domingo, 12 de septiembre de 2010

Entre fango de autopista










Sería confidencial. Augusto haría el viaje. Extremo, urgente, los motivos no permitían dilatación.
Muchas horas de volante, pocas paradas y de mágico silencio se sorprendió al oscurecer. Hubiese sido ridículo traer la brújula; sé donde voy; pero no quería confesarse que lo perturbaba un paisaje desconocido, una verdosa vegetación oculta, ancha áspera y gris; pero endemoniadamente bella.
No podía seguir sin intentar adentrarse en esos caminos rojosucio polvorosos que se abrían y gritaban alertas, pedían conocerlo, hasta un aullido de pájaro en riesgo lo imantaba para olvidar su destino.
Entró. Fueron mil paradas en sendero, imposible no registrar con su cámara lo que veía. Supuso que nadie vivía lo que él; que podría impactar a su regreso con una muestra de esas fotos en alguna galería de arte con renombre. Pero un paso de retumbe le recordó la inquietud, eran dos tres muchos, golpe en golpe le sonaron la sangre; golpe en golpe los vio en éxodo de humanos agrietados, ausentes de mirada; angustias de rastros sus caras.
Su jefe de redacción hubiese sentenciado: feos, sucios y malos; demasiado repetido ya no es noticia. Se estremeció nada de eso eran. Preguntó y apenas entre señas y texto poco le dijeron: no más casa, ni animales, ni alimento. Y le mostraron un recodo del camino.
Como citadino acostumbrado a cuatro ruedas, se subió aceleró y comprendió; cuando al girar la curva, cayó en medio del agua. Ni palas, ni brújulas, ni fotos ni grito. Eso era anegación pegajosa. En esfuerzo animal a cambio de nada, lo ayudaron a sacar la camioneta.
Abrazó a cada uno y prometió: esto se sabrá. Quedaron incrédulos y siguieron la huída del espanto sin punto de llegada.
Retomó el camino, llegó. La reunión que debía cubrir para el diario de tono confidencial, terminaba. Festejaban el primer tramo construído de autopista internacional, lo divulgarían al comenzar el siguiente trayecto, por eso las fotos llevarían un escueto texto de posible acuerdo oficial y empresarial a largo plazo, pero intereses patéticos exigían un registro en los medios del evento festivo íntimo.
Invitó a los ejecutivos a subirse en su transporte para inaugurar el tramo flamante. Mintió. El rumbo era el pantano, dejó irse al vehículo al centro del mismo; se bajó y se fue, a sudores entre el barro. Renunció al diario y denunció al mundo, la obra programada borraba comunidades rurales humildes, ya que encajonaba el correr natural del agua de lluvia.

Cumplió su promesa. Amplió sus fotos testigo y las expuso en las calles del centro de la capital.

martes, 17 de agosto de 2010

Combustible originario










     Achique de islas. Hilos de agua escondidos. Un delta de silencio, hablado por los pájaros y los remos del viejo Bartolomé. Viene entre vientos de octubre y frescos de soles. Lo veo, llegando a mi muelle.

      La vida y sus ancestros se le han quedado en el rostro, dibujado por hendijas y marrones, como quién vive en el barro. Pero es limpio de sonidos en su cajita interior de resonancias.

      Él pesca. Para comer, para ganar jornal y para recordar; esas fantasmagóricas historias de su abuelo en aquel puerto africano de pescadores. Siempre le contaba. Ahora, Bartolomé me cuenta a mí.

      Sentados acá entre atardeceres donde se compran sin un centavo cielos rojizos, lloviznas de cuentos y flores azules de las hortensias. Estamos colgando los pies sobre la viveza del agua; pasando un mate de boca a boca; tentando mosquitos y respirando juntos. Te dije, me mira y yo tiemblo. Siempre fue así, cada semana a su regreso, al habitarnos juntos; soy un aljibe de mariposas.

      Te dije, repite, del sueño que me persigue. Hay un mar callado, voces de niños, es afro la luna afro la playa y yo no puedo tocar los atabales; algo me acosa y grita dónde están tus manos, tus manos, mis manos.... Me duele real, este no lograr retumbar un parche, por eso mi carencia ancestral se mete en el sueño. Tengo el paisaje…es mi no poder ponerle música… y hace silencio

      Cae una hoja, siento que el mundo incomprensible me cae encima; entonces se despide, y sí, nos besamos. Vivo con él casi desde que nacimos.

       Vuelve a sus remos, aún le falta vender la carga; me levanto, empiezo a caminar hacia la casa. Cae otra hoja, percibo, dioses distantes y nosotros humanos, hacemos el milagro de comprender nuestros minúsculos mundos nativos, hacedor paridor; este que veo explotando huerta y orquídeas a mi contorno. Y allá lejos poniendo tambores en los remos de mi Bartolomé. Lo tiene logrado suenan afro suenan a parche negro al golpear sobre el río. Ya no será perseguidor su sueño.

      Tendremos noche para ser unitivos de cuerpo y apareo.

      Sonrío y comienzo a preparar nuestro pescado.


imagen: "sorgo rojo" de m. casas

domingo, 8 de agosto de 2010

Jesucrista










      Goteaba su sangre, sobre una oscura vasija de terracota. Podía discernir aún. Se preguntaba por qué ese árbol gigante, de un supuesto cactus de maceta. Por qué en la casa de un pequeño patio. Por qué en la noche fresca, de este verano saturado de vida barrosa, se cayó de la farsa; recordándole las vidas continuas de errores y faltas; de padres a hijos, de ignorados genes hablando por nuestra boca; golpeando herencia hasta dejar un dedito torcido o una torcida violencia. Cachetazos. Borrones. Y cuentas a empezar en sartenes poco usados o braceros con grietas de tanto hervir para sopa; porque también esta vida continúa con o sin su sangre circulando presa en las venas.
    
