lunes, 9 de abril de 2012

El tren no espera












Barro, dentro de las lluvias. Sapos conjugando un paisaje de silencios. El carro y doña María.
      No se oían entre tantas cortinas de la naturaleza, ni las ruedas girando ni los cascos del caballo. Ella hablaba con ella, adentro. Tenía que llegar como todos los días, sea con la ropa mojada, sea con los rastros de la gripe y del salpique. Limo pegajoso en lo profundo de cada huella. Tal, el ir viviendo.
      La fonda lucía desolada por vejez y por temporal, pronto llegarían las chatas al tiro de cuatro equinos (viejos síndicos de circo rutinario sin ècuyer). Como todos los santos días venían de entregar los tarros con leche fresca, en la estación. El tren no espera. Eran esos tiempos en que por las vías viajaban a raudales los pasajeros, los  comisionistas, los viajantes, las encomiendas, lo trabajado en sudor de tambo de cría o de cosecha.
      Llega tarde, la voz del patrón la sacudió en su apuro de ponerse el delantal y empezar con su obligada misión de cocinera. Siete hijos, unas pocas hectáreas inundadas que apenas el marido con sus hijas mayores andaban chapoteando para no peder el poco maíz que dejaba usarse. Las chicas hacían de todo, arreglaban  su ropa cada año para que parecieran otras, iban de la abuela poderosa a buscar las migas del cajón del pan, (las herencias y las regalías de inmigrantes italianos solo pasaban a los hermanos mayores varones) María era mujer, nada le tocó. Juan, el  padre, provenía de una familia prominente; que perdió sus recursos por invertir en Europa, con la primera guerra mundial, todo se expropió nada quedó. Juan era varón, pero sólo subsistió en la lucha entre la tierra no había nada que heredar ni nada tenía. La pareja pudo ser menos humilde, pero sus antecesores corrieron las apuestas. El que venía a poblar el país a sugerencia de Sarmiento, cumplía, pero su terruño era su confianza y la promesa de regresar. Así el progenitor de Juan invirtió en su Italia y murió de digusto. Nadie regresó.
        La cocinera regresaba muy tarde a la noche, ella y su carro cansados, en el rancho de barro esperaban con el mismo agobio de trabajo; pero la mesa puesta el mantel que no faltaba y la jarra del agua de la bomba. Poca comida  inventada con el arte de usar, lo que los cayos de las manos lograban junto con el surco. Se olía amor de juntos.

        Corrieron trenes, clima, años tragedias y bodas. Cada hijo su vida su distancia.
        Y de golpe otra vez el exilio, la Capital y Perón eran el promisorio jornal, que el campo no daba para los peones. Los hijos los trajeron, una huerta y la cocina eran lo único que los unía al pasado. El abuelo y los conejos, la abuela y sus ravioles, eran el cobijo de los nietos de una familia grande, obreros de la gran ciudad. Llenos de utopías por conquistas sociales y laborales.
       El tren no espera, y ni siquiera ya pasa por aquellos campos de hinojo y bichitos de luz. Los bisnietos corren entre utopías deshilachadas, separaciones, rastros de la dictadura que sufrieron sus padres, y algunos, solo algunos vuelven a buscar lejos tierra para huerta o morir de amor por la cocina y los hijos.

       Si, el tren no espera, deberían saberlo los que todavía se llevan sus ganancias de esta tierra a los paraísos fiscales, y creen que la vida es sólo tirar manteca al techo, mientras los demás trabajan desde todas sus generaciones habidas y por haber. Sosteniendo la tierra bandera, que pisan sin excepción todos los pies.
        


6 comentarios:

Fernando Rubio Pérez dijo...

Hago uso de una frase de Chaplin que colgué en el blog recientemente:
"La vida es una obra que no permite ensayos. Canta, ríe, baila, llora, vive intensamente antes de que el telón baje"
Y es que, efectivamente, el tren no espera. Muy buen relato, Mabel, de los que obligan a espabilar el alma. Un abrazo.

Catalina Zentner dijo...

La emoción me invade. Es un magnífico relato. ¡Y tan cierto!

mabel casas dijo...

fernando

gracias por la frase de chaplin, es exacta para este tema
gracias por dejarme sentimiento en el comentario, me dice que algo trasmite el cuento.
besos

mabel casas dijo...

catalina

gracias, me emociona saberlo!!

y tan cierto, como que estoy adentro!!
abrazos

Colombina dijo...

¡Cuántos recuerdos! Muchas historias parecidas, muchas luchas de inmigrantes que no pudieron "hacerse la América", sólo lucharon y nos dejaron enseñanzas de dignidad, que no es poco.

mabel casas dijo...

colombina

claro que no es poco, ahora están incorporados en nosotros, ya no son recuerdos, son sangre y sentimiento propio que nos legaron son parte de nuestra memoria