miércoles, 4 de febrero de 2015

Primos


    Un día un trébol. Andén de cuatro hojas.
    Mentira de mitos y estación.
    De chicos, casi era su casa en el verano. Y de ella, allí su primer miedo después.
    El la sorprendió ante nadie con una seña obscena, con su miembro en mano.
    Ella no entendió el trastoque de aventuras e infancia, de lazos y blancuras.
    El tren se la llevó de esas vacaciones, cargando también esa puta forma de crecer sin trébol.
   

domingo, 28 de septiembre de 2014

Cristales





     La historia de las artesanas de la vida. Pasa cíclica. Pasa sometimiento violencia y alguna vez habría sido matriarcado.
     Ellas son la tierra, el aire, el reino de la hembra madre, pubis y alimento. Ellas trabajan, producen, escapan, ríen y lloran entre la lucha ancestral de no morir en la hoguera, de libertad de género, de no ser uso, muñeca muda, venta o cuerpo en femicidio.

     María no puede más con sus pies, amamanta su beba, lavandera y limpieza para afuera y para adentro Tiene miedo, tiene golpes amoratados en el cuerpo, tiene coraje de hoy de enfrentarse con la denuncia y con las tantas indiferencias que se encontró a voz alzada en la oficina policial. Algo logró, se venció a la mujer aterrorizada, se rebeló. La silla de su casa la recibe desplomada de cansancio y de adrenalina, no fue fácil. Su niña llora, deja su bolso, prepara su pecho y la alza, Momento sublime de comunión, ambas. Un golpe en la puerta, brusco, saltan las llaves, rompen los vidrios, asoma la mano del terror la ira. María ahoga en el instante mientras escucha que alguien se interpone. Sigue la artesana apretando su niña suavemente, canta una nana, ella ya hizo lo que debía hacer. Brota la leche mansa y espera…

     Esta casi niña, es Jiang, apenas hacía ikebanas, apenas comenzaba estudios profundos, apenas juntaba arroz, apenas despertaba con su honorable familia a la adolescencia. Pequeño pueblo, nada fuera de un trato colectivo de cariño de sus gentes. De noche, una, se produjo la invasión del lejano consumo perverso. Varias y Jiang fueron atrapadas, despojadas del pueblo. Mafia de trata, otros países, golpes, amenazadas, encierro, ropas mundanas pocas, prostitución. Tiene un dolor de injusticia y letargo. Tiene una revolución muda de escape en su interior. Tiene miedo de muerte, Tiene asco. Pasa las noches haciendo correr agua por su cuerpo, siempre se pensó río, luego se sienta en la única silla y no puede encontrar el plan. Pero hoy le creció la rabia, rompió vidrios del sexto piso donde la guardan y venden por hora, se arrojó. El viaje fue tan largo, tan corto, no sabe si aún vive o está volando al encuentro de sus antepasados. Entre el gentío amontonado, alguien dice o esperanza: respira…

     Eleonora, hizo un master de informática, la gran ciudad tiene muchas oportunidades, que suerte haber nacido aquí, se dijo siempre. Completó cientos de formularios de ingreso, presentó sus títulos, al fin lo logró. En el cubículo de una inmensa jungla de ellos y computadoras, es un número, una marioneta corriendo la web, los pasillos, el café barato. Emprendió el afán y se dio cuenta de la escalera trepadora, de las sierras, de la avidez, de la competencia entre mujeres y hombres. Sus ingresos y posibilidades de ascenso, supeditados a la primacía de lo masculino. Sus jefes en abusos y acosos, total sobraban postulantes para su puesto. Hoy llueve, el viento le grita a su pelo, empapada llega tarde, todo inundado, los micros no paraban recurrió al subterráneo que apila laboriosos apurados, Podés ir a tu casa, ya te descontamos el día. Se sentó mojando su silla, se paró en resorte, gritó todas sus mierdas recogidas en esa oficina, asombró a compañeros y superiores, nadie osó refutar. Se fue y antes de llegar a la salida, oyó un aplauso cerrado de sus compañeras. Muchas quedan pensando en el tajo artesano abierto…

     Sus antepasados, habían sido esclavos, afroamericanos, robados de su tierra. Shaira siempre desafiante, en pié, con el orgullo de la raza y la dignidad de mirar de frente en igualdad. No pensaban lo mismo, a pesar de los discursos sus compatriotas blancos. Discriminación con máscara, igual discrimina. Estudió diseño de indumentaria, difícil para abrirse camino con su color; pero la hipocresía hizo que estuviera de moda lo exótico. Sus logros, verdaderas artesanías, pura poesía con el color y el sabor de la naturaleza africana comenzaron a ser buscados. Hoy encontró al llegar su local destrozado con escritos chorreando tinta y racismo, ofendiendo su raza, instando a que desista de ser exitosa, ya que los negros no merecen ni pueden estar en paridad de clase. Levanta una silla, no se sienta, en paridad de tribu junto sus amigos y vecinos de diversos colores y procedencias, todo lo reparan. Las cámaras de su local marcan los responsables, sus abogados se ocuparán del juicio y los diarios hablarán de ella, sabe que no la vencerán sus genes apuntalan…

