamente gritó a la
primera persona que salió a su encuentro: ¿Aquí enseñan a leer y escribir a las
grandes necesitadas como yo?
Delante de la escuela,
muchos años después, doña Palmira florecía cada mañana mientras abría su puesto
de flores y ponía precios, carteles con
nombres de las especies en cada vasija. Nunca le faltaban lobelias y un libro
para engolosinarse leyendo, cuando escaseaba la clientela. Siempre vestía de
violeta aún hoy cuando es abuela y vende, lee, se sustenta. A veces, muchas
veces, ayuda a los nietos con sus tareas
y las señales de sus sueños.
imagen: kirsteb mitchell
martes, 10 de junio de 2014
La justicia de las mulas
Entraban a ese galpón mugroso de madrugada.
Ahora ya es de noche, el hombre apagó las
velas, todas se sobresaltaron. Deberían estar acostumbradas; pero el miedo no
cedía. Con voz de mando les dijo terminó el trabajo, sin luz no veo donde puse
la paga, mañana veré. Asegurándose cada día que al otro vendrían y que en
sombras no se llevarían las valiosas piedras sobre las que torturaba con sus
gritos por pulir, engarzar, enhebrar, contaminarse.
Salen a tientas, a estampida, a buscar sus
casas lúgubres pero con familia, algo caliente y unas lumbres de leña. Eran
niñas, todas.
Indira y Aisha, son hermanas, de la mano
con sus 7 y 6 años; van pensando en madre, que espera las monedas acuciada por
el fin de los alimentos que intentaba estirar. Padre gana en mínimo, trabaja en
máximo.
Comen todos caldo de raíces y algo de
leche, gracias a la cabra.
Rutina del día siguiente, ensoñadas, con
frío. Visten mezclado, abrigos dádivas occidentales, con algunas polleras
étnicas que cose la madre, de una gastada suya hace pequeñas. La tradición y la
identidad, es necesidad espiritual, un contenerse en el vestir y mantener
pertenencia a la historia ancestral colectiva.
Llegaron. A puerta clausurada, el hombre las
esperaba afuera. Hoy no se trabaja, mi mujer está a punto de parir, les tiró
unas monedas y las corrió desesperado por irse. Mentira. Un ejemplar
clandestino como ese, no deja de producir y ganar, por sentimientos y menos por
su mujer. Para él, conservador de superioridad de género y de creencias
antepasadas, las mujeres seguían siendo invalidadas como humanas, eran desde el
nacimiento consideradas como entes de oscuridad e infelicidad, sólo la
obligación de servirles sin voz propia.
La causa entonces. Le
avisaron que vendría una inspección por el trabajo de menores. Se repite en el
mundo la coima y el aviso de algunos funcionarios.
Por eso a los varones
infantes que empleaba, los apuraba a látigo, para que cargaran las mulas y
sacar todo indicio de lo que allí se hacía, nunca hubo controles por aquí, algo
esta cambiando y no me gusta, pensó. Y siguió a fusta endurecida con los
animales.
Tan mansas las mulas, tan
animales de carga, tan empacadas a veces, tan justicia, Se desbandaron, le
pasaron por encima, huyeron y los niños también. Hay coces mortales. “No hay
patada peor que la de mula mansa”
Qué fiesta, las dos caminan
sin apuro, sin espanto, sin saber lo ocurrido cuando se fueron; llevan las
monedas a su madre. De lejos vieron despedirse en abrazo cálido al padre que
regresa a su fajina. Eran felices a su manera, se respetaban, se ayudaban. Él
algo sabía de letras y de historia, por eso nombró a su primer hija Indira,
primer ministra mujer y defensora de la independencia de este, su país. Soñaba
con el mundo igualado, que acercó al pueblo aquel luchador que le contara su
abuelo: Mahatma Gandhi.
