domingo, 3 de junio de 2012

Desfundación del tango













        Es como el corazón de una flor amarga. Un embelezo en el impacto de la mirada primera y después el choque. Al acercarse. Un rancio adentro. Así Buenos Aires. Se abre anfitriona, con historia, con carácter, con rincones fascinantes y carriles multiplicados; se apodera de la sensibilidad. Habla al visitante, le presta sus propios recuerdos olvidados: brillo en los carteles, música libros en bateas, soledad en cada pie. Los últimos empedrados peleando conservarse, como sus ferias artesanas o vidrieras de antigüedades. Y el tango perdiéndose en los tacos gastados.
        María lo sintió así al recorrerlo, mil veces desde que llegó; de callejones a pasajes, de Corrientes a Recoleta, del sur del norte. Divisibles rubros sociales apartados. El río de la plata siempre la atrajo, con el murmullo de no ser mar; pero contando lo que a su cause llegó, cundió, contiene contamina  y avisa. Y se fascina con músicos callejeros y los “locos” que ya han bajado su banderita, pero exhalan un fuerte olor a rotura de cuerdas de la vida y enseñan. A veces en esos instantes, la alcanza aún el tango.
        Por tanto caminar fue viendo también el eje enflaquecido y el ajenjo que despedía la indiferencia sobre él;  a los bultos oscuros de la noche, al reino de las basuras varias. Impiedad que le fueron endilgando desde el poder de turno. Era la capital de un país; ahora parecemos un país sin capital federal; a Buenos Aires lo visten de auto erigido en “me importo yo que te gobierno y unos pocos que pretenden quedar y repetir la élite de “tirar manteca al techo”.
      El alcalde. El rey. El empresario. La alta sociedad privada que priva compartirla.
La entidad ciudad no tiene la culpa, ella está, es nuestra es de ella misma, estoica, resistiendo, llamándose a preservarse sin suicidio por ajenos. Es del país completo su cara receptora, es independiente sin dueño, en tal caso los pueblos originarios, los próceres de mayo, los anarquistas de principio de siglo, los docentes de la carpa blanca, las madres y abuelas del pañuelo blanco, los niños de guardapolvo níveo de escuelas gratuitas son pasado y futuro que deben compartir con Buenos Aires junto a todos. Por eso María trabaja como orientadora social, su educación familiar en el conurbano, la habilitó; por recibir de chica el amor a los demás, la igualdad de oportunidades, el esfuerzo propio, el respeto por la dignidad,  sin tener el peso de “cuanto tenés cuanto valés.

      En las afueras, el arrabal, no aquél de los malevos de Borges. Un mundo diferente delegado, imposible de verlo, crecido en malestar, desidia, “trabajo como puedo” angustia irreparable; dejado crecer “por sin planos”. Otra capital otra lengua. Buenos Aires es allí un león herido un muro de los lamentos y frontón de entrenamiento, un foco para negocios al paso, un culto de sapos hirviendo. Un cultivo para el tesón del trabajo o el horror como mano de obra gratis para iniciarse en adiciones, delincuencia. Renegación y consecuencias.  Esta es la estrategia del poder, dejarlos, no incorporarlos a la ciudad, la excusa perfecta de que fastidian,  los diferencian de esas clases medias altas. Inventadas solapadas a pertenecer para crecer.
     Ahí vive Pedro. Es un referente positivo, su familia llegada de Jujuy, no encontró la panacea ilusionada, el y sus hermanos muy chicos; luchan desde entonces estudiando, formando grupos de reflexión en los adultos y deportes en los más chicos, es coordinador, clown, director técnico y futuro ingeniero a largo plazo. Trabajo y facultad estiran los tiempos.
     Ambos jóvenes se conocieron en las caminatas de ella, conocieron sus actividades y pensamientos, comenzaron una intensa amistad.

   El pasaje de la Piedad  en la calle Mitre, cerca del congreso, impactó a María desde afuera. Una rejas invitaba a pararse y mirarlo, otro estado paralelo dentro de la urbe, a la entrada de la calle interior había un cartel que decía “entrada de carruajes” rogó permiso para ingresar, entró…
   Pedro hacía tiempo por sus estudios que quería conocer la arquitectura de ese lugar (frente a la Iglesia de la piedad), entre el barroco italiano y un aire parisino, construído entre fines del siglo XIX y principios del siguiente. Encontró una entrada de calle interna con el cartel “salida de carruajes”, con la credencial de la universidad le dieron permiso, entró.