      Su sangre goteaba.
      Había virado el segundo de su pensamiento, se quedó sólo un respiro colgada de aquel punto negro de causas y consecuencias; olvidó
el árbol más aún las espinas, ácidas, bruscas, amontonadas; troncos de punta de cinco centímetros.
       Ahora; estaba incrustada ahí. Sintiendo el atrape, sintiendo escurrirse roja mojada, sintiendo que ya poco percibía en la cárcel encajada
a casi toda su entidad humana. Coronada de espinas como redes de trampa.
       En sudor y delirio, pasaban asombros de imagen, la pollerita amarilla con la alegría soleada de lentejuelas, la vocecita que aún no sabía de palabras gritando ¡una araña!, el velo de novia, la gervera roja, la escena de empalme que le movía su pubis.

     Sangraba en gotas, como al instante llovían aguas en gotas, goteras de universo en torrentes sobre ella. Bendice, bendita; afloja las rejas, apaga el ardor, despierta su letargo. Lucida.
     Un tirón de mil muelas sacadas, un tirón en pujo de fórceps, un tirón  del tirabuzón de la vida que le pone el tapón a la muerte.
Despega; ya no gotea, su vida no se va del todo; comienza arrancando sus ropas lamiendo cada agujero de su cuero herido. Desnuda y la lluvia. Se lava, duele, duelo a fondo a mente a vida continua que continúa, a curar a cicatrizar; a mirar la noche suya, sola con la sombra del hombre que extraña. Vivirá  y es verano.
     También vivirá el árbol, ella no es venenosa.

     Entonces se abrió la noche y sobrevino la ofrenda, cerca, al fondo, contra la oscuridad entera y sonora. Se levantó ella hembra mujer, que llegó a casi muerta y volvió a escuchar la voz de su hombre, continuando sus vidas, que corteja y llega.




imagen: afiche de película "espinas" mexicana

domingo, 1 de agosto de 2010

La niña del miedo











    Santa Sombra, estaba en esas tardes mansas. Pocas casas enracimadas sobre el giro del camino donde viejos árboles espesos, fundaron sus primeras sombras cercanas a la arena; sobre una orilla de mar, aún no aventurada de pasos y dineros.
    De ahí el nombre del paraje, se lo dieron los padres de Juan, los primeros en llegar y enamorarse de ese remanso. Ahora él estaba solo en la casita primera, la de dos plantas, ésa con escalera de madera en la que había vivido en cada escalón un sueño de partidas y llegadas.
    Farah y Mahud hacía años eran sus vecinos, los de aquella construcción con torre y diagonal en teja, poco hablaban; pero mostraban una manera de flotar bajo las hojas, de buscar conectarse con musas esmeraldas, de oír una cítara lejana y un inclinarse en el saludo.
   La edificación de al lado era la más alegre, una joven tarareaba con el sol prepoteando madrugada y llevaba su sonrisa metida en los ribetes coloridos de su ropa hasta el mar, donde caminar y perderse era un motor extraño en sus días: Nadie se había preguntado nunca que querían perder los pasos de Maritka.
    Alguien más estaba en el cuadro casi pueblo.
    María, la niña muda, impávida en su mirada, en el tesón austero de sus ropas en el turbio contenido de sus ojos y en la boca. Su boca, que nada sabía de sonidos anonimando palabras. Quizás era que sólo por su boca lloraba pero el ruido de esa tormenta la podían contar unicamente sus ojos.
    Ella contrastaba con todos y sin embargo era parte de todos, en realidad cada casa era su casa y de cierta forma, aún era uno de ellos algunos días.

    De cómo fue Juan cuando llegaron, solo cantaba alegre, aventurero; puso nombre a las sendas, a los nidos, a las olas y a sus hermanos a medida que fueron naciendo. Los escalones de madera lo embrujaban, contemplaba desde cada uno horas distintas y marcaba en ellos lo que lo atrapaba en devoción. Se fue como sus hermanos empujado por lo que creía debía ser. En la ciudad eligió estudios y facultad.
   Nada fue como en el pueblo, eran tiempos políticos fuertes, pertenecer al centro de estudiantes, proceso militar que ahogaba todo grito de cambio. De aquellas sesiones de mirada que lo fascinaban pasó a la lucha grupal por lo social. Sentía que el mundo era como su escalera, un espacio de maderas nobles en igualdad para observar, con tiempos de búsqueda y llegada; nunca para deshacer y vedar.
   Allí dentro de él, vivió María no como niña sino como miedo mudo, por eso después de escapes a la tortura enajenante; sin explicarse el por qué yo logré sobrevivir; volvió con cuarenta años a Santa Sombra donde a veces esa mudez interior de años, aún lo ronda. Había deambulado años en preguntas incluso en dolor por su familia ausente en exilio forzado.
    
   También en sus vecinos hindúes, suele habitar María, casi no logran revelarse como están vivos y gozan ese paraíso de Santa Sombra.
    No les fue fácil huir, cuando Farah fue impuesta a matrimonio negociado desde su nacimiento, entre familias de ralea en su país; Mahud hijo de un artesano no debía tener la osadía de cruzar amor entre ellos. Pero sucedió. Escaparon casi niños, en un carguero chino. Entre medianoches y descubrirlos sin entender el idioma y terminar vendidos en Calcuta, pasó una eternidad y un segundo. Prostitución y servidumbre. Red de tratas humanas. Maduración temprana y desarraigo, fue allí cuando María y su silencio, se añadió a ellos en miedo. Prolijamente aprendieron a programar un sueño de autonomía. Y fue su última escapada, tenebrosa perseguida. Serían de sus vidas, dueños. Con huellas en sus cuerpos y ahorros escasos en sus ropas, se encontraron comprando pasajes de tercera y una libertad de primera.