    A Evelyn los días le sonreían, bella, rubia, buena dote, hasta que conoció a John. En principio un noviazgo de Disney. Después una relación de “Atracción fatal”. Él empezó con los celos, con las adicciones, con obligarla a seguirlo, con robarle el dinero, con machucarla, despreciarla someterla. Le pudrió la autoestima, la lanzó a la calle a servir a la noche y a los hombres. Hoy John compró un arma, la nota desahuciada, rebelde hasta los bordes de los abismos, ya no le sirve, pero tampoco le servirá a nadie más, es suya. Ella regresó tambaleante, demasiadas copas, demasiados caminos aplastados atrás; abre la puerta encuentra su mejor trabajo artesano en arcilla destrozado y un casco de bala entreverado. El instinto, él no quiero más, la rabia, el dolor, su cuerpo malgastado debajo del glamour de sus ropas lo enfrentan, el apunta, ella se le abalanza suena un disparo. Ella lúcida, altiva sale al aire libre sin llevarse nada, sólo la silla que era de su abuela cómo buscando vientre donde parirse de nuevo…

   Las mujeres se parecen en algo a las sillas, contienen, resisten, se reciclan. Provienen de manos artesanas y lo siguen siendo. Entre lo descascarado del mundo, un anticuario las cuida como tesoros relucientes y activos. Ellas continúan luchando por cuidarse, perdurar empuje y gritar que no se venden, a diferencia de las sillas.




imagen: 2 Mar Jacobs by Annie Leibovits for Vogue, enero 2012


jueves, 31 de julio de 2014

Albedrío


















       Soñaba y despertaba. Inquieta en la cama austera, fría y sudorosa a la vez. No podía, al llegar a la vieja palangana donde las aguas de lluvia  lavaban su cara; recordar la ventura o la tragedia que la noche le revolvía el dormir apurado. Sabía que eran sueños, pero no podía traerlos a la conciencia.
       Apurada, si, ya lo estaba otra vez, don Braulio al grito como siempre, le cargaría trabajo doble por la tardanza. Había que recolectar flores, hacer los atados,refrescarlos, cargar los canastos, arrastrarlos hasta el transporte para llegar al mercado de madrugada. Luego seguir hasta la huída del sol en el mantenimiento de la inmensa naturaleza- fábrica, indiscriminada; de floricultura techada.
        Recolectar era lo mejor del día, las flores era lo único que ponían colores en su vida y esos sueños mezcla de placer, voracidad y misterio, que de algún modo la incitaban a descubrirse por dentro.
         Palmira ya no era niña, pero en esos parajes no había nada que la conmoviera, siendo aún joven.
         ¡Bruta!. Era el grito de Braulio, no sabés leer, esas son lobelias van en el canasto que tiene su nombre.
         Fue como un trance, de golpe desaparecieron los viveros, el riego, el dolor de cintura por las horas doblada sobre la tierra, abriendo surco, sacando hierba mala, manteniendo vida  sana a sus alimentos de arco iris.  
         Estaba despierta, no oyó la camioneta que se fue a entregar los aromas de esa mañana, ni sus compañeras que iban a otra parcela a seguir el trabajo. Se quedó con un ramo de lobelias en las manos, caminaba sin meta, encontró el asfalto; pero sus pies no lo notaron. Se paró en seco frente a un mástil con risas de niños.
        Se le despertó su sueño reiterado, o él la despertó, alzó los ojos y se vió entre un campo de lobelias ardientes en su floración. En desafío su gesto serio. Vestida como una soberana de albedrío desconocido en violeta,  de su cabeza llovían libros, hojas escritas. Caían sobre ella llegando al suelo en juego de  entrega. Reían como niños.
        Palmira entendió, tenía razón la abuela, soñar siempre es decirnos algo.
        Era corta de palabra, se animó, entró en la escuela ante la cual estaba. Desesperadamente gritó a la primera persona que salió a su encuentro: ¿Aquí enseñan a leer y escribir a las grandes necesitadas como yo?
        
        Delante de la escuela, muchos años después, doña Palmira florecía cada mañana mientras abría su puesto de  flores y ponía precios, carteles con nombres de las especies en cada vasija. Nunca le faltaban lobelias y un libro para engolosinarse leyendo, cuando escaseaba la clientela. Siempre vestía de violeta aún hoy cuando es abuela y vende, lee, se sustenta. A veces, muchas veces, ayuda a los  nietos con sus tareas y las señales de sus sueños.


  imagen:  kirsteb mitchell

martes, 10 de junio de 2014

La justicia de las mulas


Entraban a ese galpón mugroso de madrugada.
    Ahora ya es de noche, el hombre apagó las velas, todas se sobresaltaron. Deberían estar acostumbradas; pero el miedo no cedía. Con voz de mando les dijo terminó el trabajo, sin luz no veo donde puse la paga, mañana veré. Asegurándose cada día que al otro vendrían y que en sombras no se llevarían las valiosas piedras sobre las que torturaba con sus gritos por pulir, engarzar, enhebrar, contaminarse.
    Salen a tientas, a estampida, a buscar sus casas lúgubres pero con familia, algo caliente y unas lumbres de leña. Eran niñas, todas.

    Indira y Aisha, son hermanas, de la mano con sus 7 y 6 años; van pensando en madre, que espera las monedas acuciada por el fin de los alimentos que intentaba estirar. Padre gana en mínimo, trabaja en máximo.
    Comen todos caldo de raíces y algo de leche, gracias a la cabra.

