
a empezar de nuevo, cada vez…
"costumbres argentinas"
andrés calamaro
Se puede caer. María tiene tesón. Los circos y las costumbres argentinas se parecen. Corrientes de abismos, resbalarse de las cuerdas con red, sin red; resistir.
Y ella vuelve a trepar. Juan sabe que tiene una tercera dimensión en su cuerpo, que la comunica desde un raro sustancial, incluso con Beethoven que le liga desde Para Elisa: el trance, la seguridad de que alguien ofreció esa música para ella, por eso la deja fluir bajo la carpa del circo. Sabe que no volverá a caer.
Por que María no tiene a nadie, se hizo familia del circo, por eso busca respuestas desde el trapecio. Sabe que por el aire están los secretos de su infancia y por el oscuro agujero negro de la caída, la revelación de por qué no sabe quién es.
Aprendió a ser, de bebé a niña en una casa hosca, mandataria; llena de palabras escondidas ausente de respuestas. Decían somos tu familia y no había un puto abrazo que lo confirmara. Percibía un odio en cada orden, mientras le repetían no serás germen de semillas fermentadas. No entendía. Y apretada en tanta represión, la adolescencia la empujó escape. De trenes a rutas, de pueblos a fronteras, de equilibrios al diario que pedían empleada para boletería de un circo. No era un gusto estar inactiva detrás de una reja, algo en sus genes la repelía. Por eso rogó a Juan le enseñara a volar, nada en miedo, siempre en búsqueda.
Su número alternaba de fondo la música de sus musas, Claro de Luna sonaba esa noche por primera vez en Buenos Aires de nuevo; bajo la carpa del cirque Soleil.
Recordó a Laura, cuando embarazada pasaba las tardes ante el piano enamorada de su música, acuciando el miedo que nunca imaginó tan monstruo. Nunca más supo de ella y su nieta, siempre presintió una niña. Corrió, corrió tanto entre cuarteles, gobierno e iglesias. Nada, mentiras de una época que la trituró como si hubiera caído de ese trapecio de la foto. Tenía en el bolsillo unos folletos que prepararan en la sede de Abuelas, con sus compañeras de búsqueda y de resucite; los sacó y comenzó a repartirlos impulsada por las notas que oía, algunos los tiraban sin mirarlos en esa indiferencia que muere la calle últimamente.
Fue una sonata, una sinfonía un concierto por todos los parlantes inéditos de las bocacalles.
Al día siguiente fueron. Otro vértigo otra cuerda, ahora sí la ansiedad, el miedo de no tener certeza y sí.
Fechas, coincidencias, ADN.
Era Elisa su nombre, la hija de Laura, la nieta de Chicha.
4 comentarios:
Conmovedor relato, querida Mabel. Se me nubla la pantalla. Quiero pensar que "ya pasó", pero tengo miedo. Un abrazo
Hola Mabel.
Gracias por tus palabras en el blog de ESFERA. Se agradecen.
He paseado por el tuyo y he quedado prendida de muchos de tus relatos. Son fuertes, cargados de una realidad que escuece. Te abren a un mundo lleno de realismo, pero que tú transformas en mágico. No en vano estas páginas son Orilla de la Cuentera.
Un saludo desde nuestra ESFERAdeLETRAS.
Luisa.
querida pamela
completamente de acuerdo con tu pensar y tus miedos.Se nota mucha cancha embarrada todavía de aquellos momentos,dando vueltas.Y no todos nosotros olemos el miedo..
otros lo fomentan o no comparten el término justicia del único modo posible
gracias por pasar amiga de este sur del sur.otro abrazo
luisa
gracias por este intercambio
ya que también encontré una senda de escritos con fortaleza al decir. en ESFERA para seguir visitando
tus palabras sobre mis ORILLAS me motivan como ecos repitiendo que vale la pena seguir intentando decir como escribiente.
cariños a todos los miembros de Esfera,sigamos el ida y vuelta si?
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