    Maritka, había elegido el país, el paraje, es feliz; como entonces tiene a María algunos días dentro de su piel, cuando camina sin tiempo a lo largo de la arena, incansable en extenderse kilómetros a orillas del mar. Allí deja de cantar, deja de ser feliz y pide perdón a su tierra y a sus jóvenes camaradas por su cobardía de huir ante el fracaso de la nada. Guerrillas y odios separatistas, su orfandad, la impulsaron a callar sus planes ocultar su comida e ignorar, viajando lejos, lo que había muerto mil veces en cada lucha armada inútil con tendales de cuerpos y de hambres.
María fue aquietando su tormenta en los ojos adentro de cada uno. Mientras pasaban años. Ya no se la ve en el cuadro de Santa Sombra.

   Hay algunas casas nuevas de contemplarios como Juan, que es igual que decir meditadores como Farah y Mahud o caminantes como Maritka.
    Llegaron por algún motivo con una María muda dentro para lograr darle voz e integrarla a ellos en curación colectiva.
    Los hijos de Juan y Maritka ya aventuran caminatas de arena y ponen nombre a las cosas como sus padres; los pequeños hindúes son sus íntimos compañeros de sus gestas. Casi se sienten los fundadores de las risas nuevas.
    La más pequeña dibuja mientras el cascabel de su voz no deja de volar alientos a los senderos y a sus hermanos, escuchas ansiosos de esos sonidos brillantes, festejan sus incursiones de pincel y lienzo. Entonces ella triunfal levanta el cuadro donde hay una niña vestida de rojo, llena de risa y ojos de luna, soles, pájaros y espuma; como las marcas en la escalera que hiciera su papá.
    En tanto los otros la aplauden, cuenta a los gritos, feliz, ausente de miedos; la nena que pinté se llama como yo, María.


lunes, 19 de julio de 2010

El último gran mago











       Dulce espera. Espejos siniestros. Diagnóstico de imágenes.
       Frases. Modelos del decir  y del ser. Clínicas de la historia. Historias privadas, secretas y a veces siniestras como los espejos; que nunca nos fueron contadas: Reales. A fuerza bruta de verdad. Retazos nos llegaron; y de costura entre ellos, un hilo de mentiras acomodadas a los  fines de contadores permitidos.
        Manuel y Dolores quedaron en ese pasaje a lo no dicho. Él por austero, por protector de pueblo recién iniciado y del otro ancestral originario con autoridad pública de territorio y raza
        Manuel no quería la guerra y debió ponerse el disfraz de comando. Entonces su conciencia jugó en limpio y su privacidad con Dolores quedó lejos. Hay amores crucificados y lenguas espinosas que hieren por cerrarlos
         Manuel en el Paraná y una bandera. La primera casi extranjera, la única hoy que nos cobija.
         Detrás aún en su muerte. Dolores lejos.
         Detrás aún de su muerte, la wilpala, bandera que de raíces lleva colores de la tierra madre Pachamama y del último gran mago, el inca Tupac Amarú

Si editáramos junio? 
      No por nada Belgrano Manuel, puso su muerte para evocar el día de nuestra bandera, sorprendentemente al inicio de cada año nuevo “Inti- Raymi” para los originarios de Suramérica. Solsticio, 21 de junio, llevan hoy 5518 años de existencia. Y apenas un Bicentenario en el siglo XXI de otra nación sobre esa nación, que nos regala si queremos oírlos, toda su sabiduría y su cultura, aún no reconocidos como habitantes de primeros derechos.
      Rectifico, Manuel también fue un último gran mago.
      Será por eso que en Jujuy existen los Milagros. Con la Puerta del Sol otra vez abierta.

      Cruzando el Atlántico aún existe otro último gran mago ; de tanto resistir y jugarse por su raza veinte años contra rejas: Mandela y la tierra de Sudáfrica. Es tiempo de reconocerlos reales, en la vida, hay muchos más. No solo el último gran mago fue Houdini en su ficción.


lunes, 28 de junio de 2010

Futuro pasado mío











    Vení pequeña Pompadour, sacudite por un rato el papel picado, sentate, ¿puedo contarte algo?
     Dicen, ¿sabés? Que el rosa es de nenas, de sueños, de horas ingenuas; así como la tela que está en medio de tu disfraz. Curiosamente te pasa por los botoncitos de tu pecho, el centro de tu cintura, acuna tu vientre y casi como sagrado o salvaje te tapa agujeritos, te roza de seda los pies. Que sí que parece un milagro este cuento; porque veo tus blancos zapatitos tirados, que me gusta que me escuches descalza.
     Te hablaba del rosa y de tu vestido, porque…

     Érase un abanico que te tenía por dueñecita rosa…Cuando pasó tu edad a ese color se sumó el verde como tus ojos, amaste los horizontes abiertos; entonces ya no te ponías en la piel disfraces sino que buscabas espejos.
      Espejos de veras, de agua de ojos, de papel escrito de sueños de trigo, de lazos de sangre, de pares, de pueblos con pies liberados. Caminabas y aprendías, descubriste la arena, el asco, el deseo, el sudor de ganarse comida; el apuro por ser lo que decían se debía ser y la sublimidad de ser madre.
       Sí, caminabas pero también te caías; con el tiempo que pasa y se queda, se va y no vuelve y que al fin no cuenta porque nuestro tiempo en realidad es cada día, una gota, una gota como un día, a día, a día…
       Dicen también que toda fruta: madura, que toda raíz: subsiste; que la vuelta a la tierra siempre es posible; entre topadas, arrastre y corajes, en esas gotas cada día…Encontraste, aquel minuto de huída y regreso.
       Sumaste pulpa a la carne viva.
       Y al verde se agregó otro color, este que es ahora tu piel a punto…y  seguido. Sumadas tus tintas escribientes, a seguir sin puntos suspensivos.
Colorín colorado…la niña rosa, es ahora una mujer roja. Vos. Hoy. 