    Rutina del día siguiente, ensoñadas, con frío. Visten mezclado, abrigos dádivas occidentales, con algunas polleras étnicas que cose la madre, de una gastada suya hace pequeñas. La tradición y la identidad, es necesidad espiritual, un contenerse en el vestir y mantener pertenencia a la historia ancestral colectiva.
     Llegaron. A puerta clausurada, el hombre las esperaba afuera. Hoy no se trabaja, mi mujer está a punto de parir, les tiró unas monedas y las corrió desesperado por irse. Mentira. Un ejemplar clandestino como ese, no deja de producir y ganar, por sentimientos y menos por su mujer. Para él, conservador de superioridad de género y de creencias antepasadas, las mujeres seguían siendo invalidadas como humanas, eran desde el nacimiento consideradas como entes de oscuridad e infelicidad, sólo la obligación de servirles sin voz propia.
     La causa entonces. Le avisaron que vendría una inspección por el trabajo de menores. Se repite en el mundo la coima y el aviso de algunos funcionarios.
      Por eso a los varones infantes que empleaba, los apuraba a látigo, para que cargaran las mulas y sacar todo indicio de lo que allí se hacía, nunca hubo controles por aquí, algo esta cambiando y no me gusta, pensó. Y siguió a fusta endurecida con los animales.
      Tan mansas las mulas, tan animales de carga, tan empacadas a veces, tan justicia, Se desbandaron, le pasaron por encima, huyeron y los niños también. Hay coces mortales. “No hay patada peor que la de mula mansa”

       Qué fiesta, las dos caminan sin apuro, sin espanto, sin saber lo ocurrido cuando se fueron; llevan las monedas a su madre. De lejos vieron despedirse en abrazo cálido al padre que regresa a su fajina. Eran felices a su manera, se respetaban, se ayudaban. Él algo sabía de letras y de historia, por eso nombró a su primer hija Indira, primer ministra mujer y defensora de la independencia de este, su país. Soñaba con el mundo igualado, que acercó al pueblo aquel luchador que le contara su abuelo: Mahatma Gandhi.
      Las chicas, cuentan lo sucedido a madre y salen a jugar, por fin el sol es para ellas. Juntan semillas, piedrecitas arcillosas y se hacen pulseras y collares, Enhebraban colores libres lejos del tugurioso patrón. Lucen bellas en su propio tiempo, el que les pertenece: al fin infancia. Recogen flores y pastos que parecen mariposas, aunque el paisaje es árido, hoy tiene el aura del descubrimiento.
      Cómo será la India, pregunta la más pequeña, la otra le respondió: Ésto es India. Este lugar también, gritó Aisha asombrada.
         A la mañana siguiente, supieron los sucesos en el galón mugroso. A los pocos días se acercaron errantes, las mulas con sus cargas, a las mínimas casas alejadas; donde vivían los niños. Buscaban voces, calor alimentos y una natural vida animal.
   
        Nunca les sobra el dinero; pero van aprendiendo a trabajar en comunidad con el regalo de las mulas. Los hombres con sus hijos van en principio a vender collares y brazaletes. Las mujeres reciben de sus hijas el arte de jugar, jugar ahora sí, enhebrando, engarzando creando arcoiris de pedrería. Devuelven las gemas preciosas que pertenecían a la tierra, y usan solo las humildes luces que se encuentran diariamente en los caminos alejados. Con las ganancias comprarían telas, venderían polleras con vida e historia, en Nueva Delhi. Así revelan cómo viajar a la ciudad, y el puedo de la firmeza propia.
       Planean conocer letras libros números y avanzar. La pobreza por ahora no cambia demasiado, pero están revividos en ellos, no pasan hambre. Y aunque no sea para siempre, hoy y mañana será la meta, cada día.
        Alguna semilla brotará en esa tierra yerma.
        


imagen: Ahmad Masood-reuters-nueva delhi

jueves, 22 de mayo de 2014

aleggro



    la ovaria se masturbaba en la quietud de la noche solo la incitaba su placer llevado en rápido en ligero por el piano de martha argerich  la ponía cuando el instinto le pedía el viaje con la música de Scarlatti y su sonata en re menor esas partes de puro cruce de manos in crescendo la sumían en el comienzo de su propio sexo y en la ansiedad de su respiración corría corría la música salía fuera del cuarto salía afuera de ella desde su orgasmo giraba en marfil blanco en sostenidos y bemoles negros sin buscarlo atacaba la erótica del espermatozoide que en otro cuarto en otra morada desesperaba con la música que llegaba tensionaba erguía eyaculaba en ambos casos las manos ovaria y espermatozoide sentían la sonata en ellas no no era la soledad eran las notas eran sus carnes al viento liberando seducciones en sus cuerpos agradecidos poco pasó hasta que un día real ovaria y espermatozoide se encontraran sentados en un concierto uno al lado del otro sin conocerse no les gustó lo que oían se levantaron y se fueron chocaron en la puerta de salida sorprendidos de haber tenido la misma reacción te vas pregunto él y ella respondió si tan desagradable  que ahora me nacieron unas ganas enormes de escuchar a Scarlatti entonces el ofreció tengo la sonata en re menor querés oírla en casa ovaria aceptó descubriendo al llegar que solo vivían con un piso de diferencia así que siguieron escuchando juntos la sonata de scarlatti ya las manos sólo para las caricias viceversa ya viajando con las teclas de argerich 