Las chicas, cuentan lo
sucedido a madre y salen a jugar, por fin el sol es para ellas. Juntan
semillas, piedrecitas arcillosas y se hacen pulseras y collares, Enhebraban
colores libres lejos del tugurioso patrón. Lucen bellas en su propio tiempo, el
que les pertenece: al fin infancia. Recogen flores y pastos que parecen
mariposas, aunque el paisaje es árido, hoy tiene el aura del descubrimiento.
Cómo será la India, pregunta la más
pequeña, la otra le respondió: Ésto es India. Este lugar también, gritó Aisha
asombrada.
A la mañana siguiente,
supieron los sucesos en el galón mugroso. A los pocos días se acercaron
errantes, las mulas con sus cargas, a las mínimas casas alejadas; donde vivían
los niños. Buscaban voces, calor alimentos y una natural vida animal.
Nunca les sobra el dinero;
pero van aprendiendo a trabajar en comunidad con el regalo de las mulas. Los
hombres con sus hijos van en principio a vender collares y brazaletes. Las
mujeres reciben de sus hijas el arte de jugar, jugar ahora sí, enhebrando,
engarzando creando arcoiris de pedrería. Devuelven las gemas preciosas que
pertenecían a la tierra, y usan solo las humildes luces que se encuentran
diariamente en los caminos alejados. Con las ganancias comprarían telas,
venderían polleras con vida e historia, en Nueva Delhi. Así revelan cómo viajar
a la ciudad, y el puedo de la firmeza propia.
Planean conocer letras libros números y
avanzar. La pobreza por ahora no cambia demasiado, pero están revividos en
ellos, no pasan hambre. Y aunque no sea para siempre, hoy y mañana será la
meta, cada día.
Alguna semilla brotará en
esa tierra yerma.
imagen: Ahmad Masood-reuters-nueva delhi
jueves, 22 de mayo de 2014
aleggro
… la ovaria se masturbaba en la quietud de la noche solo la incitaba su placer llevado en rápido en ligero por el piano de martha argerich la ponía cuando el instinto le pedía el viaje con la música de Scarlatti y su sonata en re menor esas partes de puro cruce de manos in crescendo la sumían en el comienzo de su propio sexo y en la ansiedad de su respiración corría corría la música salía fuera del cuarto salía afuera de ella desde su orgasmo giraba en marfil blanco en sostenidos y bemoles negros sin buscarlo atacaba la erótica del espermatozoide que en otro cuarto en otra morada desesperaba con la música que llegaba tensionaba erguía eyaculaba en ambos casos las manos ovaria y espermatozoide sentían la sonata en ellas no no era la soledad eran las notas eran sus carnes al viento liberando seducciones en sus cuerpos agradecidos poco pasó hasta que un día real ovaria y espermatozoide se encontraran sentados en un concierto uno al lado del otro sin conocerse no les gustó lo que oían se levantaron y se fueron chocaron en la puerta de salida sorprendidos de haber tenido la misma reacción te vas pregunto él y ella respondió si tan desagradable que ahora me nacieron unas ganas enormes de escuchar a Scarlatti entonces el ofreció tengo la sonata en re menor querés oírla en casa ovaria aceptó descubriendo al llegar que solo vivían con un piso de diferencia así que siguieron escuchando juntos la sonata de scarlatti ya las manos sólo para las caricias viceversa ya viajando con las teclas de argerich …
domingo, 30 de marzo de 2014
En coraje, en beso
No subas.
Estás loco, arriesgo vida para
seguirte.
Si subís nos matan
Sofía tiró el escaso equipaje, lo
tomó de los brazos; Simón no tuvo reacción, lo inclinó hacia ella. Se apretó a
su boca. Estrategia.
De lejos se olía pasión, desgarro,
desesperación, “danger” decía el cartel luminoso, arrancaba el tren. Se
arrancaron del abrazo.