       Ya vez, pequeña Pompadour de mi foto, acabo de contarte tu futuro pasado mío.
 

martes, 22 de junio de 2010

Descariciada











     Me mata Damiana. Su mirada, su gesto, su pose desprotegida e indefensa; me mata. Qué nombre tendrías Damiana desde tu etnia aché. Quizás tu tribu, esperaba hasta ese año, en que te ahuerfaron de todo, para definir como llamarte de acuerdo a tus maneras y tus dones. Seguramente sería bello ese modo de nombrarte, porque seguramente eras una niña amada y amadora, feliz. Tan genuina e inocente entre tu tribu y la selvavirgen, tan virgen como vos, Damiana. Si te hubiese encontrado como en esta foto, que muestra la tortura que le hicieron a tu esencia libre; desgarrada de pertenencia, de madre, de voces y lengua, de cultura y paraje. Te hubiese nombrado Lágrima, Dolores, Descariciada reina.
      Hay que ser animales humanos, bestias; para no conmoverse ante vos, viva, para que aquellos te consideraran Nadie, menos que ninguno, más que para ser esclava y  para  interés de los mengueles de la ciencia, de los putos museos de seres como nosotros mismos. Que pasaría Damiana si mañana yo fuera la muestra en un observatorio de Júpiter, el esqueleto sin cabeza arrumbado en una bolsa, un dato en un papelito que le cuelga. Que pasaría humanidad, si todos nos convirtiésemos en cosas ocupando una vitrina, qué justicia te usó Damiana. Qué justicia nos desusa y desusamos.
       Mierda que me duele, que me avergüenzo de mierda ajena. Mierda que pido perdón por los cómplices y el silencio. Mierda que esto se sigue repitiendo con otros nombres de las causas, con otros nombres de los individuos, cáusticos asesinos que no merecen ni tener cráneo ni vida nacida. Percibo que te amo, mi niña.Necesito extenderte mis brazos, para consolarte y abrazarte.

      “No sería lo que fui si hubiera vivido la paz de mi grupo. No sería la esfinge del no entender y pedir a grito por las manos que siempre me tocaron de parida, por el pecho que aún me daba leche, por las hojas que me hacían de vestido y unas cosquillitas de narices que mi  madre , mujer niña,  me hacía y nos reíamos. Su olor, no me puedo despedir de su olor, tan mío y tan de ella, tan raíz y pulpa y abrazo y cuidado.”

      Su voz  acaba de dictarme el párrafo, no se si en su idioma o en el mío; pero llegó. Seguramente este aroma a flores blancas viene de ella y de su largo pelo que no debieron ultrajar. Gracias Damiana por ser tan intensa y dejar que te sienta carne fuera de la foto. Merecés la vida y tu reencuentro.




disparador: un artículo de Osvaldo Bayer: “Damiana” 1893-1907
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-147899-2010-06-19.html

lunes, 14 de junio de 2010

Tarde, hora tres









        Como siempre el deseo. En la humedad que deja el sol, con espumas que fosforecen. Es bueno para Lola llevarse a los ojos esa muchedumbre de estrellas que tiene por techo.
         La música de la geografía es humana compañía.
          La música de Dante es mejor compañera aún, piensa.
          Pero él no está, ni la puntilla de arena abrazada a las aguas, ni la llanura después, ni el río lo traen.
          Prefiero el día con sus trajines y sus expediciones, logra mis laberintos abiertos; en los enjambres de alamedas con alas vigías y conciertos, en los hallazgos mudos de los médanos. Imposible no revivir un viejo anillo de tres círculos con vida brillo en sus diminutas marquesitas.
           Lo había encontrado a él allí, hace tanto de tiempo, con su ajetreada guitarra, sus vientos de voz y el mencionado anillo que descubriera días antes, perdido, anónimo; le fue regalado.
            De tres círculos. Vivieron juntos en el primer círculo, en el segundo se fue a Buenos Aires.

Hoy Lola refleja en la ventanilla del tren su gesto de ausencia.     
            Llegó a las calles de esa urbe ciudadana, que se la devoró antes casi de percibir que eran las tres de la madrugada; solo gatos, sombras y algunos olores, entre necesitados de la basura para sobrevivir y algún rezagado de por vida durmiendo su vereda rincón; o de momento mal elegido destartalando su ser adicción o apresurando miedo para llegar a su casa. Transportes casi nada.
            Tomó por el medio de la calle, que le devolvió ser libre.
            Como siempre el deseo. Entre silencio y vigilia, recelo y edificios a persianas cerradas, lo buscaba a él. Tenía un dato, un barrio, un número. Mejor, en esa plaza el aguarde, en ese banco dormir.
              El día la inquietó, ni abrir los ojos, que una multitud de idas y vueltas la rodeo, la pasó, seguía. Bocinas y frenos la única música.
               Ahora sí, iría a encontrar u casa, un cielo libre, unas risas rojas de niños en juegos, los verdes soleados y el traqueteo obrero, le dio envión de pasos.
               Llegó, el cartel decía, dice, leo: se alquila. Lola congeló su deseo. Preguntó, buscó noticias en un bar. Nada. Abrió un negocio a su lado “venta de cosas usadas”; ahí estaba la guitarra de Dante. Entrar saber, morir; Lola compró el instrumento, unas flores y en la calle esperó. Sabía que iba a encontrarlo.