 

domingo, 30 de marzo de 2014

En coraje, en beso




       No subas.
           Estás loco, arriesgo vida para seguirte.
           Si subís nos matan
           Sofía tiró el escaso equipaje, lo tomó de los brazos; Simón no tuvo reacción, lo inclinó hacia ella. Se apretó a su boca. Estrategia.
           De lejos se olía pasión, desgarro, desesperación, “danger” decía el cartel luminoso, arrancaba el tren. Se arrancaron del abrazo.
           Ella y su disfraz, modelo de alta costura, quedó mustia, desconcertada. Intolerante por dentro, a qué se enfrentaba ahora, se preguntó en un andén vacío, gris anochecido.

          El hombre que la vigilaba sombra, sonrió; era malo el dato que me vendieron, sólo son dos comunes cobardes de amor o quizás el vendido soy yo.
          A Simón también lo controlaban aunque vestido tan exquisito hacia dudar que fuera él. No le fue difícil, sabía quién miraba, se escabulló en la primera estación de un pueblo habitado en su mayoría por gente de su raza negra.
          Los dos eran militantes de un país medio isla del caribe, llegaron con la misión de presentarse como eruditos de la moda en un canal líder de este país, que ejercía su poder sobre ellos. Denunciarían, reclamarían e informarían que su pueblo no quería ser adjunto, aún cuando a los ojos del mundo eran beneficiados desconociendo bloqueos, imposiciones de comercio y bases navales contaminantes por sus secretas actividades.
         Toda tierra anexada, como la suya en esas condiciones, los imponía ciudadanos de segunda ante quién excusaba patrocinarlos para darles más oportunidades. Mano de obra barata eran, puertos y hombres tomados eran. Punto estratégico eran.
        
          Sofía tomó otro tren en dirección contraria antes que su guardián viera la jugada. Si los habían descubierto, alguien los había vendido. Había que deshacer el plan. El problema: cómo  salir de allí o enredarse a todo sin simulacros. La traición allí se paga con una bala, lo sabían ambos; pero lo que les martillaba era ese beso en el andén superando la maniobra. Nunca se habían visto, la operación lo requería.

         A días, salieron con sus ropas rutinarias de siempre; pero no al lugar de siempre, dónde reciclaban planes con otros. Hicieron lo contrario, sin ponerse de acuerdo se metieron en el centro de la boca del chacal. Lo sabían. Cada uno hizo llamados a la prensa extranjera, citándola frente al máximo organismo oficial que los subordinaba.
         Se sorprendieron al verse, se entendieron en las pupilas, Dijeron a corresponsales del mundo todo lo que querían decir. Aún después de las dos balas certeras, lo sabían, se arrastraron, se besaron.
         Luego las fotos y los titulares. Los diarios oficialistas anunciaron: Fracasó atentado de dos terroristas armados, fueron arrasados antes de que dispararan contra la prensa extranjera.
         Los diarios extranjeros informaron: Frente a nosotros fue ultimada una pareja de militantes por la independencia de su país. Unidos, denunciaron su lucha  y su intenso amor, así murieron: en coraje, en beso.


fotografia de annie leibovitz

sábado, 8 de marzo de 2014

viernes, 28 de febrero de 2014

Era libre, antes, ahora más














         Siempre desafiante, aún cuando lo espera enojada.
         Por que llegás siempre tarde Juan, me ponés los puntos, me perseguís en lo que hago, nada tiene que estar fuera de tu conocimiento; no me explicó yo misma porque sigo atada a tu obsesión.
         Porque me adorás guacha, sin mi no sos nada. Pedazo de carne diosa, susurraba y luego reía compulsivo agregando; pedazo de carne idiota. Quién te va a mimar en la cama y marcar la cara como yo.  Si te perdono todo mi amor. Sabés por qué, porque sos mía.
         Carla, toda ella atributo, era libre, antes, ahora más. Su único error ese hombre, su desdén, su rabia, su verdugo.
      
        Juan la sueña, la cela enfurecido, la ve desnuda en la cama, quisiera decirle perversidades y ternuras. Ella quiere un hijo, la odió por eso, por querer compartirlo, a quién le interesa un pibe. Solos, margarita mía. Solos, le decía usurpada por los pelos. Solos. Sos una cualquiera, te banco de lástima de asco de loco por vos nomás; no debería si tengo a la Elvira loca por mi, santa mina. Pero a vos, yo, a vos, no te dejo ni un segundo; viví para mí.

       Carla preparó algo en un bolso, decidida, había resuelto sacarse la esclava del cuerpo, sacó un pasaje, se sentó a tomar café en la terminal de micros. Algo le temblaban las piernas, arrugaba miedo su cabello; pero no volvería atrás.

       Juan le muestra una foto a su compañero (no era la mujer que le conocían), no es una brutal mujer pregunta; le dije…le dije…viví para mí, pero ese día fue: morí para mí (no era la causa que contó). Y ahora me tengo que bancar un hijo mío que tuvo la Elvira, la muy yegua, no preguntó, no consultó; en cuanto venga los boleteo a los dos (no era un arma lógica, pero artera, la faca que le mostró). Yo siempre la sueño a Carla, la tengo conmigo acá y golpeaba su aplastado colchón de cárcel.