Ella y su disfraz, modelo de alta
costura, quedó mustia, desconcertada. Intolerante por dentro, a qué se enfrentaba
ahora, se preguntó en un andén vacío, gris anochecido.
El hombre que la vigilaba sombra,
sonrió; era malo el dato que me vendieron, sólo son dos comunes cobardes de
amor o quizás el vendido soy yo.
A Simón también lo controlaban aunque
vestido tan exquisito hacia dudar que fuera él. No le fue difícil, sabía quién
miraba, se escabulló en la primera estación de un pueblo habitado en su mayoría
por gente de su raza negra.
Los dos eran militantes de un país medio
isla del caribe, llegaron con la misión de presentarse como eruditos de la moda
en un canal líder de este país, que ejercía su poder sobre ellos. Denunciarían,
reclamarían e informarían que su pueblo no quería ser adjunto, aún cuando a los
ojos del mundo eran beneficiados desconociendo bloqueos, imposiciones de
comercio y bases navales contaminantes por sus secretas actividades.
Toda tierra anexada, como la suya en
esas condiciones, los imponía ciudadanos de segunda ante quién excusaba
patrocinarlos para darles más oportunidades. Mano de obra barata eran, puertos
y hombres tomados eran. Punto estratégico eran.
Sofía tomó otro tren en dirección
contraria antes que su guardián viera la jugada. Si los habían descubierto,
alguien los había vendido. Había que deshacer el plan. El problema: cómo salir de allí o enredarse a todo sin
simulacros. La traición allí se paga con una bala, lo sabían ambos; pero lo que
les martillaba era ese beso en el andén superando la maniobra. Nunca se habían
visto, la operación lo requería.
A días, salieron con sus ropas
rutinarias de siempre; pero no al lugar de siempre, dónde reciclaban planes con
otros. Hicieron lo contrario, sin ponerse de acuerdo se metieron en el centro
de la boca del chacal. Lo sabían. Cada uno hizo llamados a la prensa extranjera,
citándola frente al máximo organismo oficial que los subordinaba.
Se sorprendieron al verse, se
entendieron en las pupilas, Dijeron a corresponsales del mundo todo lo que
querían decir. Aún después de las dos balas certeras, lo sabían, se
arrastraron, se besaron.
Luego las fotos y los titulares. Los
diarios oficialistas anunciaron: Fracasó atentado de dos terroristas armados,
fueron arrasados antes de que dispararan contra la prensa extranjera.
Los diarios extranjeros informaron:
Frente a nosotros fue ultimada una pareja de militantes por la independencia de
su país. Unidos, denunciaron su lucha y
su intenso amor, así murieron: en coraje, en beso.
fotografia de annie leibovitz
sábado, 8 de marzo de 2014
viernes, 28 de febrero de 2014
Era libre, antes, ahora más
Siempre
desafiante, aún cuando lo espera enojada.
Por que llegás siempre tarde Juan, me ponés
los puntos, me perseguís en lo que hago, nada tiene que estar fuera de tu
conocimiento; no me explicó yo misma porque sigo atada a tu obsesión.
Porque me adorás
guacha, sin mi no sos nada. Pedazo de carne diosa, susurraba y luego reía
compulsivo agregando; pedazo de carne idiota. Quién te va a mimar en la cama y
marcar la cara como yo. Si te perdono
todo mi amor. Sabés por qué, porque sos mía.
Carla, toda ella
atributo, era libre, antes, ahora más. Su único error ese hombre, su desdén, su
rabia, su verdugo.
Juan la sueña,
la cela enfurecido, la ve desnuda en la cama, quisiera decirle perversidades y
ternuras. Ella quiere un hijo, la odió por eso, por querer compartirlo, a quién
le interesa un pibe. Solos, margarita mía. Solos, le decía usurpada por los
pelos. Solos. Sos una cualquiera, te banco de lástima de asco de loco por vos nomás;
no debería si tengo a la Elvira
loca por mi, santa mina. Pero a vos, yo, a vos, no te dejo ni un segundo; viví
para mí.