          El pasaje invita a sosiego, contemplación y belleza. Faroles, canteros y jardines hacia el fondo, donde gira en  U para volver a salir a Mitre; en ese clima mágico de retroceso temporal de Buenos Aires se prepara una boda, es sábado 20 de febrero de 1912. La novia baja las escaleritas del balcón de entrada a su casa, se llama María, por la calle empedrada
camina hasta la salida para cruzar a la iglesia, su novio Pedro la espera al girar el camino. Los habitantes del ese lugar participan de la escena, ellos realmente disfrutan el espacio que el tiempo amable les propicia. Un espectáculo de ficción parece, pero es real.

         En otra dimensión, los jóvenes salen de visitar el pasaje, sorprendidos se encuentran a pocos pasos de ambas salidas: se cuentan que no saben que les sucedió adentro, todo era claro, amaron, vivieron una vida, sintieron la alegría sin discriminación de los demás. Flotaron en el espacio que les regaló un pasado. Ahora  están aquí de nuevo en presente, nunca había surgido entre ellos el beso de boca, el lugar los acercó a la confesión y a prometerse, pasionalmente sin tules blancos se anoticiaron que se amaban. Seremos futuro se dijeron.
       Cruzaron la calle, iban entusiastas, embelezados en el descubrimiento, no vieron las corridas, ni escucharon los gritos, balas robo, ladrones, comerciantes  y policias armados; peligro inminente para los transeúntes. Gatillos fáciles sin control de la vida. Error de cómo se vive, como se mira, como se gobierna, como se defiende, como se muere, como… a pocos le importa…

     Abrazados, cayeron, involuntariamente acribillados, arbitrariamente no cuidados. La crónica de ese 20 de febrero de 2012 en los diarios, decía fue un espectáculo real; pero parecía ficción, de pronto la pareja alcanzada por los disparos cambiaron el rojo de la sangre por una vestimenta de boda, pura y alba ella, digno y traje oscuro él; de la mano unidos tras un bandoneón que arrastraba lágrimas, de los pocos tangos resistiendo en Buenos Aires.


6 comentarios:

Fernando Rubio Pérez dijo...

No sé si realmente se trata de un hecho que sucedió en realidad o es ficción. En cualquier caso, me pareció un relato exquisito, delicado, precioso, Mabel.
Posees un algo especial en tu forma de juntar letras, muy personal, mágico.
Mis sinceras felicitaciones.
Un abrazo, amiga.

mabel casas dijo...

fernando

el hecho es ficción, pero podría haber sucedido en ambos tiempos no? nadie lo sabe , pero las cosas sabemos que suceden, tanto lo bello como el horror
el lugar físico, es real.

gracias por sentirlo así, mágico; como leí en tu blog, uno tiene su modo de escribir,estoy de acuerdo

este es el mío; luego llega al lector que tiene el derecho de sentirse parte o no

abrazos

Catalina Zentner dijo...

Buenos Aires, sus contrastes, su belleza y su oscuridad, magníficamente retratadas con prosa sensible y reflexiva. Historias encadenadas, frustraciones, paisajes repetidos y contenidos en un texto memorable.

Colombina dijo...

El pasaje de la Piedad, la Iglesia, el padre Enrico. Tu relato me llevó a lugares y personas de otros tiempos. Tiempo de infancia y de conocer a Buenos Aires de la mano de mi padre.
A esa Buenos Aires mágica, con sus luces y sus aromas que recuerdo con nostalgia.
GRACIAS por volverme a la niñez lejana.

mabel casas dijo...

catalina

gracis catalina, tus comentarios son geniales miniprólogos del texto!!
un abrazo enorme amiga

mabel casas dijo...

colombia

me sorprende como podés desprenderte del nudo del cuento, y situás en el espacio y tiempo en que el lugar se presentó a tus ojos

gracias por darle al cuento, una vuelta más interior que despierta
besos