      Cuando Elvira vino el día de visita, Pedro el compañero de celda se adelantó y le dio un papel arrugadito a escondidas, ella sorprendida mientras aguardaba lo leyó de un saque: “te va a matar a vos y a tu hijo, andate lejos por un tiempo”. Elvira desapareció corriendo. Entonces era cierto que él cometió femicidio, no fue como le contó, una encerrona de la policía.

      Puede ser que los dos se salven de este hijo de puta; se dijo Pedro, él que extrañaba tanto a su mujer y a sus tres hijos; desde que su jefe lo usó de gil expiatorio para robar  la empresa. Aquí, se aprende por presión a dejar de serlo. Por eso “el cobra cuentas” tenía que saber la verdad, te digo que mató a esa bella mujer que tiene en la foto, solo por posesión siniestra.

      La cárcel tiene distintas formas de hacer justicia.


imagen: l vuitton


lunes, 27 de enero de 2014

Eslava Buenos Aires


















          Ella brotaba del aire y del agua. Llueve en Buenos Aires. Camina, mana sobre mojado, debajo, entre. Su mirada en las gotas de vereda. Encuentra en su mente lo que pisa, el río urbano lamiendo el cordón, un papel arrugado, un cigarrillo inerte, el manojo de pastos verdes agradeciendo los desagües.
          Lenka debería parar, secarse; vuelve hacia ella, es verano se dice y se vuelve a ir
          La música del aguacero la embatió. Igual que aquel día, empapados huían abrazando los instrumentos. Estaban en pleno ensayo de la  filarmónica de Belgrado con Milko; ejecutaban a Dvořák. El techo se desplomó, retomaron los acosos aéreos. La vieja Yugoslavia lloraba impotencia, los intereses políticos enfundados en luchas étnicas enmascaraban una oficiosidad internacional. No se pueden estropear los negocios. Y el pueblo muere, odia, huye, vencen y son vencidos, sin elegir el horror.

         Pero revirtió definitivamente a ella, aquí solo hay truenos, “tormenta de verano” dice doña Clara la dueña de la pensión en que logró sobrevivir,  y vivir luego, lejos de su tierra y de Milko. Ni siquiera supo donde quedaron sus huesos, mientras la separaban de él, mientras caía su viola, mientras la violaban.

         Porque lo amó, a su hijo lo nombró Milko; aunque no era su padre, le contaría al ser  mayor la historia. Esa identidad que hoy la lluvia y sus sonidos le impusieron, hasta las lilas florecidas arraigando viento, los balcones labrados de este antiguo barrio de Buenos Aires. Si hasta oía la danza eslava número veinte, lo último frustrado de aquel ensayo.

        Bajo un balcón cercano un hombre sin luz en sus ojos, ejecutaba una viola, tenía a sus pies un cartelito junto a un desteñido sombrero: “Soy Milko, gracias por su moneda.”



imagen:  Evstafiev-bosnia-cello

domingo, 15 de diciembre de 2013

Negro y blanco















     Celesta, cerrados sus ojos, su boca placiente, el vino cerca y Enrico lindante. Lo tiene en el cuerpo, lo drena, lo escalofría en derredor de su desnudez sentida. Le suena Paganini, metido entre esos árboles y el pasto verde que sostiene la mesa, se apoya en ella como en las sábanas de anoche.
     Que importa su vestido negro, largo y recatado, su viudez inventada allá en Génova, donde el cónyuge designado la dejara sin palabras. Por eso huyó no sabía que era vivir un violín ni esa sonata N°6 que arrullaba, que arrulla que descubrió cuando se redescubrió sintiendo, volando un sexo desconocido. Explorando, siendo explorada.
      Lo sorprendió, sí, Enrico no esperaba esa mujer, ni ella. Lo incitó a sagrados altares detrás de sus cuerpos, los adoraron, los lamieron, los dedos y los labios cómplices; Paganini en la fonola. Se miraban y gozaban sin dejar de flotarse en un espacio que ahora rodeaba la mesa, que ahora sonaba violines. Luego el acto de amor medieval, renacentista, modernidad de género. Concierto de violín y viola en el hueco genital de hembra, Paganini y ellos en sueño de oro.
      Ahora, la mano sobre la madera, la mesa es cuna de instrumentos, sabe que volverán al viaje, que se despedirán en medio de ese campo surcado de música con sabor a uvas y orgasmos. Pero vivió, reconoció, la forma de ser de un hombre y él de ella. Mutuos. Entregarse.
      Se acercó Enrico, su aura era de cuerdas, de madera áspera como el vino y tersa como la del violín, se oía, se abrazaron entre mesa y botones sueltos, no más vestidos negros, dijo él, y la vistió de encajes con linos blancos pura brisa y movimiento eterno como la sonata.