                  Dicen que el camionero no pudo frenar.
                  Dicen que eran las tres de la tarde.
                  Dicen que fue en el tercer círculo donde el deseo los dejó entre las muertes.
                
A todo sol en esta hora estarán mis laberintos abiertos, Lola impresionada aún del salto hacia atrás, de ver flores y guitarra muertas en el asfalto; se impulsó camino en reversa. Ya viaja en el tren. En la ventanilla refleja un gesto de no espera, una sensación de apuro por volver a sus fuentes y no dejar huir al deseo. Mientras Dante en aquel negocio de venta de cosas usadas, se decía que su ser errante, había des usado su vida otra vez.


imagen; "reina de alameda" de mabel casas

domingo, 6 de junio de 2010

Tampoco volvió








                                                                 "Canta el pantano,
                                                                  arden los árboles, "......
                                                                                 Blanca Varela


       
      Tarde la puta salió ese día a su trabajo. Sin ganas ni mangos, por  su cuerpo ni en los bolsillos. María tenía de tiempo
el alma seca llena de rastrojos. Vivía entre flecos de ropa distante, de otros días cuando el amor era suyo y su cartera quieta en un cajón.
    En aquel entonces la casa era oasis, plantas luces, mantel para la cena y unos escasos diecisiete años saliendo del secundario. Leía viejos libros de pensamientos, quería descubrir como era no tener dueño y elegir su vida. Otras noches sacaba de su mesa de luz, visiones de utopías latinoamericanas, y alguna vez peregrinó por ellas con el hombre que acompañaba su vida. Un día cualquiera se lo llevaron.
     Después de la falta nada. Caminos en puertas palabras rogadas, y ella, con las frases de sus libros mezcladas en la cara no entendía, aún cuando debía esconder sus propios huesos, para no ser también, una menos.
      Años pidiendo paraderos. Años lentos, quietos, sospechosos años sin respuestas. Perdiéndose de su familia por la urgencia dela búsqueda.
Desbarató casa, vendió libros, cama y colchón del amor atestiguado. Le quedó un vacío de cocina, en su bolso y en el ser.
      Sus ojos, en los pañuelos.
      Se recibió en caminante de cartera colgada y sin que alguien le avisara se estableció en puta por hambre, en mujer de minutos sin libreta; en la muestra desvariada, que le dejara el desatino de vidas tomadas en arranques de poder.

Vivió pisando simplemente, las orillas de su propio pantano. Ése que le cantaba al oído: olvidá el ahora y metete en la piel el agitar que te daban las llamas, cuando ardían tus árboles, María…



imágen: de gstern "carga"

domingo, 30 de mayo de 2010

2010 Mayo 25









Buenos Aires, tango, y el movimiento por la calle. Bandoneones tocando sobre el techo de los taxis, negros y amarillos, son un semáforo en otras dimensiones en coincidencias de colores poca; pero un parate a mirar, ni prohibido ni suburbio, raíces, de la calle en la calle, parte de pueblo y laburo, parte de ruedas que algún lado llevan. Esta vez en negro y amarillo, esta vez en plano libre. Entreverando el loco de la balada de Piazzola y los pasos eternos de Discépolo, con los tacos en la danza y los dedos de un Salgán con la voz de Goyeneche.

Y la historia real pasando a los ojos y haciéndose memoria carne. Con un coro gigante y presente, llevando ausentes y futuros en la boca.

Un pasaje diagonal, un paisaje de bicentenario federal, un lazo latinoamericano, un sello de pueblo que no puede seguirse llamándolo “gente”.

El semáforo marca abierto nuestro paso.

Atención.

Ver detrás de los amarillos y no dejar que nos sorprenda el color del peligro.

Nunca más.


lunes, 24 de mayo de 2010

Devolucionarias








Clavo y canela. Jengibre y romero. Inés llevaba su grito en la feria. La devolucionaria aún no sabía que lo era.

Romualdo saltaba entre los puestos, ligero, ágil, casi patas de gamo en un prado de verduras, frutos y corrales de gallinas, Necesitaba como cada día estar cerca de esa mujer, dulce olor de especies. Él desconocía su valor, no se sabía hurtador y menos mensajero devolucionario.

Esa ciudad latinoamericana, no aceptaba el esfuerzo de los pobres por el pan. Nada de ferias decía el dictador, ahí se enciende, más que un horno de barro; es la curtiembre de la rebeldía, si se juntan, hablan; no cocinan pasteles. Aprenden del otro los ingredientes de hacerle a la libertad. Destruyan los pregones, los tablones donde ofrecen sus huertas. Acallen el murmullo, siembren miedo entre los corderos antes que el juntarse al cabo de la calle, los convierta en lobos defendiéndose. Maten a los protestones, esos son carne fresca para el fuego que puede dejarnos sin leña de predominio.

La ciudad no adivinó que sería caos.

El de las órdenes, soberbio, no se vio fuera de juego.