Carla preparó
algo en un bolso, decidida, había resuelto sacarse la esclava del cuerpo, sacó
un pasaje, se sentó a tomar café en la terminal de micros. Algo le temblaban
las piernas, arrugaba miedo su cabello; pero no volvería atrás.
Juan le muestra
una foto a su compañero (no era la mujer que le conocían), no es una brutal
mujer pregunta; le dije…le dije…viví para mí, pero ese día fue: morí para mí (no
era la causa que contó). Y ahora me tengo que bancar un hijo mío que tuvo la Elvira, la muy yegua, no
preguntó, no consultó; en cuanto venga los boleteo a los dos (no era un arma
lógica, pero artera, la faca que le mostró). Yo siempre la sueño a Carla, la
tengo conmigo acá y golpeaba su aplastado colchón de cárcel.
Cuando Elvira
vino el día de visita, Pedro el compañero de celda se adelantó y le dio un
papel arrugadito a escondidas, ella sorprendida mientras aguardaba lo leyó de
un saque: “te va a matar a vos y a tu hijo, andate lejos por un tiempo”. Elvira
desapareció corriendo. Entonces era cierto que él cometió femicidio, no fue
como le contó, una encerrona de la policía.
Puede ser que los dos se salven de este hijo
de puta; se dijo Pedro, él que extrañaba tanto a su mujer y a sus tres hijos;
desde que su jefe lo usó de gil expiatorio para robar la empresa. Aquí, se aprende por presión a
dejar de serlo. Por eso “el cobra cuentas” tenía que saber la verdad, te digo
que mató a esa bella mujer que tiene en la foto, solo por posesión siniestra.
La cárcel tiene
distintas formas de hacer justicia.
imagen: l vuitton
lunes, 27 de enero de 2014
Eslava Buenos Aires
Ella brotaba del aire y del
agua. Llueve en Buenos Aires. Camina, mana sobre mojado, debajo, entre. Su
mirada en las gotas de vereda. Encuentra en su mente lo que pisa, el río urbano
lamiendo el cordón, un papel arrugado, un cigarrillo inerte, el manojo de
pastos verdes agradeciendo los desagües.
Lenka debería parar, secarse; vuelve
hacia ella, es verano se dice y se vuelve a ir
La música del aguacero la embatió.
Igual que aquel día, empapados huían abrazando los instrumentos. Estaban en
pleno ensayo de la filarmónica de
Belgrado con Milko; ejecutaban a Dvořák. El techo se desplomó, retomaron los
acosos aéreos. La vieja Yugoslavia lloraba impotencia, los intereses políticos
enfundados en luchas étnicas enmascaraban una oficiosidad internacional. No se
pueden estropear los negocios. Y el pueblo muere, odia, huye, vencen y son
vencidos, sin elegir el horror.
Pero revirtió definitivamente a ella, aquí
solo hay truenos, “tormenta de verano” dice doña Clara la dueña de la pensión
en que logró sobrevivir, y vivir luego,
lejos de su tierra y de Milko. Ni siquiera supo donde quedaron sus huesos,
mientras la separaban de él, mientras caía su viola, mientras la violaban.
Porque lo amó, a su hijo lo nombró
Milko; aunque no era su padre, le contaría al ser mayor la historia. Esa identidad que hoy la
lluvia y sus sonidos le impusieron, hasta las lilas florecidas arraigando
viento, los balcones labrados de este antiguo barrio de Buenos Aires. Si hasta
oía la danza eslava número veinte, lo último frustrado de aquel ensayo.
Bajo un balcón cercano un hombre sin
luz en sus ojos, ejecutaba una viola, tenía a sus pies un cartelito junto a un
desteñido sombrero: “Soy Milko, gracias por su moneda.”
imagen: Evstafiev-bosnia-cello
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