
El muelle sostenía una impúdica luz oscura. Las maderas gastadas, una hilera chocolate, desasosegada hacia el abismo de las aguas.
Ajena, ahora al viento y al adiós con Agustín. Había vuelto a visitar los rastros que el muelle le ha guardado. Su historia se mece ante la flojera de estructura. Canta casi en danza con el río. Cantan las ranas. ¿”Se revientan los sapos de amor?”. La realidad no es superflua, es sucesión.
Suena un clic de su cámara fotográfica y el animal, que dormía dentro de ella, revienta también junto al sonido. Quedan las huellas y la foto,
2 comentarios:
Cuantas heridas despiertan las letras de bolero.
gracias colombina
por leer
y si huellas dejan
cicatrices
y vibraciones de cuerpos bellas también
muchos besos
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