El mercado de los paisanos, gestaba sin fin ni a sabiendas, una trinchera de rebeldes. No lo era, ni sabía, que lo harían muerto y sepultado entre destrozos, a causa de la turba milicada y entonces sí, sería.

En el instante del revuelto, Inés se tomó de sus clavos y canelas, tropezó con Romualdo calabaza en mano a título de protegerse, extraída de un puesto en la corrida. Enlazados con otros corrieron a las afueras, un lugar entre ruinas precolombinas los escondió por un rato.

Nació la devolucionaria, la resistencia. La manada de corderos al grito de Inés, fue clavo y canela. Clavos para quién procesa, destruye, odia; fajándolos en cruces de la nada. Canela para aromar nuestra desesperación y muerte. Porque muchos no podremos sacarnos las balas y muchos en la lágrima iremos adelante, con la energía del dulzor de la canela.

La selva quieta , inocente, ocupando geografía, cerrando espeso hacia el sur del territorio, no sabia, ella tan plácida, verde, agua canto de pájaros; nunca cruzada por las voces del humano, que sería vida para contenerlos. Fue campamento, cárcel, movimiento, reducto intrincado de fusiles, rabia ardiendo en las manos de aquellos del mercado; poniendo la base de ser selva gestora del caos que la ciudad conservadora no esperaba, por los cambios que se hacían urgencia.

Ni ellos, ni el tirano y sus chupacalzones, ni los ambiciosos de las casas señoriales, sabían aún si el movimiento “Clavo y canela” sería el cambio con claveles, la devolución deseada, o la muerte entre medio de esa diosa pachamama que llamaban selva

lunes, 17 de mayo de 2010

Siembras de estilo







“Ningún reloj dice cuando es tarde

o cuando es temprano”… publicidad

Veía en reitero aquel tapiz rojo, en su dormir. Poblado de abarrotadas hojas entre relojes parados a vagas horas. Todo rojo, siempre rojo.

A ella la visión se le quedaba prendida al despertar, complacida de permanecerse en un bosque incierto, Quizás eran plantas de relojes meciendo la vida sin tiempo, reflejando que nada se marca a reglamento de un tic tac. Y allí las hojas carmesí eran agua de colonia para impulsar el día, encendido en desayuno, pasional en decisiones.

Claro es que lo onírico se esfuma pronto, al salir nomás de su puerta y ver la calle casi vacía (pocos vivían ya en el pueblo) y los árboles con invierno sobrepuesto desnudaban a cualquiera. Ni las hojas de su tapiz sueño servían a las ramas secas y a su cuerpo.

Un chirrido. Alguna bicicleta pensó. Pero al girar la esquina, una marcha de amapolas prendidas en las solapas de los hombres, peces alegres saltarines nadando y jugueteando libres de uno otro, en los bolsos transparentes de las mujeres. Una banda de niños músicos reían, llevando detrás de sus instrumentos mariposas atrevidas, tirando al aire coronas de reyes depuestos. Todos llevaban cintas al viento. También rojas.

Surrealista, se dijo, he entrado en delirio. Sin darse cuenta tomó un extremo de esos lazos y comenzó a recorrer con su tacto lo que veía, es real le informó su mano, aunque se lo negara.

Cuando la caravana llegó a la única plaza, comprendió. El tapiz que soñara tras sus noches repetidas, colgaba de un atril.

Le explicaron que entre todos lo habían ideado; de esa manera luchaban contra la vejez del pueblo, contra la hora de irse, contra el color congelado del frío.

Y ella se descubrió junto a los demás, proponiéndose tamaña labranza; ponían infinitos y sucesiones, con actitud, para que nada sea demasiado tarde o demasiado temprano.


domingo, 9 de mayo de 2010

Tenacidades










La cosa era una sesión continua. Dicen, y le decían, incluso le dirán que la tatarabuela ya lo había heredado, que es un bien prendido a ella a sus sucederes y sucetorios. Cuando lo recibió en sus manos, esa casi niña de trece en este pueblo perdido y acosado igual por los vientos del anestésico consumo; de una músicasinparar sin razón de raíces; ella Micaela, lo había dejado en medio de su bolsa de chala, olvidado de sus ojos.

La vieja Eulalia, su abuela, aún gloriaba con su telar y su arte, gustaba el silencio. Me deja caminar mis armonías de lana, decía. Por eso repetía “si se callase el ruido” ante el tumulto indiferente del antiguo aparatito que consiguiera su nieta para oír bailando, que no era canto de la luna ardiente de su cerro.

Amanda, la madre; como de treinta, trabajaba afuera de sierva todo terreno. Hubiese querido ser ambas; en sus mundos, y no tener que soportar su propio ruido interior acuciándola desde y hasta el cansancio. Tenés que vivir no te dejes robar el tiempo en que florecen los lapachos, le decía su proio deseo. Soñaba volver a sentir con Pedro, eran tan recién criados al conocerse, él le dijo cuando bajas a la fuente de agua con tus cacharros,me vais poniendo siete colores en los ojos y te miro mojarte las manos. Podríamos juntos vivir mojando las manos cada mañana para poner el día en nuestras caras. Con eso la había conquistado, y ella lo amaba a pesar que casi no se veían. Pedro andaba en grupos, haciendo papeles de reclamo, viajando a la capital a redenunciar las invasiones y olvidos recibidos por el pueblo pilagá.

Formosa, es así, olvidada casi, usurpada y explotada por extraños, como la música de Micaela. Al parecer aceptado por poderíos y conveniencias de turno.