      Esa mujer que sube al tren a fin de siglo, no es aquella cuando se casó niña sorprendida por un hombre esposo que la tomó vestida en una furia sin amor ni sabiendas que la espantó entre sus bragas puestas.
      Celesta entra al año 1900 de falda a media pierna, segura de que hoy sabe que valor de goce tiene su entrepierna y que los violines tienen el vigor del árbol fuerte esperándola en su concierto; por el tiempo que le queda.



imagen :

Annie-Leibovitz-black-and-white13

miércoles, 30 de octubre de 2013

Danza barroca (suite 6)














Revuelve mi ancestro de aldea....ella era feudal yo la plebe.
Sorprende la sensación creciente de que curiosamente era feliz.
Para quién eran los sembrados ? sino para mi , libre para desnudarme con mi pena o llenar alforjas de cosechas...juntarme con las brujas soñar con el juglar
Ya volvería...
Yo sería....
Me gustaba pararme en medio del camino posarme en cada árbol y seguir la torre la pérgola el túnel del conjunto abrazada hacia cada recodo, cada olor que se llevaba y se traía en sus pasos reflotantes.
Ya me convertí estoy con el cántaro con el amase de mi pan.
Hoy, debo bailar...


imagen :"danse" de henri rousseau ,el aduanero

sábado, 31 de agosto de 2013

Estado del paisaje












    El entrerriano perseguía hormigas por el andén. Sí, Don Braulio se tomaba seriamente esto de conservar las reliquias pasadas. Bien sabía que el tren ya no pasaba, fenómenos del país que perdió en las vías; contra los intereses que rodaban por las rutas. El truculento avance de los emporios vence a  los pueblos y  dejan a sus gentes aisladas, sin aquel medio ferrocarrilezco que acompañó sus necesidades, comunicaciones y soledades allá lejos.
     Ahora su vida descascarada solo tenía el interés por la belleza que representaba el pastito en la estación en trance suspendido, cuidado; así como sus frutos de la huerta en los terrenos abandonados que antes servían de estacionamiento. Nadie venía por allí, así que él se instaló su casa, en la boletería cocinaba y en la sala de espera dormía; todo pulcro hasta los baños, Gracias a la bomba manual que perduraba y su bracero, hasta bañarse era una fiesta de hogar.
     Aquel día agachado en su viaje con las hormigas, no vio a Martina que se acercaba, peligrosamente transparente desde su piel a sus ojos grises y su vestido. De golpe escuchó a una hembra con un vaivén gramatical desconocido. Se levantó como un caballo instigado por un trueno, no la conozco pensó, iba  preguntar cuando ella le ganó el inicio de una partida inacabable.
     Será que vos y yo somos ratas de nuestras propias madrigueras. Lo sorprendió, lo ofendió, ni rata ni madriguera le dijo, quizás vos…
      Que sabés lo que es la vida de una rata, que entendés por la dicha de tener tu madriguera.
No me corras con tu lengua señora, y tu afán de dejarme fuera del conocimiento. Mirá entrerriano, vos y yo sabemos que mis palabras encierran una metáfora. Él se adelantó ante lo impredecible, lo conocía, esta mujer, lo estaba envolviendo y a la vez le sonaba que dentro de esa transparencia, la leía, la escuchaba dentro de sus historias como de siempre; haciendo esos arabesco con las palabras. Quién sos, madeja de misterio aunque a la vez te percibo. Tenés ese olor que queda evocado en húmedos pasos de mi Entre ríos, quién sos.

      Ella  le pidió agua, se sorprendió con la casa aquella envuelta entre pasados de guardas, silbatos, boletos y valijas. Se vio pequeña, jugando a ganar con sus frases y chispas de vocablos ante aquel niño que jugaba con trencitos de juguetes, le contó cosas de su vida, de su nombre y del de él, de aquella quinta que juntaba familias de peones en trabajo y los juntaba. De un primer beso debajo de los sauces y el baño en arroyo que quitó su virginidad y creó su bronca y su huída, no era justo que un capataz ajara a una niña de ese modo. Braulio recordó, y odió a ese hombre que fue odiado por todos los gurises por la misma causa y de cómo un día su padre no pudo contenerse y lo dejó fuera de juego.
      Cada uno había tenido viajes pausa, agujeros, montes florecidos y de golpe, sólo estaban de frente.
      Ella pálida, el rojo por el sol de años, ella mucho encerrada por un viejo miedo y viejos hombres.
      Ahora los dos de cara, tomaban mate, era como aquel tiempo de chicos, con la experiencia de los años. Entonces sabían que la piedra también se gasta, y era tiempo de ofrecerse en la madurez a jugar
la inocencia respetando las migas de las piedras.
        Querés quedarte, los dos como ratas sin pasado…en esta madriguera signo de abandono, impunidad de destierro;  pero con este olor que trajiste de nuestra tierra origen, y el calor que mis manos le ponen cuando cocino.

       Y los malvones florecidos dijo ella y lo abrazó, comenzó lavando un repasador, y poniendo su saco en el respaldo de una silla. Quizás sus vidas apaleadas habían llegado a encontrar un trébol de cuatro hojas en el andén de la estación. Y ella también podía guardar el sueño de volver a oír el bullicio de un día en que paren los trenes y los campesinos carguen sus bultos resucitando.
      Braulio pensó que tenían derecho a vivir las hormigas.



imagen: 

http://1cruzdelsur.wordpress.com/2012/04/06/detenido-en-el-tiempo-en-una-vieja-estacion-del-ferrocarril/



miércoles, 31 de julio de 2013

Autoescape




Consagrada a la sumisión. Petrona se rebela, jamás volvería el escozor de compartir aliento con el que fuera su descompañero. La llevó el viento, los inviernos, los partos, los veranos y cada otoño soportado aún en primavera. Tantos años…

    Levantar la almohada y abrir la puerta.

