domingo, 8 de agosto de 2010

Jesucrista










      Goteaba su sangre, sobre una oscura vasija de terracota. Podía discernir aún. Se preguntaba por qué ese árbol gigante, de un supuesto cactus de maceta. Por qué en la casa de un pequeño patio. Por qué en la noche fresca, de este verano saturado de vida barrosa, se cayó de la farsa; recordándole las vidas continuas de errores y faltas; de padres a hijos, de ignorados genes hablando por nuestra boca; golpeando herencia hasta dejar un dedito torcido o una torcida violencia. Cachetazos. Borrones. Y cuentas a empezar en sartenes poco usados o braceros con grietas de tanto hervir para sopa; porque también esta vida continúa con o sin su sangre circulando presa en las venas.
    
      Su sangre goteaba.
      Había virado el segundo de su pensamiento, se quedó sólo un respiro colgada de aquel punto negro de causas y consecuencias; olvidó
el árbol más aún las espinas, ácidas, bruscas, amontonadas; troncos de punta de cinco centímetros.
       Ahora; estaba incrustada ahí. Sintiendo el atrape, sintiendo escurrirse roja mojada, sintiendo que ya poco percibía en la cárcel encajada
a casi toda su entidad humana. Coronada de espinas como redes de trampa.
       En sudor y delirio, pasaban asombros de imagen, la pollerita amarilla con la alegría soleada de lentejuelas, la vocecita que aún no sabía de palabras gritando ¡una araña!, el velo de novia, la gervera roja, la escena de empalme que le movía su pubis.

     Sangraba en gotas, como al instante llovían aguas en gotas, goteras de universo en torrentes sobre ella. Bendice, bendita; afloja las rejas, apaga el ardor, despierta su letargo. Lucida.
     Un tirón de mil muelas sacadas, un tirón en pujo de fórceps, un tirón  del tirabuzón de la vida que le pone el tapón a la muerte.
Despega; ya no gotea, su vida no se va del todo; comienza arrancando sus ropas lamiendo cada agujero de su cuero herido. Desnuda y la lluvia. Se lava, duele, duelo a fondo a mente a vida continua que continúa, a curar a cicatrizar; a mirar la noche suya, sola con la sombra del hombre que extraña. Vivirá  y es verano.
     También vivirá el árbol, ella no es venenosa.

     Entonces se abrió la noche y sobrevino la ofrenda, cerca, al fondo, contra la oscuridad entera y sonora. Se levantó ella hembra mujer, que llegó a casi muerta y volvió a escuchar la voz de su hombre, continuando sus vidas, que corteja y llega.




imagen: afiche de película "espinas" mexicana

4 comentarios:

Palabras como nubes dijo...

Excelente es poco. Cada vez que lo leo le encuentro más belleza, más crudeza, más esperanza. Me impactó, me encantó a rabiar!!!!

Abrazo y felicitaciones
Jeve.

colombina dijo...

Espinas...que encontramos a cada paso...buenísimo...

mabel casas dijo...

J&R
gracias, por leer así, con pasión
así salió este cuento con una pasión rabia...es de esos que se escriben de una, sobre todo por que conozco ese árbol de espinal real,porque me toca de cerca el dolor de la historia
el final
un defecto cursi
la utopia de cada Jesucristo/a

mabel casas dijo...

tal cual colombina
gracias y cariños