Hacía frío esa noche, las tres mujeres se juntaron al plato de sopa y al fuego. Preocupadas por que los hombres no volvían. El amuleto, recordó Eulalia; con espanto la niña y su conciencia gritándole propia memoria escondida, danzaba de pronto como tambor de tribu, como pedido de encuentro raíz; buscando eso que le habían sucedido en manos.

Es importante susurro su abuela, encendió una ramita de romero, hasta que en seriedad no acostumbrada Micaela se arrodilló ante ella con el amuleto. La tres ahora en cuclillas frente a él, contaron sus historias de tribus relegadas, le encomendaron a los hombres, y rozaban sus marcas maduras.

Cuando amanecía de los huecos de esa pieza traspasada en tantas manos ancestrales, parecieron nacerse ojos, que les decían no tengan miedo de mi, entre sus reflejos. Soy parte de ustedes mismas, la fuerza que les doy, nació dentro de sus cuerpos al ser paridas.

Ese instante, ese rito patrimonial de tres partes de la familia, casi de un mismo cuero, hizo que Micaela entendiera sus raíces; no dejará nunca de llevar a su cuello, el amuleto.

En la Capital, Pedro y su grupo, sintieron que los brazos de sus antepasados los estaban conteniendo en la contienda de palabras por defensa de sus tierras y su origen.

Quizás podrían volver y no regresar a ser masacre.


viernes, 30 de abril de 2010

Blanco negro rojo. “




“ la decisión de ser es siempre un riesgo”…

oído en el film “el exilio de Gardel”


Pureza blanca. La de Juan y Delfina, entre el balcón de las flores, entre el mar de las infancias. Ella lo besa, el le regaló una rosa.

Cuántas llaves corren el tiempo de las nubes. Ambos crecen mordidos por realidades manchadas de colores que se fueron a lo oscuro.


Delfina camina la vida pesada de memoria, si la ves no reconocerías aquella luna infante del balcón. Sus andares son felinos, trozos largos de cabello como en guerra, poca ropa. Una mirada que taladra, un miedo que se guarda detrás de toda la provocación de que es capaz.

Adentro. Adentro de su cabeza un martillo de suelas pisando sus sesos y pretéritos; que aúlla ante los ojos de un hombre que no puede encarcelar, juzgarlo para siempre lejos de sus vísceras en la cárcel donde excluyen a los traidores de la entrega, la toma y en violencia.

Juan escribe, casi no recuerda ni el nombre de la niña del mar; pero no deja su verso (sin contárselo) de traslucir el blanco en las manitos de ella y su aliento en la mejilla. Aunque cada poema termine en piedra, en proclama, en la muerte de la ideología cansada de ser la causa de estar sólo entre cementerios fantasmas por la tierra nueva. Juan siempre escribe.


Es de noche, la decisión de volver a sentirse vivos, impulsa a los dos. Fogata abierta, puertas contiguas. No se conocen, únicamente tiran al fuego fotos, grietas, cuerpos tomados, odios, pérdidas, indolencias, dolor.

Se acercan a sus puertas, livianos. Hola soy Delfina cuando sus ojos se encuentran. Hola soy Juan, voy a escribir esto.

Una vez me regalaron una flor blanca con tu nombre. Una vez me dieron un beso con el tuyo.


¿El tiempo, el fuego, existe? Caminaron al mar, allá en los restos del balcónde las flores, pensaronque tal vez eran aquellos y que tal vez laspalabras había que volver a gritarlas conla boca, no solo escribirlas.




foto: fotógrafa canadiense Richére David


lunes, 19 de abril de 2010

La libertad de las pájaras







La jaula; en la agonía de su mano y la tensión de todo su rostro. Una esfinge entre negruras y sin embargo, estallan los colores de sus senos.

Si era una pájara libre, por qué las rejas. Por qué no abrirlas a la noche y seguir el inestable canto de un ave escondida en el misterio de su ombligo.

Se vio a sí misma, rompiendo la mortaja. Era bello el pudor de su pollera al batirse con el viento, aún quedaba la aridez de su cabello.

Buscó las duchas, entre brumas, sintió la libertad del canto-cántaro. Desde lo sísmico de su vientre algo titubeó, le gritó el tiempo la no culpa, el desafuero y una carnecita con futuro.

Escudriñó un rincón con olor a cueva, a mínima protección inventada a madriguera; se tiró al cemento partida por los pujos, las piernas abiertas y la hija naciendo.

Envuelta en la pollera, en rastro de sangre placenta; van sus llantos, el de ella y de su madre. El pasillo, la puerta la huída que sabía perdida. Un traspaso apenas entre hendijas.

Corrió aquella transeúnte sorprendida por el montoncito insólito recibido, con urgido ruego. Váyase, entréguela a Rosa, Libertad 78, Avellaneda. Vuele, dígale que la nombre Alondra.

Era otra pájara nocturna, esa mujer aturdida en la calle, mientras resolvía su vida buscando un suicidio entre basuras; supo que ese sería su más alto vuelo con la vida nueva como carga.

Allá, la madre descubierta, un tiro y su militancia en duelo desde su brazo alzado; cayó con la complacencia en su boca. Muerta. Y con su hija libre camino al amor de Rosa, su abuela y su nido afuera.



foto: "allá la luz" de lisandro

sábado, 10 de abril de 2010

Poder residual









Esa basura despechada. La esquina despojada de aire fresco, doliendo una invasión indiferente de bolsas premeditadamente anónimas, calculadamente devenidas también de mugres de mentes ciudadanas.

El mundo escombra afuera de su casa, pasa sus roñas ya no debajo de la alfombra. Se desentiende; y la esquina, los seres claros, los pobres de mesa, los guerreros de utopías; pasan a ser la alfombra de los cubículos privados no privados de caudales.