    Petrona tiene una cama doble, una cama sola, medias en los pies y la misma almohada. Le pesan las tintas y las piernas viejas. Pero cuenta cada año los días faltantes para beber nueva primavera; porque no mata su deseo, ahora puede ser libre por todos los minutos restantes de la tierra.


imagen: 
La Dormeuse (1932) de Tamara de Lempicka

domingo, 30 de junio de 2013

El borda, ellos desbordan...












     Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 
Locura. 
Solapada, soslayada, sorprendida, así no debe ser y lo estamos viendo. Esta alocada pose de ataque y furia, de combatir o morir, los otros, de te apunto a la cabeza pero dame la nunca dame la nunca, así gozo más. De lejos, no no. De cinco metros, cuatro tres dos, te dí…quién soy que estoy haciendo. No, no son ellos los que se lo preguntan ellos avanzan como soldaditos de plomo pero en serio con el chip que era para los perros, se acuerdan; pero este es brutal loco contra la sanidad buscada, prestada, aguerrida, en luchador no desintegrarse en locura en chalecos de fuerza en frustración de hacer tu trabajo bien con ellos, ciencia, práctica, asistencia,  siquis, orden, hábitos, arte, oficio, resilencia, higiénica mente, fotos, noticia, diario, pantalla, legislar algunos para el pueblo, gremio, protección. Balas, encierro, juegos de matar de enserio enserie. Negocios inmobiliarios. La tierra es nuestra, hey me escuchan no se vende, es ciudadana, los enfermos podemos ser todos. Ustedes ya enfermaron hace mucho, repelen con su olor a desquicio y no se dan cuenta, nosotros los de a pie lo sentimos nos damos cuenta. Él dice eso, mientras consigue poner a resguardo una lija, que como lo calma, que como le deja pensar en otras cosas, que como alisa sus conflictos y la madera, que mesa el hizo al terminar con la lija.
“Los pacientes se comportaron con una cordura”. La radio “la colifata” hablaba en sus sillas de lo que ocurría, sobre el mismo pasto, sensatos, frente  a esa locura.




referencia a un hecho real:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-218896-2013-04-27.html

sábado, 18 de mayo de 2013

Cuidar lo que queda











     


       La Plata, Pcia de Bs As, Argentina. 
       La muerte sobrevuela en tierra, lluvia de torrente, anegación. Malos tratos del clima o de los hombres que construyen. Saben los dos metros en las casas la verdad, nada es casual, ni suenan campanas. Los castigos (si no mintieran las siembras de miedo), deberían ser para los descuidadores y no para los que merecen ser cuidados. Aquí sí un pueblo sorprendido, ni mirarse puede la mujer en el arrastre, no suelta de la mano a su pequeña; ni humo blanco ,ni agua clara; sucia como la consciencia de los que ni siquiera la conocen y ni siquiera la ejercitan. Estaría bueno hacer justicia de una vez.
       La solidaridad después, nunca antes volcarse a entender carencias, causales, querer al otro siendo parte de un todo conmigo. Las disputas después, por muertes y cantidades, es que el número perdona o sanciona más la lágrima. Los jóvenes después, aprendiendo a acercarse, pensando que es otra forma de empezar, esperando no se olvide y no se vuelvan a encerrar los brazos compartidos.
       Si no se empieza por ver más acá de las palabras, de las tierras bajas, de los ríos naturales y desnaturales a beneficio de unos pocos, y las artimañas del negocio vende lujos que expele la pobreza a ciénagas ocultas, sin oír la verdad geológica ni los preanuncios que vecinos investigan y presentan en oficinas burócratas de archivo de expedientes. Cada vez serán más las anunciadas desoídas.
       Estaría bueno hacer justicia de una vez.
       Estaría bueno cuidar lo que queda.



martes, 30 de abril de 2013

Imposible posible










     

 Roma. Un hombre sortea multitud. Quizás sería muchedumbre, gentío, masa, aglomerado, turba; nunca pueblo; de eso está seguro. Sobrevuela, o cree flotar incertidumbre, en la certeza que logró y no vuelve. Estrategias. Nunca se sabe como terminan con la psiquis y lo humano contenido. Sería el humo blanco que lo desatinó. O quizás se sabe que hay dentro de las cuevas sólo cuando el crujido alrededor ensordece y la garra roza tu osamenta. Campanas. Sí, escucha. Jubilo sí, siente. Miedo se preguntó, no encontró la respuesta, tenía las dos. Si o no, sería admitir, no dimitir, no retroceder con la obediencia debida. Qué hace en esas calles, en las que no puede pasar inadvertido, y mientras tanto su vuelo parece entrar en la locura y su tesón des consuela en la cordura. Arreglaré todo con un perdón, muchos, o debería re fundarme y des fundar. Mostrar un colectivo humano igual, sin  prohibiciones y aún poder amar como cualquier vecino, verme con hijos y seguir mi fé y la nueva fundación. Hace frío, se ve bajar de esa cosmogonía en que había entrado, abrir los brazos y sus manos toman la foto inicial.

