lunes, 14 de junio de 2010

Tarde, hora tres









        Como siempre el deseo. En la humedad que deja el sol, con espumas que fosforecen. Es bueno para Lola llevarse a los ojos esa muchedumbre de estrellas que tiene por techo.
         La música de la geografía es humana compañía.
          La música de Dante es mejor compañera aún, piensa.
          Pero él no está, ni la puntilla de arena abrazada a las aguas, ni la llanura después, ni el río lo traen.
          Prefiero el día con sus trajines y sus expediciones, logra mis laberintos abiertos; en los enjambres de alamedas con alas vigías y conciertos, en los hallazgos mudos de los médanos. Imposible no revivir un viejo anillo de tres círculos con vida brillo en sus diminutas marquesitas.
           Lo había encontrado a él allí, hace tanto de tiempo, con su ajetreada guitarra, sus vientos de voz y el mencionado anillo que descubriera días antes, perdido, anónimo; le fue regalado.
            De tres círculos. Vivieron juntos en el primer círculo, en el segundo se fue a Buenos Aires.

Hoy Lola refleja en la ventanilla del tren su gesto de ausencia.     
            Llegó a las calles de esa urbe ciudadana, que se la devoró antes casi de percibir que eran las tres de la madrugada; solo gatos, sombras y algunos olores, entre necesitados de la basura para sobrevivir y algún rezagado de por vida durmiendo su vereda rincón; o de momento mal elegido destartalando su ser adicción o apresurando miedo para llegar a su casa. Transportes casi nada.
            Tomó por el medio de la calle, que le devolvió ser libre.
            Como siempre el deseo. Entre silencio y vigilia, recelo y edificios a persianas cerradas, lo buscaba a él. Tenía un dato, un barrio, un número. Mejor, en esa plaza el aguarde, en ese banco dormir.
              El día la inquietó, ni abrir los ojos, que una multitud de idas y vueltas la rodeo, la pasó, seguía. Bocinas y frenos la única música.
               Ahora sí, iría a encontrar u casa, un cielo libre, unas risas rojas de niños en juegos, los verdes soleados y el traqueteo obrero, le dio envión de pasos.
               Llegó, el cartel decía, dice, leo: se alquila. Lola congeló su deseo. Preguntó, buscó noticias en un bar. Nada. Abrió un negocio a su lado “venta de cosas usadas”; ahí estaba la guitarra de Dante. Entrar saber, morir; Lola compró el instrumento, unas flores y en la calle esperó. Sabía que iba a encontrarlo.

                  Dicen que el camionero no pudo frenar.
                  Dicen que eran las tres de la tarde.
                  Dicen que fue en el tercer círculo donde el deseo los dejó entre las muertes.
                
A todo sol en esta hora estarán mis laberintos abiertos, Lola impresionada aún del salto hacia atrás, de ver flores y guitarra muertas en el asfalto; se impulsó camino en reversa. Ya viaja en el tren. En la ventanilla refleja un gesto de no espera, una sensación de apuro por volver a sus fuentes y no dejar huir al deseo. Mientras Dante en aquel negocio de venta de cosas usadas, se decía que su ser errante, había des usado su vida otra vez.


imagen; "reina de alameda" de mabel casas

4 comentarios:

colombina dijo...

Buenoy triste. Muy buena la pintura...

Luis dijo...

Aunque usualmente versas sobre el mundo rural, campesino e indígena, me encantan tus historias urbanas, en especial esta. Me pareció ver en cámara lenta como la guitarra de despedazaba en el suelo. Pero la vida, o la muerte, entregan segundas y terceras oportunidades que vale la pena aprovechar.
Un abrazo.

mabel casas dijo...

colombina

gracias por tu decir de letras y pinceles
cariños

mabel casas dijo...

Luis

quizás por que vivo en lo urbano no me es tan fácil alejarme para contarlo, pero también estando en él lo veo cuando lo escribo como una película, algunas las vivo en tiempo real...

cierto que las oportunidades entregan otras vueltas...hay seres que merecen vivirlas hoy o en la eternidad o en otras vidas...
un abrazo