La sombra suntuosa del country no le alcanza a Rubén Rastreri, para sentirse protegido. Contrariamente don Nicolás y doña María abuelos de los cincuenta, eran felices a la sombra de su paraíso en la vereda del barrio humilde “La colonia” de Quilmes; no los calaba el miedo ni el olor de la basura porque la usaban para turba, alimento de animales y reciclaje.

Otros medios entonces, sanitud de pensamiento, acompasado con la mano tendida entre vecinos y el sudor de un trabajo continuo por módica paga.

Otros medios, hoy, mediáticos, consumisados, mercantilistas, exclusivos y televisados. Basura. Para matar las esquinas donde la gente se reunía conviniendo charlas poli sanguíneas sobre música, deporte, ideas en política, oportunidades, solidaridades, proyectos compartidos y sus amores.

Las oportunidades siglo XXI, son para oportunistas, la fama no es puro cuento, porque lo trasmisible es ley barata, es ley y basura, es ley y dictamina. Entrona o desentrona acorde a su ley de mercado. Si fama logra, logra poder.

Rubén Rastreri opina, entretiene con fastuosidad fatua, con burladores y burlados con baratijas, mientras ejerce dictadura ante sus propios vasallos a cambio de ingreso seguro y abultado. Se entroniza y por los misterios develados a quién quiera ver, de lo global globalizado como mafia que embarra hasta las esquinas; por sus intereses de lobistas, por políticos que corren y corrían carreras tras su silla por ir a Sevilla, los que gritaban a “boquita” con la foto de Evita siendo en conveniencia empresarios de la mentira, o los que de piojos se diplomaron en divos de TV; eso sí, de sólido crecimiento de sus cajas.

Por estos fenómenos, el misterio sabido de causas por unos pocos, pocos oídos por el resto que se convierte en su público incondicional (tanto le carencia aún al pueblo educación y ejercicio del libre pensamiento, como a otros bajar del pedestal de la riqueza individual y vana), lo siguen, le responden, le creen y lo hacen il capo capitalista y un pobre sufrido habitante del barrio cerrado custodiado escondido, por que lo obliga inseguridad “la basura” humana.( santas palabras de excusativa).

Rubén Rastreri, dice era humilde, dice de madre y padre drama, dice de sus hijos y parejas todo permitido; pero miente, miente al que fue, al que parió su madre. Factura y condiciona a ese otro él.

Ese día de entrevista periodista en su “hogar”, colgada de lo que más vende y apoya al mensaje de cierta prensa. (Todo en la misma bolsa de residuos.). Sucedió que en medio de su arenga de sabedor de máximas “sanmartinianas”, de logia pertenecida en soberbia de puntero y no de aquél héroe; un corte en las centrales exclusivas del barrio privado, provocó las sombras absolutas, otra clase de miedo individualista; su vida, sólo su vida era valiosa junto a sus poderes y súbditos necesarios. Pero que allí no estaban, la noches era igual que en cualquier esquina alejada. El fuego despedía un olor profundo a basura de acciones podridas.

Rubén Rastreri agotaba sus fortalezas, aullaba, temblaba como cualquier inocente sorprendido y burlado con cámaras en su programa.; gemía a la par del periodista que lo visitaba para divulgar la “fuerza de sus sentencias”. Ambos de improviso se sentían desamparados acosados por el fuego como familiares manoseados en situaciones de duelo e impunidad y atormentados por las cámaras en cualquier esquina.

Fue un grupo de moradores de una villa de emergencia cercana y bomberos voluntarios (trabajadores humildes con sueldos magros, que dedicaban sus esfuerzos de solidaridad al Cuerpo de bomberos del pueblito a pocas cuadras, dónde estaba la esquina con la basura despechada que iniciara este relato) .Pueblo venido a menos, desde el cierre de la única fábrica cercana de herramientas manuales de huerta que por apretadas vedadas a los quinteros para vender sus tierras a precios basuras, con el fin de lotear a precio dólar y atrincherar un country ,la quiebra fabril fue lógica y lúcida.

Ellos, fueron los que los salvaron de ser cenizas; y se negaron rotundamente a ser televisados cuando sacaban a los exquisitos moradores del bunker de alta custodia; totalmente negros, tiznados eran pura basura llorisqueando, entre ellos el periodista y Rubén Rastreri.



foto: "Weir" de Jane Carr-2006

domingo, 4 de abril de 2010

Romper-rearmar









Saltaban las ovejas. Una, dos, tres no paraban de pasar. No, no pasaban; salían. Y no eran ovejas, eran personas.

Personas que salían del espejo. Como Alicias en el país de las maravillas, se enfrentaban con un hueco, un sol, los naipes derruídos, las armas de las cruces, los vientos de la reina y la risa del conejo.

Quizás todos eran hombres conejos y mujeres alicias, contando el barro en que los siglos los habían desquiciado en el espejo.

No paraban de hablar de sus memorias, de cuando vivían de este mismo lado.

Una escasa brisa y un escándalo de ruido. Silencio y certeza. No habría reverso. El espejo yacía en minúsculos brillosos sobre el suelo.

Aún mi ser, junto a otros de este sitio, los miraba; temblábamos desde ambos grupos.

Y comprendimos.

Todos.

Al fin nos habíamos juntado para rearmar del barro la historia completa, y tal vez lograr aquella risa del conejo y maravillarse todavía como Alicia saliendo en travesía contra los pantanos y las órdenes.



imagen: "el hilo de la neurona" mabel casas