    Mientras una pareja argentina, llega por los placeres turísticos, lejos o tan cerca en fotos, de igualarlo o jugarse por la diversidad.


domingo, 31 de marzo de 2013

De encuentros y encontrados









   Ese encuentro ,cara a frente no estaba programado .
   De golpe pasearse era una urgencia combinada de manos que atrevían .Se descubrían en los ojos los gritos de emergencia genitales. Una puerta, un gancho salvador, un baño medio muerto , fucsia de paredes .El aliento mezclaba las miradas y las ropas , que se dejaban correr para allegarse; entre costados malabares ,el amor se hizo.

   Distante muy distante... la traba cede y una comarca de gentes circula normalmente .
   Desembocaba en aquel baño, una ancha escalera cómplice de público .
   De saludos y asombro ,se despidieron los encontrados; ya eran la multitud con las mismas anónimas ansiedades.

miércoles, 27 de febrero de 2013

De los éxodos necesarios







 




Capagris el diarero, gritaba el titular “de Tokio a Nueva York las jirafas invaden en millares”
El río de pies apiñados que corrían por las urbes en distintos idiomas; metidos en sus propios torrentes, ignoraron.
Un semáforo pudo haberlos parado en seco, como electrodos que reaccionan a la luz; simulando ser humanos por la ropa, aunque adentro computaran sus urgencias de rutina.

Pero no fue un semáforo, fueron borbotones de jirafas en cántaros amarillos. Tenían flores en sus manchas, estrellas por orejas reflejaban sombras transparentes y sorprendentemente hablaban.

Marquesina era una niña feliz frente a esta visión, apostada en la ventana de su casa junto a su amigo Lunes. Habían apostado toda su imaginación a que ese comienzo de semana, le mostrarían al mundo que pueden abrirse los grifos mágicos, volviendo a sentir. Impulsando la fiesta de lo insólito y lograr que las ebulliciones del gentío indiferente se detengan en su marcha obsesionada en perseguida; ganando abrir ojos, respirar en ancho y de total instante juntos dejarse chupar por el aspirador de las fuentes; metiéndose entre páginas de creación para volver a percibir, imaginar y vivir pausas. Hasta descubrir que queda tiempo para discurrir hablando y durmiendo con jirafas, regresando a ser personas con el asombro de frenar y ver diferente

Una pantalla de TV en una tienda repetía hechos similares. Tumultos de calandrias en el Nilo, grillos entre el obelisco en Buenos Aires, elefantes rojos en Tierra del Fuego, vientos en el paraíso y lluvias en el infierno.

En tanto en un paso casi olvidado de la Cordillera de los Andes, delineado por aquel camino del Inca; Nacarena (joven originaria del lugar), escribía con tintas de su montaña, el reinicio de los cuentos de la Tierra.


imagen: arco iris lunar

domingo, 27 de enero de 2013

Terapial












       Desde dónde se puede encontrar una mano que acaricie, una fuente de calma que se coma la ansiedad, troglodita / apurada/ mediadora. Neutralizar la causa, aún, a casi, Manejar el miedo, los nervios, las ganas exigidas de los puchos. Nada ayuda y sabe, que todo ayuda: La palabra tibia, el amasamiento relaje, el cómplice sereno; hasta lograr detener el pico que provoca su estado de intemperie. Lo entiende, lo pasó, le pasó y  no estuvo más que poco, no podía, las circunstancias de ella y de él. Al fin la vida. También un decir perdón. Lo quiere y le pone el aire tranqui. Esta lejos, y a veces tan cerca.

       Y todo viceversa.
       Y él, y ella.
       De esos hablo.

        Desde dónde le viene este malestar antiguo y a la vez nuevo. Se levanta del abandono, se alegra y después sobreviene al color del frío, de la ira de su cuerpo; esa sensación de alterar sus pautas, y ese esfuerzo que hace por volver a tener espacio para  aplacar tanto y nada.
        Desde dónde se puede aplastar la tensión del cuello que sostiene su cabeza, la campana del pecho quizás del inconsciente, el ardor de tripas, la flema el sudor, la sed, las inserciones hinchadas, los sacudidas que retuercen. Escribe y trata, escribe y le pone puño a distraer la furia del estado. Escribe y se aleja pensando, intentando su control posible.
      Desde dónde se puede conservar esa misma furia, ese mismo control/descontrol  de cuando existe un erotismo, dejándose llevar (y es tan distinto a lo anterior), quién se altera, quién teme gozar de enlazarse al amor. Sensual, sexual. Calando conmoción, poniendo esa agitación plena abarcante de decir te amo. Escucharlo y sentir que todo crece en necesario, suficiente, en orgasmo cosquilleo en libres alas de estómago, en estarse amada, amando, compañero compañera, con las fiestas de la cópula, de los susurros, de lo que se dice y sale solo en el tiempo del después. En el poder que tiene no separar los cuerpos y quedarse remando cucharas aún con olor a polución, que confirma que de a tientas el amor llegó a sentirse, mientras el silencio abraza con las manos, y los pies calientan como para no soltarse y queda el sueño, o la pasión dormida mientras las esencias continúan en su diálogo de encuentro.

      Ahí nada es afección, todo es cuerpo en mejoría.